La importancia de un lugar limpio y bien iluminado

Por Margarita Rodríguez

En 1933 Ernest Hemingway escribió el cuento minimalista titulado Un lugar limpio y bien iluminado; de manera breve y magistral logra tocar temas como la muerte, el ser y la existencia. Si bien todo el texto es brillante, este fragmento en particular es uno que invita a la reflexión: 

«Es la luz, por supuesto, pero es necesario que el lugar esté limpio y sea agradable. No quieres música. Definitivamente no quieres música. Tampoco puedes estar frente a una barra con dignidad aunque eso sea todo lo que proveemos a estas horas. ¿Qué temía? No era temor, no era miedo. Era una nada que conocía demasiado bien. Era una completa nada y un hombre también era nada. Era sólo eso y todo lo que se necesitaba era luz y una cierta limpieza y orden». 

A continuación explicaré la importancia de tener hoy en día un lugar limpio y bien iluminado. La actualidad que nos toca enfrentar arrastra consigo enormes cambios; grandes movimientos políticos, culturales, tecnológicos y científicos ocurriendo a cada momento y en todo lugar. La experiencia de vivir se siente confusa e incierta; muchos estarían de acuerdo en que esta es una realidad muy parecida a una distopía literaria que conjunta lo peor de 1984 de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley. 

El conflicto que acontece en todos lados y la exuberante cantidad de información que nos acecha a cada momento se han vuelto parte de esta realidad. Sin mencionar por supuesto la dimensión digital que ha abordado la humanidad, de manera que parece imprescindible para satisfacer las necesidades de las personas como seres sociales. Un pedazo de nosotros, incluyendo gran parte de nuestra identidad y nuestro tiempo ha sido investido en la construcción y desarrollo de nuestra persona digital, de una forma que se siente así indispensable para poder socializar e interactuar con el resto del mundo.

Sin darnos cuenta, toda nuestra vida social ocurre (en gran medida) gracias a las bondades de la tecnología digital. Es muy difícil enterarse de tendencias culturales sino a través de Instagram, o saber qué ha sido de la familia más que por medio de Facebook, y mucho menos mantener contacto con nuestros seres amados más cercanos de no ser por los innumerables sistemas de mensajería que existen.  

Así como en algún momento de la historia el filósofo alemán Karl Marx habló de la alienación del trabajo, hoy podemos encontrar un símil, que en lugar de enajenar parte de nuestra esencia en un objeto material lo hacemos hacia algo aun más abstracto e intangible. Esa parte que despojamos de nuestro ser se vuelve ante nosotros y nos enfrenta como algo totalmente ajeno a nuestra persona, lo cual da pie a preguntar «¿Cuánto de nuestra propia esencia investimos en nuestro teléfono o nuestra computadora y cuánto conservamos?»

Ante esta enajenación casi irreversible y que ha llegado a formar parte de nuestra vida, es necesario invertir esfuerzos en encontrar una solución para la aparentemente inevitable situación que la vida moderna nos presenta. Dicha solución no es de ninguna manera el hilo negro a punto de ser descubierto, se trata de una práctica que ha acompañado a los humanos desde el momento en que despertó su consciencia. 

La contemplación es un acto que desde tiempos de Platón y Sócrates hace a los hombres virtuosos y eleva su alma; en muchas corrientes de pensamiento oriental, siendo el budismo una de ellas, meditar es la práctica por excelencia que se enfoca en la búsqueda de sabiduría; filósofos y literatos de los siglos XIX y XX encontraron que en el largo viaje de la búsqueda de sentido, la contemplación es un componente importante y que da pie a grandes revelaciones.

Retomando el relato de Hemingway: «Era una nada que conocía demasiado bien. Era una completa nada y un hombre también era nada. Era sólo eso y todo lo que se necesitaba era luz y una cierta limpieza y orden».  Esa nada de la que habla es precisamente la que debemos buscar en este proceso de encontrar la parte de nosotros que hemos perdido. 

Un lugar limpio y bien iluminado es el espacio que requerimos en la mundana pero caótica cotidianidad para poder contemplar la nada. Estando siempre tan absortos en todo, todo el tiempo, es necesario buscar un tiempo para sentir que se despeja el desconcierto que en nuestra mente gira como espiral y deviene en serias dosis de estrés y ansiedad que conlleva vida digital y sus exigencias. 

En primera instancia, tornarse hacia la nada y el vacío puede parecer un deliberado acto de nihilismo y algo que podría llevar hacia la pérdida total de sentido; por momentos se siente como un radical y absoluto acto de abandono y rechazo hacia todo lo importante. Esta idea consiste en detenerse a pensar en la nada y contemplar el vacío para seguir el ejemplo de los existencialistas del siglo XX, Nietzsche, Camus, Sartre y muchos más que enfocaban sus escritos en las inquietudes del ser humano ante su intrascendencia. 

Y aunque bien ha dicho Camus que «no se puede ser nihilista a medias», el propósito de este ensayo no es de incitar a entregarse enteramente a la idea de la nada y la pérdida de sentido, sino tomarse un momento para reconocer en ella (la nada) la insignificancia de las grandes aflicciones que aquejan la realidad tan complicada como la que vivimos precisamente en estos momentos. Parece que es más fácil ceder al caos en un lugar donde las ideas son tan desordenadas como nuestro entorno, por eso la intención detrás de todo esto es más bien rescatar la importancia de buscar un lugar limpio y bien iluminado que nos permita detenernos a contemplar la nada y ahí reconocer la insignificancia de nuestros tormentos.

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