Entre la soledad y el vicio: la persona íngrima y la persona estacionaria

Por Elisa Escamilla Abugaber

¿Quién es la persona íngrima? Es el tipo de individuo que lejos de ansiar relacionarse con otros prefiere sólo vivir, ser, y existir consigo mismo. Se desentiende del mundo y le rehuye porque le son reprensibles sus vicios, frivolidades y desgracias. Busca salir de él y apartarse de su envidia, egocentrismo, lujuria, y sobre todo del vicioso ciclo del consumo y desinterés por el prójimo. La persona íngrima se prefiere por sobre de otras, pues ello supone el descubrirse, conocerse y comprenderse a sí misma. En recogimiento puede instruirse, crecer, e inquirir el genuino sentido del «ser» y «existir». ¿Se desvive por obtener qué? Felicidad libre de espejismos modernos, libre de improperios y de miedos. ¿Cómo lo logra? Introspección. Éste es su método propio, es certero y excelso porque depende únicamente de sí misma. Por él consigue un desprendimiento del mundo y sus defectos. Conociéndose consigue un sometimiento de sus vicios e imperfecciones, por medio del ejercicio de introspección une en equilibrio intelecto y cuerpo, y de este modo, obtiene el título de «virtuoso». ¿Qué hay con este Antístenes moderno? Nace del caos y sus efectos, toma conciencia de la pérdida de libertad que experimentamos como resultado de una exaltación desmedida de los placeres inmediatos y se recluye. Es cierto, vivimos en una época de incontinencia. A lo largo de las últimas décadas la cultura del placer ha crecido de manera exponencial. Enaltece la satisfacción sin medida y promueve la inmediatez sin excepción alguna: «¿Se te antoja? No te quedes con las ganas». «¡A que no puedes comer sólo una!» Hemos crecido en un mundo en el que no hemos llevado a la práctica el famoso «todo con medida», hemos crecido en una cultura del «reemplazo» que poco conoce y practica el «remedio». Estamos tan acostumbrados a obtener satisfacción y placer de forma inmediata y cómoda que cualquier inestabilidad nos derriba. El placer desmedido nubla nuestra capacidad de pensar en los demás, de entregarnos, de conectar y sobretodo tiene un impacto negativo en nuestra libertad. ¿Qué sucede con la persona incapaz de contenerse y abstenerse frente a ciertos placeres? El resultado de evitar ciertas penas, sacrificios y males a toda costa en miras de una vida placentera y feliz le ha llevado a perderse.

¿Qué es la persona sin dolor? Una persona incapaz de ejercer su libertad de forma completa e íntegra, incapaz de generar empatía con el otro, e incapaz de alcanzar la virtud. Ésa es la persona estacionaria, aquella que se mantiene en el mismo estado, no avanza ni retrocede, se ve envuelta en el círculo vicioso que transita entre la búsqueda incesante del placer y la incontinencia; desea sentirse bien en todo momento y el mínimo dolor e incomodidad le resultan perturbadores. La persona estacionaria ha perdido la paciencia porque se ha acostumbrado a la inmediatez que seduce a sus sentidos y se encuentra hoy a su alcance en todos lados. No espera el tiempo que tarda en cargar el servidor cuando su internet falla, sino que activa los datos celulares; no intenta enmendar con hilo y aguja sus calcetines rotos, compra otros. En resumidas cuentas, no intenta reparar lo que ha roto o lo que le falla, sino que lo reemplaza. 

¿Quiénes somos nosotros? ¿La persona íngrima o la persona estacionaria? Ciertamente he señalado y detallado lo que son para mí estos opuestos modernos. Por un lado la vida de introspección con ciertos tintes ascético-espirituales y por otro lado la vida del vicio, la carne y el placer. 

Hoy por hoy, como resultado de nuestras circunstancias y nuestro aniversario de confinamiento, nos hemos percatado y hemos reconocido la importancia y el impacto del otro. Las relaciones interpersonales son necesarias y esenciales para nuestro desarrollo individual. La persona íngrima busca la felicidad por medio del desapego de lo que declara vano y superfluo.  Sin embargo, le reprocha al otro los defectos latentes en la humanidad y prefiere someterse a una introspección radical, que si bien busca seguir los pasos del autoconocimiento socrático, le hace falta lo indispensable: Los otros. Necesitamos de los demás para poder ejercitar nuestra paciencia, empatía, justicia, y para llegar a la felicidad. ¿De qué nos sirve aquélla persona virtuosa que se recluye en sí? ¿Cómo ejerce una virtud tan excelente como la justicia sin el otro? Imposible. El cambio inicia en nosotros pero el trayecto y el resultado no terminan únicamente en nosotros. ¿Qué sería de la persona sin maestros? ¿Cómo podemos llegar a un cierto desapego de lo banal si no aprendemos sobre empatía y autocontrol? Conectar con otros implica salir de uno mismo y reconocer que de los demás también se puede aprender.

A diferencia de la persona íngrima, la persona estacionaria es terca y débil. Se repite constantemente que todo sufrimiento es pernicioso, reconoce que su vida es lacónica y asocia su brevedad con la necesidad de mantener un hedonismo constante y progresivo. Empero, el padecer cualquier tipo de duelo nos permite observar los diversos matices que componen la vida, nos enseña a reconocer el valor de aquello que damos por hecho día con día, nos muestra que nada grande logramos sin esfuerzo y un poco de dolor. Su pedagogía es notable en el desarrollo de la persona, ¿Acaso no hacemos ciertos sacrificios para obtener un bien mayor? Pensemos en las personas que sueñan con ser grandes atletas y se levantan diariamente a las 5 AM para entrenar. No es del todo placentero hacerlo e implica una cierta renuncia, pero a la larga implica también un bien mayor. Pensemos también en las veces en que hemos enfermado, nosotros o alguien cercano a nosotros. ¿No valoramos aún más la salud? O cuando hemos evitado comer cierto tipo de alimentos, que si bien nos resultan placenteros y seguimos deseando consumirlos, dejamos de hacerlo para procurar nuestro bien. El no ceder en todo momento a algunos de nuestros deseos y placeres nos permite ejercitar la paciencia y observar con nitidez los bienes mayores, que se producen de estas renuncias, a largo plazo. 

¿Qué debemos hacer entonces? Reconocer las limitaciones y defectos de cada situación y, como bien dice Aristóteles, hallar el punto medio. Como personas, estamos constituidos por materia y forma, deseamos lo sensible porque es bueno, pero no debemos envolvernos por completo en la cultura de la inmediatez y el placer desmedido porque nos impide ser libres íntegramente, y por ende, felices. ¿Cómo podemos ser felices si no podemos controlar nuestros apetitos? ¿Cómo podemos ser felices si somos incapaces de aceptar los efectos pedagógicos que hay en cierto dolor o padecimiento? ¿Cómo podemos ser virtuosos sin el otro? No debemos caer en una introspección radical que evita a los demás y rechaza todo lo externo. El método socrático, a mi parecer, debe ser un medio para llegar a conocernos y dominar nuestras debilidades, pero no un método que rechaza el impacto que el otro tiene en nosotros para el perfeccionamiento individual. Busquemos ser una persona íntegra, una persona que busca perfeccionarse y desarrollarse plenamente mediante el autoconocimiento, el desapego, y el ejercicio de buenos hábitos con la ayuda de los otros. 

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