El nuevo arte de cuidar

Por Denise Rojas Jiménez

“Ya que no puedes hacer el bien a todos, principalmente has de mirar a aquellos que, por accidentes del tiempo, de lugar o de las circunstancias, están en conexión  más cercana contigo”

San Agustin (Doctrina Cristiana, Libro I, Cap. XXVIII)

Una mujer se encuentra en su lecho de muerte, pero hay un medicamento que puede salvarla. Se trata de un tipo de radio que un farmacéutico de la misma localidad ha descubierto. La producción del medicamento es cara, pero el farmacéutico cobra diez veces más de lo que le costó producirla. El esposo de la mujer enferma, Heinz, pidió dinero prestado hasta que juntó únicamente la mitad de su costo. El farmacéutico se negó a vendérselo más barato argumentando que pretendía beneficiarse de su descubrimiento. ¿Debe Heinz entonces robar el medicamento?

Este fue un dilema planteado por el psicólogo Lawrence Kohlberg en los años 70 para medir el desarrollo moral en la adolescencia, presentando un conflicto entre normas morales y explorando la lógica de su resolución. Carol Gilligan, filósofa y psicóloga estadounidense, se dio cuenta años después que cuando se realizaba la prueba (de Kohlberg) en mujeres, éstas salían con un puntaje relativamente más bajo al de los hombres. Al investigar advirtió que se había construido la Teoría del Desarrollo Moral realizando estudios únicamente en varones y luego fue presentada como universal. En su obra In a Different Voice (1982), decidió extenderla y realizó un análisis tomando en cuenta también el desarrollo que experimentan las mujeres.

Gilligan aplicó, como punto de partida, el mismo dilema en un niño y una niña de 11 años para aclarar el problema que se crea al interpretar el desarrollo de las mujeres. El niño, Jake, vio un conflicto de valores entre la propiedad y la vida (como lo hizo Kohlberg), discerniendo la prioridad de la vida. Argumenta que el farmacéutico puede recuperar el dinero vendiendo medicamento, pero que si Heinz no lo roba, éste ya no podría recuperar a su esposa. También toma en cuenta las leyes y reconoce su función en el mantenimiento del orden social diciendo que, incluso si Heinz es atrapado, el juez debería darle la mínima sentencia pues sabría que hizo lo correcto. Su juicio se califica como convencional, pero su capacidad para aplicar la lógica deductiva en la solución de dilemas morales, diferenciar la moralidad del derecho y considerar que las leyes tienen errores, apunta a una concepción de la justicia que Kohlberg equipara con madurez moral. 

Amy, en cambio, no considera la propiedad ni las leyes sino el efecto que el robo podría causar en las relaciones: “Si roba el medicamento puede salvar a su esposa en ese momento, pero también va a ir a la cárcel y lo más probable es que se enferme otra vez y esta vez ya no pueda conseguirle más. Deberían hablarlo y encontrar otra forma de conseguir el dinero”. Según la teoría de Kohlberg, el juicio moral de Amy parecería estar en una etapa de madurez  más abajo, sin embargo, lo que Gilligan advirtió es que su respuesta contiene las ideas centrales para una ética del cuidado. “Su primera conciencia del método de la verdad, la resolución no violenta de conflictos y su creencia en la actividad restauradora del cuidado la llevó a ver a los actores del dilema, no como oponentes en un concurso de derechos, sino como una red de relaciones de las que todos dependen”(Gilligan, 1982). Y al construir el problema diferente, la puntuación de Kohlberg la evade.

Históricamente hombres y mujeres han sido asociados a prácticas distintas. Anteriormente la racionalidad, imparcialidad e impasibilidad eran cualidades necesarias para la vida pública y era labor del hombre mantenerlas. La sensibilidad, emoción y el cuidado debían ser relegadas a la vida privada y principalmente al hogar. Y aunque en la actualidad esa asociación de prácticas ya no sea tan marcada, todavía se siguen asociando los sentimientos, la ternura y la empatía a lo que es exclusivamente femenino, y todo lo que es opuesto, con lo masculino. 

Subrayé al inicio la teoría de Gilligan no solo porque expone la jerarquización que se hizo del desarrollo moral, colocando la diferente perspectiva de las mujeres en una escala inferior, sino que además en su misma obra logra evidenciar el distinto enfoque que tienen los varones, consigo mismos y en su relación con el mundo (más individuales y desapegados), desde que son infantes. ¿Cómo impacta esa concepción en su desarrollo social? C. Gilligan pretende que nos preguntemos “Si como humanos nacemos con capacidades pregenerizadas para la empatía, las emociones y la tolerancia, […], ¿Cómo perdemos esa capacidad para cuidar? ¿Qué inhibe nuestra habilidad de empatizar con otros?”(Comins, 2015).

Judy Y. Chu realizó durante dos años un estudio – When Boys Become Boys: Development, Relationships, and Masculinity (2014)– en niños que fueron pasando de pre kinder a kinder y luego a primer año, y notó que conforme iban creciendo los niños se iban haciendo más desatentos, menos expresivos, menos directos y menos auténticos en su relación con los demás y con ella. “No es que estuvieran aprendiendo únicamente a ser ‘niños’, sino que querían relacionarse con otros niños, y eso quería decir hacerse miembro del “Mean Team”. Este “Mean Team” estableció una masculinidad definida como ‘oposición a’, como ‘lo opuesto’ a una feminidad asociada con ser ‘bueno’ y ‘agradable’.”  El mayor descubrimiento en su investigación fue ver que lo que se percibe y se describe a menudo como natural para los niños es de hecho, no una manifestación de su naturaleza, sino una adaptación a las culturas que requieren que los hombres sean emocionalmente estoicos, agresivos y competitivos, si es que van a ser percibidos como “the real boys”.  

Por ejemplo, en el texto Masculinidad sin misoginia (2020), Aréchaga  menciona que “educar a los niños como si no se distinguieran de las niñas, solo ha llevado a crear hombres más frágiles y desorientados”. Esto me llevó a cuestionar muchas cosas de lo que se sigue planteando como masculinidad. Y no se trata de negar las evidentes diferencias, ni de definir lo que debería ser, ya que es entrar en un tema mucho más amplio y complejo, pero me llama la atención que ciertas cualidades -que deberían ser practicadas por todos para formar una sociedad más empática y de cuidado- siguen siendo asociadas, ya no solo con lo femenino, sino con lo débil y, una vez más, con lo que es opuesto a lo masculino y por lo tanto inferior. Sobre todo cuando la evidencia empírica nos dice que, en realidad, no respondemos tan diferente ante estos constructos.

Mary Brabeck -en el libro An Ethic of Care (1993)– afirma que, sin duda, la investigación del comportamiento prosocial está más allá del alcance, sin embargo, su objetivo fue demostrar que los psicólogos han intentado estudiar empíricamente la respuesta de hombres y mujeres, al altruismo y la empatía. En cuanto al primero encontró en los diferentes estudios pequeñas diferencias consistentes, “las mujeres, en cambio, tienen la reputación de ser más serviciales y cuidadoras” (Brabeck, 1993). Respecto a la empatía resaltó el estudio de Hoffman (1977), quien hizo la distinción entre empatía cognitiva (conciencia de los sentimientos de los demás) y empatía afectiva (respuesta emocional). Y  aunque hombres y mujeres tienen la misma probabilidad de ser igualmente conscientes de los sentimientos de los demás y de reconocer la perspectiva del otro, es en la empatía afectiva donde las mujeres tienen un puntaje relativamente mayor que el de los hombres. A pesar de eso, Hoffman concluyó que los estudios mostraron más similitudes  que diferencias. 

Pero el endurecimiento y la prolongación de la perspectiva de la masculinidad como dureza e impiedad nos ha costado el incremento de la violencia en el país y la normalización de varias conductas que, aunque parezcan normales y relativas a lo masculino y lo viril, siguen perpetuando dichas violencias, en mayor o menor grado, hacia la mujer y la opresión de minorías o poblaciones vulnerables (e incluso a los hombres mismos cuando un varón no se percibe lo suficientemente “hombre”).

¿Realmente podemos considerar la perspectiva humana del cuidado como femenina? La ética del cuidado de Gilligan propone regresar a la conciliación entre justicia y cuidado (o lo considerado como masculino y femenino), donde se tenga especial atención en las relaciones, la responsividad y la responsabilidad hacia los demás. Donde la emoción y el sentimiento, no sean relegados a la esfera privada y mucho menos atribuibles a un género. Donde la masculinidad no signifique jerarquizar las conductas y destruir la ternura, sino abrazarla y resignificarla para “romper el código de género que eleva la razón, la mente y el yo por encima de la emoción, el cuerpo y las relaciones. Lleva el cuidado, desde los márgenes de las estructuras sociales, al centro de la preocupación moral. Luego vemos cómo el descuido prepara el escenario para la injusticia, la opresión y el abandono.” (Richards, 2013). La ética del cuidado propone volver todos la mirada a una ética centrada en la vida y la sostenibilidad de las relaciones, donde redefinamos la otredad y demos paso a una ciudadanía cuidadora. 

Referencias

Aréchaga, I. (2020). Masculinidad sin misoginia. El Sónar.

Brabeck, M. (1993). Moral Judgment: Theory and Research on Differences between Males and Females. (Mary Jeanne Larrabee) AN ETHIC OF CARE. Feminist and interdisciplinary perspectives, p. 33-49. London and New York: Routledge.

Comins, M (2015). La ética del cuidado en sociedades globalizadas: hacia una ciudadanía cosmopolita. Revista THÉMATA, Nº 52, p. 159-178.

Chu, J. Y., &  Gilligan, C. (2014). When Boys Become Boys: Development, Relationships, and Masculinity. New York University Press.

Fascioli, A. (2010). Ética del cuidado y ética de la justicia en la teoría moral de Carol Gilligan. Revista ACTIO Nº 12, p. 41-57.

Gilligan, C. (1982). In A Different Voice: Psychological Theory and Women’s Development. Harvard University Press.

Richards, D. A. J. (2013). Resisting Injustice and the Feminist Ethics of Care in the Age of Obama. Routledge.

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