Un club de diálogo como iniciativa política

Por Alejandro Aparicio

«I am not afraid of opposition. My God is a God of battles»

G. K. Chesterton

Después de las últimas elecciones en Estados Unidos y ante las próximas elecciones que tendremos este verano, creo que es oportuno antes de analizar partidos, candidatos y propuestas, tomarnos un momento para entender la división que existe en nuestra sociedad y que se refleja en la forma en la que hacemos política. Mi intención entonces será exponer cómo hemos caído en posiciones extremistas; la cuestión del debate como una pésima herramienta para conocer a los candidatos y un regreso al diálogo que permita la existencia de una política al servicio de la verdad. 

Extremismos: Erasmistas vs. Luteranos

En su excelente biografía sobre Erasmo de Rotterdam, Stefan Zweig nos presenta el contraste entre la figura del humanista, Erasmo, con la del fanático religioso, Martín Lutero. Hay grandes semejanzas entre las actitudes de estos dos personajes históricos del Renacimiento y nuestros actuales políticos. Ambos establecieron diferentes posturas frente al debate religioso que se suscitó por la decadencia que la Iglesia vivía en esos momentos; su enfrentamiento por la autoridad del Papa, se asemeja a la perenne discusión sobre quién tiene derecho a ejercer el gobierno en nuestra sociedad. 

En primer lugar, tenemos a Erasmo que «nunca quiere comprometerse»1, que busca mantener su neutralidad frente a toda disputa, un tipo de independencia y libertad que no está dispuesto a sacrificar. Muchos de nuestros políticos lo imitan, cuando se apoyan en respuestas vagas e inconstantes, que no saben decir sí cuando es sí y no cuando es no. Son amigos de una falsa paz por miedo a una lucha por la verdad. Erasmo lo llama una «contención prudente»2 pero para nuestros políticos es más correcto decir que es pusilanimidad. 

Después tenemos a Lutero que, en contraposición al humanista prudente, es más fuerte cuando la «ira y el odio le salen ferozmente por la boca»3. Es un luchador, que quiere vencer y destruir a sus enemigos. Otro claro ejemplo de algunos de nuestros políticos. No buscan el bien de la comunidad, sino lo que se conoce como political trumps, buscan la victoria, y la victoria para ellos no es el servicio en su cargo, es solamente el ejercicio del poder. 

Lo cierto es que muchos de nuestros políticos se mueven entre ambos extremos: le temen a lo políticamente incorrecto y son dubitativos en temas sensibles que requieren una defensa férrea. Sin embargo, se muestran como los grandes adalides de las causas sociales, sin detenerse a examinar su propia postura o querer buscar un punto de encuentro con las posturas contrarias. Un extremismo que se alimenta en nuestros tiempos por la renovación de conceptos como liberal y conservador.

El problema del debate

Frente a estas dos posiciones es lógico que la peor manera para alcanzar la verdad en una cuestión política sea un debate. El debate como ejercicio intelectual puede llevarnos a muchas conclusiones, ayudarnos a reflexionar, ejercitar el arte de la dialéctica, la gramática y la lógica. La escolástica medieval es un punto de referencia del bien que puede hacer esta herramienta. La política, en cambio, lo que hace es polarizar más; no permitir que se llegue a conclusiones; es la derrota del otro y la habilidad retórica y no mental lo que se busca. 

Por eso, el problema del debate en nuestro país es que se vuelve un cúmulo de sinrazones, por lo que no podremos saber nunca la verdad de ninguna de las posiciones que se encuentren enfrentadas. Sin embargo, sí hay una verdad que es muy clara y que todas las posiciones olvidan ver: ninguna de ellas tiene la verdad plena. He ahí porqué el debate nos lleva al fanatismo, es encerrarse más y más en la propia postura hasta que una fuerza violenta causa el rechazo de cualquier otra idea ajena a lo que cada persona considera como verdadero.

«Pues, ¿quién no considera justa su causa?»4, con estas palabras Erasmo nos habla de los peligros de la guerra y su justificación. El debate hace que la causa propia se vea como la única causa justa y todas las demás se llegan a apreciar como injusticias, y ¿quién no se atreverá a pelear por lo que es justo? Finalmente, todo debate político es olvidar que el error es algo que todas las posturas comparten, y la única manera de aceptar el propio error es reconocer la parte de verdad en la posición del otro.

El diálogo: un medio de encuentro

«Una y otra vez insta el conciliador a un concilio»5 esa fue la actitud que tomó Erasmo para crear puentes entre Lutero y el Papa: «con el fin de llegar a un acuerdo digno del espíritu cristiano»6. Si tenemos luchas, controversias, discusiones, etc. , es porque hay un fin que no debemos perder de vista: la paz, el bien común, el cuidado de una comunidad. Por eso una posible solución a los problemas que veo en la política de nuestro país es el diálogo. Es la idea central por la cual, a través de la razón, la escucha y la comprensión podemos juntos acercarnos lenta y pacientemente a la verdad.

¿Qué aspectos tiene el diálogo? Como menciona el filósofo Alejandro Llano, existe la comprensión, que es esta capacidad de entender y empatizar con el otro, que es el presupuesto subjetivo; y la veracidad, que es la afinidad con la verdad y las consecuencias que haya de traernos, que es el presupuesto objetivo. Es así como, Alejandro, describe el diálogo como: «una actividad interpersonal en la que la mutua comprensión se basa en un interés común por la verdad»7.

Los beneficios de esa actividad son incontables, pero para empezar siquiera  a acercarnos a la difícil lucha por entender al otro y aproximarnos a la verdad, el punto decisivo está en poner énfasis no en los clubes de debate, sino en los clubes de diálogo. No necesitamos seguir enseñándole a los jóvenes como acabar con su contrincante, necesitamos que aprendan cómo conciliar y ordenar los pensamientos y acciones humanas en la política hacia el bien de la sociedad. El partidismo mexicano insta a sólo hacer alianzas para una utilidad de poder, en cambio, el diálogo cívico lleva a soluciones que permitan ver el bien de todos y cada uno. 

¿Que no existen los clubes de diálogo? ¡Pues hay que crearlos! Me parece que no hay mejor iniciativa para cultivar mejores prácticas políticas y dejar atrás el exhibicionismo de comedia que hoy en día suscitan los debates en las campañas políticas. Es sentarnos con nuestros amigos, que nos pongamos a discutir y a enriquecernos con otros. Dejo a la creatividad de cada quien cómo organizar su club: de día o de noche, con vino o café, en la universidad o en una casa. Lo que no podemos hacer es seguir teniendo debates de la misma manera que siempre y esperar resultados distintos.

Bibliografía

  1. Zweig, S. (2004). Erasmo de Rotterdam: Triunfo Y Tragedia De Un Humanista. Paidos Iberica Ediciones S.A.
  2. Ibidem.
  3. Ibidem.
  4. Ibidem.
  5. Ibidem.
  6. Ibidem.
  7. Llano, A. (2001). El diablo es conservador. EUNSA. Ediciones Universidad de Navarra, S.A.

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