En búsqueda de verdaderos maestros

Por Alejandro Aparicio Meléndez

Al empezar un nuevo año siempre es bueno revisar los errores y aciertos del año anterior, pero esto nunca es suficiente. No somos seres que mudan de piel cada año y todo lo anterior se queda atrás, el hombre como ser histórico tiene una conciencia. Lo que quiero decir  es que: podemos tener muchos propósitos e iniciativas para este año, y está muy bien, mas, lo que propongo es cuestionarnos los errores que venimos cargando y los aciertos que olvidamos varias generaciones atrás. El problema está en quienes debían transmitir estos saberes y no lo han hecho, ellos mismos han olvidado su propia labor: los educadores. 

¿Quién tiene derecho a educar?

En el caso de México se ha desarrollado una batalla en muchos estados por la cuestión del PIN parental y el tema sobre cuáles son los límites del Estado en cuanto a materia de educación. Recientemente, un antiguo profesor mío me hablaba sobre cómo la relación de los padres e hijos en el tema de educación es  similar al de la persona con su propia conciencia; creo que esta analogía refleja todo lo que ambas partes de la educación no entienden. No se trata solamente de qué consideran los padres como imposición ideológica en las escuelas o lo que el Estado considera  importante predicar  en las aulas, sino ¿cuál es el tipo de relación que existe cuando buscamos educar a un nuevo ser humano?, ¿quiénes son los más aptos?, ¿qué deseamos transmitirles?

Entonces debemos empezar por lo más sencillo, y a la pregunta de padres o Estado, la respuesta es que el derecho lo tiene el niño; podemos preguntarle a cualquier niño por quién prefiere ser educado,  la respuesta general será que por los padres (nunca faltan los que quieren hacer de las excepciones la regla, pero me limito a recalcar el hecho de que los niños que contesten el Estado, ni siquiera conocen el Estado, para ellos más bien es un Extraño). ¿Por qué un niño quisiera ser educado por sus padres? Porque sólo ellos pueden ver el universo entero en los ojos de su hijo, y sólo su hijo puede conocer el universo de manera plena a través de los ojos de sus padres. 

El niño confía plenamente en sus padres, Chesterton decía que “creías a tu padre porque habías encontrado en él una fuente viva de hechos, era para ti alguien que realmente sabía más que tú; alguien que te diría la verdad mañana como te la decía hoy”.1 El tipo de relación que existe en la educación es la entrega de un proyecto propio; los padres le entregan la verdad de quién es y quién puede llegar a ser, buscan su continua mejora, lo corrigen, lo sanan, y en los casos más insólitos, están dispuestos, por amor, a decirle la verdad. Por eso la educación más completa, universal y verdadera que existe, es la educación doméstica y lo justo, el derecho, es que el hogar sea ese lugar de encuentro.

¿Cuál es la labor del profesor?

Al principio cuando hablaba de los educadores, pienso que es un término donde pueden encontrarse tanto los padres como los profesores. Ya he hablado sobre la educación doméstica, propia del hogar y de los padres. Es momento de hablar de la educación pública (entiéndase la que es fuera del hogar, que es privado), y por eso hemos de ver la figura del profesor. Étienne Gilson decía que “para un verdadero gran filósofo, la enseñanza es una molestia o, por lo menos, un mal menor”2; concuerdo en que  la vida del filósofo ha de estar consagrada a la contemplación de la verdad, pero también se necesitan hombres que sepan transmitirla, y esto es lo que hace el profesor. 

Mencionaba que los padres le entregan al hijo su ser y un telos, un quién puedes ser, entonces el profesor lo que ha de hacer es, sobre lo ya construido por los padres (que es siempre lo más difícil y lo más importante), la transmisión no de datos, información, ni siquiera conocimientos, sino la formación de un hábito, la virtud del estudio, y con el tiempo, de la sabiduría. El mismo profesor, a quien  mencioné anteriormente, criticaba la enseñanza de geografía y de historia en las escuelas, porque no hablan de la realidad, y no servían para nada, y proponía que los alumnos empezaran proyectos y decidieran ellos solos qué estudiar; no sólo me parece antipedagógico, también me parece antidemocrático. 

Cuando le enseñamos a un niño esas materias o cualquier otra, o cuando hacemos un plan de estudios, no es sólo para rellenarle la cabeza de cualquier cosa para que no ande de vago por las calles; la cuestión es más profunda y democrática, es aceptar que han habido unas personas anteriores a nosotros que por las experiencias que tuvieron y los razonamientos que hicieron encontraron que había algo de valor ahí para ser entregado a los que seguían. Porque la “tradición significa dar votos a la más oscura de todas las clases, nuestros antepasados. Es la democracia de los muertos”3. La labor del profesor es entonces educar en la verdad, la cual ha sido transmitida de generación en generación y, según su tiempo, encontrar los mejores medios para hacerlo. 

Así que antes de cambiarlo todo y poner a los niños a hacer proyectos para que se diviertan aprendiendo, o que copiemos el modelo educativo finlandés por un tipo de malinchismo, debemos reconocer la tradición educativa que hemos heredado en México: qué es lo mejor para educarnos, y quién es el profesor para ello. Porque esa es una cuestión muy importante si el profesor transmite esa verdad, ha de conocerla a profundidad, ha de ser un maestro, tener la maestría del saber. Gilson también habla de la “diferencia que existe entre ser un gran profesor de literatura inglesa y ser Shakespeare”4. Por supuesto no todos los maestros necesitan ser los grandes historiadores, literatos, filósofos, pero sí necesitan tener la maestría en todas esas áreas para entregarles a los estudiantes una visión global, un deseo por saber de manera más plena y profunda. 

En búsqueda de verdaderos maestros

¿Quién nos educará en la moral, el amor, el bien, el mal, la belleza?, ¿quién nos educará en nuestra historia, personajes, ciudades, tradiciones? Por eso la simbiosis entre padres y profesores (dejando de lado al Estado, que extiende sin parar sus tentáculos), porque “sólo los seres humanos necesitan educación”5, necesitan ser encauzados en lo que es lo mejor de la vida humana, y que entiendan su papel en ella. ¿Pero dónde están estos educadores? Así como Diógenes buscaba hombres honestos, nosotros estamos en búsqueda de verdaderos maestros; este y no otro debe ser el propósito no de un año nuevo, sino de toda una vida. 

Bibliografía

  1. Chesterton, G. K. (2013). Ortodoxia. Acantilado.
  2. Gilson, É. (2015). El amor a la sabiduría. Ediciones Rialp.
  3. Ibidem
  4. Ibidem
  5. Chesterton, G. K. (2000). El amor o la fuerza del sino. Ediciones Rialp.

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