El peligro de la indiferencia

Por Inés Favela

Cuando iba en prepa tenía una amiga que siempre que yo hablaba de algún tema social me decía: “cada quien sus cubas”. Siempre me causó molestia pero no sabía cómo explicar por qué es importante tomar una postura en la vida. Claro que estoy de acuerdo con que las personas somos libres de actuar como nos plazca; es más, lo defiendo. Pero hay veces que es importante cuestionarnos en qué momento el “vive y deja vivir” se convierte en indiferencia.

El ser humano es por naturaleza un ser social. Somos capaces de vivir en grandes sociedades -que eventualmente se convierten en civilizaciones- por nuestra habilidad de comunicarnos. Si bien, todos los animales se comunican, la comunicación del ser humano va más allá, hacia lo abstracto. Lo bello de nuestra comunicación es que no sólo transmite cosas tangibles sino ideas (como la belleza, la virtud, el bien, la justicia). Nuestra comunicación significa.

El ser humano vive en grandes sociedades en parte por su capacidad de tener metas comunes. En una empresa hay una meta común: generar ganancias. En un plano universal, la meta común de todo ser humano es el progreso. Muchas veces estas metas comúnes dependen de imaginarios colectivos como la economía, las naciones, las religiones, las empresas, las escuelas y un largo etcétera. 

Las sociedades, además, son capaces de subsisitir porque todos dependemos el uno del otro. La idea del self-made me parece que está errada porque absolutamente nadie creó nada por sí mismo. Steve Jobs tenía un equipo detrás que le ayudaba a idear nuevos inventos tecnológicos y armar dichos inventos. 

Nuestro propio conocimiento se lo debemos a nuestros maestros, nuestros padres, los autores de los libros que nos han formado; a su vez cada una de esas personas le debe su conocimiento a otras personas. No somos seres completamente independientes. Nos necesitamos mutuamente. Somos pequeños engranajes de una enorme máquina y lo que hacemos repercute en el tipo de mundo en el que queremos vivir.

Es por esto que debemos preocuparnos por el otro. Claro, nadie puede imponerse en la vida de los demás, pero sí debemos cuestionarnos qué está pasando en nuestro entorno. Tenemos una falsa noción de una libertad absoluta pero -tal como lo expusieron los liberales ilustrados- nuestra libertad está limitada por la libertad ajena. Cuando lo que hacemos está contribuyendo a una cultura dañina para todos, es momento de parar.

Hay muchas cosas que se pueden hacer dentro del marco legal pero que siguen generando injusticias y contribuyendo a la creciente desigualdad entre personas. Durante la revolución industrial, cuando la burguesía accedió al poder y el capitalismo apenas se estaba consolidando, hubo una explotación obrera brutal. Todo esto ocurría dentro del marco legal pero evidentemente no estaba bien; por ello los obreros se levantaron y exigieron sus derechos. Entonces, se impusieron leyes y regulaciones que los protegían de los abusos cometidos por los burgueses.

Estos abusos siguen ocurriendo: empresas occidentales buscan mano de obra barata en países tercermundistas. Se aprovechan de la pobreza para hacer a las personas dependientes económicamente de ellas. 

La indiferencia es como una benda que te cega y te impide ver cómo las acciones de los demás -hechas dentro de un marco legal- afectan negativamente a tantas personas. Hay muchas acciones que hacen los demás que no nos afectan directamente pero sí afectan a la sociedad de dos maneras: produciendo una injusticia hacia alguien más o creando una cultura que a largo plazo resultará perjudicial para un sector de personas (del cual tú puedes formar parte).

Para ejemplificar esto anterior hablaré sobre la pornografía. Que un hombre mire pornografía no me afecta directamente pero sí fomenta el tráfico de personas y una cultura machista. Lo primero me preocupa por el simple hecho de ser humana y de ser empática. Lo segundo porque soy mujer y actualmente México ocupa de los primeros lugares en consumo de pornografía. Hay estudios que demuestran que el consumo de pornografía (aunque sea no violenta) distorsiona la imagen que tiene el consumidor de las mujeres: reduciéndolas a objetos. México es también de los países con mayores índices de violencia sexual. Le pregunto al lector, ¿aquí cabe la postura de “cada quien sus cubas”? ¿O es importante que tomemos una postura al respecto?

Es momento de abrir los ojos y plantearnos en qué maneras nuestro actuar está siendo perjudicial para el mundo. ¿Estamos siendo demasiado permisivos? ¿Esto que estoy haciendo está contribuyendo a que alguna persona sea explotada? También hay que preguntarnos qué mundo queremos y qué vamos a hacer para obtenerlo. Las acciones indivudales construyen colectivamente. No, el mundo no va a cambiar de un día para otro, pero, ante tanta maldad, tú puedes ser un faro de esperanza. Solo necesitas tomar una postura.

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