Soy un hombre desconfiado

Por Juan Carlos Puebla Pavlovich

Soy un hombre desconfiado. Me temo a mí mismo. Mi suspicacia nace de la experiencia. Mi propia existencia me hace desconfiar de mi ser, de mi naturaleza,¡de nuestra naturaleza! Conozco la fragilidad humana, convivo con ella a diario. Me desespera. Siempre los mismos errores, parece que estamos condenados a vivir llenos de miserias. Nos sentimos libres, pero no lo somos del todo. Libertad, ¡qué palabra tan engañosa! Es malvada porque es ambigua, algunas veces significa carga y otras desahogo. Últimamente me he inclinado a pensar que pesa más de lo que satisface. ¿Por qué nos hicieron libres? Es demasiada responsabilidad para seres tan limitados. Hay algo en nosotros que se niega a hacer un buen uso de ella. San Pablo lo intuyó cuando se cuestionó: “¿Por qué no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero?”.

Esta reflexión me ha surgido de la observación. He seguido las teorías que nos prometen una liberación y autodeterminación completas; normalmente  se expresan con las siguientes frases: “con tu mente puedes controlarlo todo”; “tú eres capaz de cualquier cosa si te lo propones”; “si llevas una vida saludable física y mentalmente serás libre”; “no necesitas de nadie ni de nada para ser feliz, sólo ámate a ti mismo”; “nunca esperes algo de alguien porque te va a decepcionar”.  Todas tienen algo en común:conciben al ser humano como inmanente. Con inmanente no me refiero al significado utilizado comúnmente por la filosofía, sino a su sentido literal y etimológico  que proviene de su raíz latina, in-manere: permanecer en. Estas teorías presuponen que la felicidad permanece en nuestra capacidad individual, creyendo que cada persona, por sí sola, puede alcanzar una libertad inagotable y plena. Mis tendencias existencialistas me hacen rechazar estos planteamientos. Considero que la libertad conseguida por ellos es frágil. Se doblega fácilmente ante la realidad. Nos frustramos cuando entendemos que somos limitados, que la libertad es limitada. El hombre no puede ser el absoluto del hombre porque si lo fuera se decepcionaría de sí mismo en todo momento.

El sufrimiento del prójimo es el principal motivo por el que desconfío del inmanentismo. “¿Cómo puedo ser tan egoísta?” , me pregunto cada vez que visito colonias marginadas y veo los ojos de niños pícaros que juegan fútbol por la tarde en campos de tierra desnivelados para divertirse un poco. Seguramente pasaron toda la mañana pidiendo dinero o vendiendo chicles en las calles de nuestra ciudad. Esos lazarillos que hay por todo el mundo son quienes más sufren  las consecuencias de la limitada naturaleza humana y de su mal uso de la libertad. Han vivido entre los abusos, la violencia, las drogas, el desprecio y el mal. Ellos también desconfían del hombre, saben  que es capaz de cometer actos horrorosos, los han visto y probablemente los verán durante toda su vida. Son esas pequeñas criaturas quienes ven al diablo cara a cara diariamente. Invito a los creyentes de la felicidad inmanentista a que les pregunten: ¿Por qué no fortaleces tu mente para ser feliz? ¿Por qué no comes sanamente? ¿Por qué no te propones alcanzar todas tus metas? ¿Por qué no ejercitas tu cuerpo? O, explíquenme, ¿están ellos destinados a la infelicidad?

Nuestra mente no es creadora, aunque lo deseemos; nuestra voluntad no es inquebrantable, aunque la entrenemos; nuestros éxitos son terrenales, aunque los inmortalicemos. ¡Qué seres tan curiosos! Nos atrevemos a aspirar al todo cuando nos asimilamos más a la nada. Dudo de la divinización del hombre y de su libertad absoluta porque siento su fragilidad en toda mi persona. Parecería que todo es absurdo: pensemos fríamente, somos seres creados con ganas de libertad que nos arrodillamos ante cualquier ilusión de felicidad. Estamos llenos de vicios, de defectos, de incapacidades. Parece imposible que seres tan limitados puedan alcanzar una autonomía absoluta y liberadora como la que nos prometen las teorías inmanentistas. La libertad nos sobrepasa, por eso se convierte en una carga tan gravosa. Si queremos aligerar la carga, lo mejor sería quitarle importancia a todo. Si todo nos da igual, ya no sufriremos la angustia que nos produce sentirnos sobrepasados por la libertad.

¡Maldita tentación del nihilismo!, siempre persiguiendo a la humanidad. La opción del nihilismo, como lo plantea indirectamente Dostoyevski en su literatura, cae por dos fuerzas abrumadoras: el sufrimiento del prójimo y la conciencia. Dime, querido lector, ¿puedes ver a otro ser humano sufrir y no sentir nada?, ¿ni siquiera compasión?;  además, ¿crees poder adormecer en todos tus actos a tu conciencia?, ¿serías capaz de  asesinar a alguien sin sentir remordimiento? Aunque queramos no sentir nada, la culpa y la compasión surgirán en nosotros. Seguiremos, sin desearlo, cargando con la responsabilidad de nuestros actos, porque de alguna forma sí somos libres y la vida sí tiene un sentido.

Dudo del inmanentismo y del nihilismo. “¿En mí mismo puedo alcanzar la liberación plena?, y si no es así: “¿entonces la vida es absurda?”, les cuestiono con ironía. Mis cualidades son tan pocas y mis acciones tan ridículas, que los planteamientos inmanentistas me parecen disparatados, pero mi pesimismo en el ser humano no es tan radical como para afirmar que nada tiene sentido. He encontrado dos formas de redención y salvación para nuestra naturaleza. La primera está en el amor del Dios cristiano, pero sólo es apta para creyentes. En cambio, la segunda aplica para todos y es la apertura del yo hacia el tú. En esta visión de vida es el tú quien le da sentido al yo. En el otro, con el otro y por el otro nos liberamos de nuestro yo –que tantas razones nos da para desconfiar–. Ahora sabemos que no estamos solos enfrentando a nuestros demonios. Acudimos a los demás para que nos ayuden a afrontar nuestras miserias. La sociabilidad  se convierte en el camino a la felicidad. La fraternidad humana nos motiva a seguir adelante. Se experimenta una posibilidad de salvación en nuestra alma al encontrarnos con el amor. Nos vemos redimidos y liberados cuando amamos a la humanidad hasta el desprecio de nosotros mismos –la Ciudad (agustiana) de Dios es mi aspiración–. Cada persona en particular es frágil, pero en su conjunto, la humanidad, si apela a la misericordia, a la compasión y al amor, es capaz de llevar una carga tan difícil como la libertad. 

Entre más amo a la humanidad más desconfío de mí mismo, me convenzo de que en  la inmensidad de la humanidad, mi presencia representa poco, soy consciente de lo insignificante que es el hombre en particular. No creas que es una cuestión de baja autoestima –hace tiempo que no me preocupa lo que piensen de mí–. Mi pequeñez no me frustra porque la acepto. Conozco mis defectos. Sé vivir con ellos. No poder hacer el bien que quiero, pero sí hacer el mal que no quiero, ya no me angustia como antes, pero me duele más. La diferencia es que ahora encontré en el amor a los demás una motivación profunda y llenadora para seguir luchando por hacer buen uso de mi libertad. Quiero ser mejor, no tanto por mí, sino por los demás.

Soy un hombre desconfiado de la idea del buen salvaje (me opongo al espíritu rousseauniano),  del inmanentismo y del nihilismo, porque me reconozco como quien soy y reconozco a la naturaleza humana como lo que es. De nosotros nacen y nacerán muchos males. Ahora sé que, a pesar de la tendencia de nuestro ser particular al mal, sigue existiendo la bondad cuando el hombre sale de sí mismo, y creo que sólo en un ambiente de solidaridad y sociabilidad, unidos como humanidad, podemos encontrar la liberación y salvación que tanto ansiamos.

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