Lectores dispares

Por Juan Carlos Puebla Pavlovich

No cabe la menor duda de que el gusto popular pocas veces es fino. Desde que la cultura se ha reducido al espectáculo, la sensibilidad grácil se ha perdido. La mayor prueba de esto la obtuve hace unos meses que conviví con un grupo atípico: gente interesada en la lectura. 

De la lectura ya se ha dicho  mucho, no vale la pena ahondar en la inútil promoción que hacen de ella algunos que se consideran lectores frecuentes: “lee para agilizar tu mente; lee para ser inteligente; lee para ganar dinero; lee para escribir mejor; lee para ampliar tu vocabulario; lee para ser feliz, lee…”, aducen repetidamente con aires de superioridad. De lo que sí vale la pena hablar es de los variados lectores que van por la vida recomendando libros. En esta  gama de distintos lectores reconozco grupos como los siguientes:

Los lectores pragmáticos; su interés por la lectura se mide en la utilidad provista por el libro. Normalmente van predicando en reuniones sociales las enseñanzas que les dejó su último libro; tienden a vivir con incontinencia sapiencial, siempre dan su opinión sobre cualquier tema porque en algún momento de su vida han leído algo sobre ello.  En el vulgo se les conoce como sabiondos. Lo más apreciable de este grupo es su sana curiosidad por el saber; constantemente investigan y no quieren parecer ignorantes. El gran problema con ellos es que desprecian la literatura porque les parece inútil. Son propensos a rechazar cualquier lectura clásica o escrito bello porque se les presenta como enigmático.  No tienen capacidad de admiración por las formas; leen con una finalidad y sólo si el texto es claro. Sus recomendaciones se asimilan a los libros más vendidos sobre empresa, autoayuda, riqueza, oratoria, política, manuales básicos de historia o a las infames colecciones que se titulan: “todo lo que tienes que saber sobre…”. 

Este tipo de personas utilitarias afirman normalmente que la lectura es el mejor antídoto para la banalidad, pero no son capaces de apreciar lo verdaderamente sublime: el ritmo, el estilo, las figuras retóricas y aquellos detalles propios del artista que deleitan el alma de las criaturas sensibles. No valoran esas bondades en los libros porque no les aportan nada a la práctica, y ellos no tienen ganas de perder el tiempo con textos pretensiosos y complicados. 

Existen otros lectores aún más insoportables: los narcisistas. Se consideran los más cultos, pues ya han recorrido grandes obras literarias. Toda recomendación de la persona ordinaria les parece trivial. Son los mismos que se adueñan del sentido universal de los libros. Sus aires de superioridad los llevan a menospreciar a cualquiera que ose disfrutar una buena novela porque no tienen los conocimientos necesarios para entenderla. Tildan de ignorantes a quienes no son reconocidos por algún círculo intelectual. Son más críticos que los expertos. No soportan leer libros “superficiales”. A veces pienso que la dureza  de  sus juicios nace de una frustración por no tener la  habilidad suficiente para ser buenos literatos. Lo peor es que pierden las nociones de la realidad, la actualidad y la humanidad al despreciarlas; no se dan cuenta de que los clásicos literarios son clásicos porque le han hablado a la humanidad en todas las épocas.

Los lectores esencialistas son los más amigables. Su asombro infantil por obras entretenidas y accesibles incita a otros a leer. Constantemente piden recomendaciones en redes sociales. Les gusta presumir de forma sutil su libro a la moda. La lectura para ellos es una novedad que los distingue de sus amigos porque es una forma de entretenimiento más exótica y vintage. Les gusta platicar de las historias que los conmueven para presumir el libro que están leyendo.

No los culpo en absoluto, su forma de leer es fruto de campañas escolares que promueven la lectura de quince minutos diarios o que marcan fechas límites para terminar un libro –peor aún es la mercadotecnia para labrar una meta semestral de libros leídos entre los alumnos–. En el fondo, la mayoría de estos lectores buscan una sensación de satisfacción al terminar de hojear la última página de su libro, en algunos casos porque saben que han vencido a su compañero en el reto de leer dieciocho libros anuales; inclusive, si están lejos del objetivo, escrudiñan entre recomendaciones de lecturas cortas y fáciles para sumar una más a su lista. Parece que la competitividad en su nuevo hobby, original e insólito, es lo que los motiva a practicarlo. 

De los lectores dispares los mejores son los que saben perder el tiempo disfrutando un libro. Al leerlo no piensan en la utilidad que el libro les provee ni en la fecha límite para terminarlo. Se dejan asombrar por las grandes novelas, no tienen métodos de lectura ni tiempo mínimo y pueden pasar horas intrigados por una gran historia. Es verdad que con cierta apreciación artística su capacidad de gozar y contemplar esa narración es mayor. Son embelesados por las grandes obras. Viven con la humildad de reconocer que en la inmensidad de las letras es imposible leerlo todo, por ello vale la pena ser selectivos. 

Tal vez entre los lectores dispares existan unos más agradables que otros, lo que es inminente es permitir que cada uno lea a su gusto: sin reglas, sin juicios y sin teorías. Es bueno advertirles que leer es una actividad particularmente egoísta, costosa, de larga duración y con una notable necesidad de reflexión para la asimilación de ideas. 

Independientemente de estas consideraciones sobre la lectura, lo único relevante a  tener en cuenta –si se quiere salir de la ignorancia y la superficialidad– lo dijo Sócrates y lo hemos convertido en un lugar común: saber que no sabemos. Leamos reconociéndonos como lo que somos: ignorantes que quieren disfrutar. El sensato siempre será consciente de que es superior su desconocimiento que su conocimiento; son inconmensurablemente mayores los libros por leer que los leídos. Así que, es de listos ir por la vida sin cátedras de supuesta profundidad, sin fanfarronear, sin aires de grandeza al recomendar libros. La mejor actitud de los lectores dispares es la humildad, virtud con la que reconocerán los libros sinceramente bellos, deleitosos, gratos y trascendentales; porque en la humildad está la verdad.

Un comentario

  1. Me gustó mucho tu artículo, y pienso que también es necesario, respetando a todos los tipos de lectores, fomentar una educación en el gusto literario; valorar nuevamente los clásicos, y entender que necesita de esfuerzo y dedicación, la virtud como el gusto buscan alcanzar un mayor bien.

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