Los Buenos Hijos

Por Francisco Pérez Martínez

Hace unos días, viendo las noticias con mi familia, después de estar un rato escuchando historias de violencia, violaciones y protestas, mi abuela pregunta: ¿dónde están las madres de todos esos hombres? Mi abuela tenía la inquietud, sospechando tal vez la orfandad de aquellos hombres, de saber dónde habían sido educadas aquellas personas. Y yo quería saber, entonces, qué significaba tener un padre y una madre. Quería saber qué significaba ser buen hijo.

Dostoievski, en su libro Humillados y Ofendidos, nos muestra la historia de una niña huérfana. Su madre acababa de morir y su padre se había olvidado de ella para siempre. Ella, junto a su moribunda madre, tuvo que aprender a vivir por sí misma, sin esperar nada de nadie, se volvió dueña de su propia vida. Había aprendido todo por su cuenta, sin necesidad nunca de ser auxiliada por nadie, era una desheredada: una niña que era su propio padre. 

Cuando el protagonista del libro, Vania, le propone a Nelly, la niña, ser adoptada por una pareja de unos ya curtidos padres, se niega rotundamente. ¿Puede una niña de trece años negarse a ser adoptada, a ser parte de una familia, a ser hija? Se niega por ingratitud, la ingratitud de una persona que no es capaz de aceptar su dependencia. Ella se había dado todo, no necesitaba padres, no tenía porqué llegar a esa casa a ser adoptada.

Así como Nelly, nuestra sociedad actual desea emanciparse de cualquier relación filial. Nuestra libertad le grita a la cultura las palabras que Dostoievski puso en boca de Nelly: “Yo no vengo aquí en calidad de hija”. Estamos listos para emanciparnos y auto-fundarnos, olvidando completamente el pasado para poder crear un futuro. Somos independientes y nuestros padres -nuestra cultura- son un estorbo para nuestra realización. 

Hemos heredado unos valores y una tradición. Podemos aceptarla y crecer con ella, pero también podemos considerarnos desheredados, huérfanos de padre, madre y patria. Desheredados de una cultura cuyos orígenes son demasiado intolerantes para el hombre posmoderno y democrático. Parece ser que Shakespeare no es tan tolerante como para ser leído. Los jóvenes, en nuestra soberbia, somos capaces de desacralizar a nuestros padres, no reconociéndonos como hijos. Como cierta columnista del New York Times, que se preguntaba si podríamos cancelar a Aristóteles por ser misógino y promover la esclavitud.

Esto es latente en la educación, en los medios y en el pensamiento de cada uno de nosotros. En las escuelas ya no se transmite la cultura. Parece que el único conocimiento importante y valioso es el que cada uno pueda construir por su propia cuenta. Los profesores se han convertido en cuidadores y promotores del pensamiento crítico. Se ha decidido que es el niño el único maestro, porque sólo él puede controlar su aprendizaje. El profesor ya no es ninguna autoridad, simplemente es un guía para poder llevar al niño a la verdadera emancipación de la sociedad. 

La sociedad niega a los antecesores que nos formaron. Estamos acudiendo a la violencia y cancelamos todo aquello que no entra en nuestra idea moderna de tolerancia. Nuestra herencia intolerante corre el peligro de desaparecer. Corre peligro ante la cancelación de autores clásicos y la negativa de muchos educadores a transmitir la cultura. El futuro parece estar condenado a recibir un legado tan pobre que podría transmitirse en un tweet.

Pero ¿podemos fundarnos desde lo que somos, olvidando completamente lo que fuimos? Justamente es la carencia de una herencia lo que caracteriza al salvaje, sin educación no somos más que animales. Hemos decidido educar salvajes en ciudades, hombres violentos que desconocen su historia y su lenguaje. El salvaje no tiene padres ni sociedad ni hogar, se ha forjado a sí mismo y solo ha aprendido lo que él ha construido. Busca en la violencia su expresión, por no saber expresarse con un lenguaje. 

Porque es la cultura, el lenguaje, el pensamiento, lo que nos permite expresar nuestras diferencias. Sin las palabras todo sería lo mismo, no existirían las distinciones y todo se reduciría a balbuceos, a esa violencia característica que los romanos nombraron “bárbara”. El bárbaro no distingue, llama a todo del mismo modo y lo usa de la misma manera. Bárbaro, por lo tanto, es querer igualdad en el lenguaje. Las palabras que se usaban para distinguir se usan ahora para igualar, para generar la indiferencia y no notar la belleza escondida en las distinciones. Entre más parecido sea todo, mejor.  

Diferenciar nos capacita para poder ordenar nuestros pensamientos. Cuando logramos distinguir entre nuestras ideas, nuestro pensamiento se organiza y cobra más sentido. En el lenguaje están las palabras poderosas que organizan nuestro pensamiento y nuestras emociones. 

Transmitir la cultura es dar esperanza, esperanza de que las cosas pueden cambiar, porque no siempre han sido así. La necesidad de aprender latín no es meramente gramatical. Aprender latín es abrir panoramas, una forma nueva de pensar con conceptos que nos muestran un mundo distinto al nuestro y nos lleva a creer que las cosas pueden ser diferentes. 

Llevar a los jóvenes a los autores clásicos es enseñarles a ser buenos herederos. Llevarlos a identificar su pensamiento con el de sus padres es enseñar humildad, facilitar la gratitud. Además de que los grandes autores clásicos son grandes compañeros para el diálogo. Quién al leer un libro no sintió que eran sus pensamientos los plasmados sobre el papel. Muchos autores han sido capaces de poner nuestras ideas en libros, mucho antes que nosotros. 

Es en la tradición donde encontramos nuestros valores y nuestra cultura, donde podemos acercarnos a los poemas y novelas, fiestas y días de luto, crisis y tiempos de prosperidad, guerras y momentos de paz, héroes y dictadores. La historia es nuestra historia. Las vivencias de los libros son los conflictos internos de cada corazón en búsqueda de la verdad. Cada camino es único, pero hay tramos previamente recorridos y saber de historia es transitar rutas ya marcadas.  

Ser buen heredero es también tener confianza, mostrarnos vulnerables al aceptar un legado. Así dejamos de lado la duda metódica de Descartes y damos el valiente paso a creer en nuestros padres. Nos enseña a creer más que en dudar: nos enseña a ser buen hijo. 

Necesitamos comprometernos con transmitir nuestra herencia a los que vienen después de nosotros. El futuro nos juzgará, pero sería una verdadera lástima que nuestros herederos puedan llegar a decir, y con cierta justificación: “Nosotros no venimos aquí en calidad de hijos”.

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