La vida en sociedad no debe ser como una liga deportiva

Por Sebastián Escárcega Barrios

Recientemente, el escritor y miembro de la Real Academia Española Javier Marías publicó en El País semanal una apología a la forma que ha adoptado la meritocracia en nuestros días. En dicho texto, el autor se apalanca de la célebre y multicitada Carta sobre la justicia y el debate abierto, para esbozar su fantasía sobre la sociedad actual, que según él es una en la que “el que consigue algo en la vida, o el que triunfa en su profesión, casi nunca es un privilegiado”, y añade que: “Estamos ante un absurdo equiparable al siguiente: es como si, mediada la Liga de fútbol, se juzgara que quienes la encabezan son unos ‘privilegiados’ por ello, y quienes van últimos unas ‘víctimas’, y se olvidara que se han disputado partidos y que cuentan. Los presupuestos de los clubs son incomparables, cierto, pero se acepta y no se los separa por eso. El privilegio sería que, antes de la primera jornada, hubiera equipos con puntos regalados y acumulados, lo cual jamás se ha dado en ningún sitio.” Parece que ni por equivocación se ha detenido a ver las estadísticas de desigualdad y acceso a oportunidades de los países en Latinoamérica, África o la mayor parte de Asia, incluso las de algunos de los autodenominados países desarrollados; como Estados Unidos, donde, contrario a lo que piensa Marías, se tiene muy estudiado que la familia en la que naces determina en buena medida tus posibilidades de éxito, así lo reconoce por lo menos una publicación de CNN, luego de analizar las cifras del Índice de Movilidad Social Global del Foro Económico Mundial. ¿Hay algo más parecido a esto que tener “puntos regalados y acumulados” antes de empezar la competencia?

Si concebimos a la sociedad como una liga de fútbol, sería coherente pensar que lo natural es que existan ganadores y perdedores, ricos y pobres, y que, irremediablemente, el triunfo de uno, implica la derrota del otro. Desde esta perspectiva, lo inadmisible sería proponer un modelo en el que todos los integrantes de la sociedad sean ganadores. Además, necesariamente deberíamos de creer que existe un criterio objetivo y cuantitativo con el cual se puede medir a cada individuo para colocarlo en su “justa posición” en la tabla, como los puntos que genera un equipo durante cada temporada. En nuestros días, el dinero —o dicho de otra forma, el nivel de ingresos— para muchos es ese indicador objetivo con el que se materializa el buen o mal desempeño de las personas y con el que se las puede rankear con claridad. Triunfar en una profesión, como diría Marías, siguiendo una lógica utilitarista, se traduce en generar mucho dinero mediante el trabajo.

A pesar de todo lo que se pueda decir, la comparación del modelo actual con una liga deportiva no está del todo alejada de la realidad. Muchas de las principales críticas al neoliberalismo advierten justamente que este modelo está haciendo cada vez más grande la brecha entre ricos y pobres. Los tres puntos siempre se los queda el puntero. De acuerdo con el reporte Billionaire Bonanza 2020, realizado por el Institute for Policy Studies, durante los primeros 4 meses del 2020 —sí, a la par del comienzo de la crisis originada por la  COVID-19 que podría dejar a 29 millones de personas en pobreza solo en Latinoamérica, según estimaciones de la Cepal— ocho de los mayores multimillonarios incrementaron su riqueza en al menos mil millones de dólares. Jeff Bezos en solitario aumentó su fortuna en 25 mil millones de dólares en este periodo, cifra que supera al PIB de Honduras en 2018.

Si aplicamos l modelo de liga de fútbol sugerido por Marías a México, el país en donde vivo, y seguimos el formato de un torneo típico con 20 equipos que disputan 38 partidos cada uno, tendríamos que los primeros cuatro equipos de la tabla deberían haber conseguido 10 veces más puntos que los últimos cuatro (de acuerdo con un reporte de la OCDE, en México el 20% de los más ricos gana 10 veces más que el 20% más pobre). Tomemos como referencia la temporada pasada de La Liga: el cuarto lugar de la tabla, que fue el Sevilla, tendría que haber conseguido la imposible cantidad de 370 puntos para haber obtenido 10 veces más puntos que el Celta de Vigo, equipo que quedó en el lugar 17 con 37 puntos. Ni siquiera con 3 temporadas en las que el Sevilla ganara absolutamente todos sus juegos disputados sería suficiente para lograr los 370 puntos. 

¿Y si cambiamos las reglas del juego?

Muchos de quienes están de acuerdo con el actual (des)orden social, defienden a capa y espada el modelo económico actual como si sus normas fueran divinas o parte del orden natural de las cosas. Lo que olvidan o ignoran, es que hemos sido las mujeres y los hombres quienes lo hemos establecido, lo mismo que el modelo meritocrático y, por lo tanto, estamos también ante la posibilidad de cambiarlo. Aunque para eso habría que poner a la actividad económica al servicio de la justicia social, antes que a responder únicamente ante la ciega generación de riqueza. No es que nunca se haya imaginado de esa manera, sino que en la práctica no sucede de esta forma.

Con respecto al temible triunfo del populismo, hace apenas unos días, El País también publicó un adelanto del nuevo libro La tiranía del mérito de Michael J. Sandel, en el que asegura que “Interpretar la protesta populista como algo malévolo o desencaminado absuelve a la élite dirigente de toda responsabilidad por haber creado las condiciones que han erosionado la dignidad del trabajo e infundido en muchas personas una sensación de afrenta y de impotencia.” El desencanto con las élites no se explica sino mediante “un fracaso igualmente político de proporciones históricas”, señala Sandel.

Tal vez en un mundo en el que los estratos más bajos de la sociedad tuvieran una calidad de vida digna y en la que se respetara a los múltiples grupos vulnerables, muchos de los cuáles hoy han alzado la voz mediante legítimas protestas y manifestaciones, no se vería como víctimas a quienes tienen menos oportunidades, como tanto le incomoda a Marías.

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