La Banalidad Del Bien

Por José Francisco Pérez Martínez

“Distracted from distraction by distraction 

Filled with fancies and empty of meaning”

T.S. Eliot

El problema del mal ha sido un tema muy discutido por grandes pensadores a lo largo de la historia. El mal ha sido concebido como una entidad contradictoria al bien, un ente que subsiste para mantener el equilibrio en el mundo. Otros encuentran su origen en nuestra mente: el mal es el engaño ante un bien aparente, que al final no es ningún bien. Pero una de las más grandes pensadoras del Siglo XX dedicó los últimos días de su vida a proponer una nueva visión del mal. Hannah Arendt descubre la banalidad existente en los actos de maldad detrás de cada persona, dejando atrás la idea de la existencia de un mal radical, demoníaco, y llevándolo a una simple irreflexión: el mal no puede ser radical, pero puede llegar a ser extremo. Arendt se da cuenta de esta realidad al estudiar a uno de los más grandes criminales del siglo XX. 

Adolf Eichmann fue un alto rango nazi durante la Segunda Guerra Mundial, encargado de la logística en el transporte de los judíos a los campos de concentración. Su trabajo: subir judíos a los trenes. Su condena: la muerte. Adolf Eichmann fue protagonista de uno de los juicios más polémicos del siglo XX. Catorce años después de los juicios de Nuremberg, Eichmann, fue juzgado en Jerusalén bajo la acusación de haber cometido crímenes en contra de la humanidad. Fue partícipe del holocausto más catastrófico de la modernidad. Fue llevado a Jerusalén a ser juzgado por sus pecados. Fue condenado a muerte y se le ajustició en la horca un primero de junio de mil novecientos sesenta y dos. Murió como uno de los criminales más polémicos del siglo pasado. 

Tan interesante fue la cuestión “Eichmann” que Hannah Arendt se vio obligada a asistir a los juicios en Jerusalén. Después de hacer uno de los escritos más importantes y polémicos del siglo XX, en el que trata el tema de la moralidad detrás de los actos de Eichmann, Arendt ofrece una manera distinta, podría decirse que revolucionaria, de ver el mal. Lo que antes era el engaño de un bien aparente, pasó a ser la omisión del pensamiento, de la responsabilidad, de la reflexión. Dirá Arendt respecto a Eichmann: “Únicamente la pura y simple irreflexión (…) fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo” (Arendt, 1963). Eichmann no mató a miles de judíos, es más, Eichmann no mató a ningún judío. Directamente él no tenía relación alguna con el exterminio. Era uno más en la larga cadena de procesos específicamente diseñados para matar. En palabras de Anredt podemos decir que “Eichmann, sencillamente, no supo jamás lo que hacía”.

Tan simple era la vida de Eichmann que no representaba un fenómeno aislado, un caso de laboratorio, su vida fue tan normal como la de cualquiera de nosotros: normal y mundano, así era Eichmann. Incluso se asemeja perfectamente a la descripción de T. S. Eliot: 

Nor darkness to purify the soul

Emptying the sensual with deprivation

Cleansing affection from the temporal.

Neither plenitude nor vacancy. Only a flicker

Over the strained time-ridden faces

Distracted from distraction by distraction

Filled with fancies and empty of meaning

Tumid apathy with no concentration

 “Apathy with no concrentration”, ¿acaso fue eso lo que provocó que Eichmann fuera acusado por matar a millones de judíos? Un simple acto de irreflexión, de capricho, lo convirtió en un criminal. Y es posible que seamos nosotros los mismos banales, en cuyas vidas no existe profundidad ni juicio. Podemos ser personas vacías, llenas de caprichos y cortas de pensamiento. 

En poco difieren las personas grises, vacías, sin responsabilidades – en pocas palabras, comodones sin pensamiento-, de Adolf Eichmann. Encierran en su comportamiento rasgos tan similares que se les podría juzgar por el mismo crimen. Vacíos, sin significado, buscan algo a lo que apegarse, en lo que aferrarse para dejar de pensar. Es programarse a una dinámica propuesta por una clase de autoridad moral y abandonar nuestra propia y personal búsqueda de significado. Es a lo que se refería T.S. Eliot al escribir “ Distraídas en su distracción por la distracción, / Llenas de caprichos y vacías de sentido”. Ese distraerse nos lleva a perder el significado, a abandonar nuestro pensamiento y sumirnos en la carencia de importancia, al sitio de los desafectos, sin plenitud ni vacío. La banalidad del mal se encarnó en Adolf Eichmann. Su peor crimen fue haber dejado de pensar y por esto se le condenó a muerte. 

Nosotros corremos el riesgo de asemejar nuestra vida a la de Eichmann. Podemos caminar vacíos y sin sentido por el camino, cortísimo, que nos guía al lugar de los desafectos.  En un breve descuido corremos el peligro de caer, si es que no nos encontramos ahí, en la banalidad. En esa banalidad descrita por Arendt, el misterioso parasito de las pasiones. Que arranca los ideales y el sentido del alma. El alma que posteriormente será un andrajo deshecho de pasiones sensuales, suplicante de cariño y carente de compañía. Este es el riesgo latente en cada alma humana. Exigiendo salir, porque conoce nuestras debilidades, se contenta con mantenernos sedados en la deliciosa anestesia del soma de la mediocridad; cuyo efecto secundario es tan discreto que se confunde, en ocasiones, con el bien. 

Eichmann, en su vacío sin significado, entregó su libertad. Cuando Eichmann abandonó su pensamiento, entonces: asesinó, aniquiló y acometió contra todos los judíos. El mal de Eichmann no habitó en los actos posteriores a su abandono, toda la maldad se concentró en el abandono mismo. No se le debió de juzgar por nazi, se le debió de acusar de banal, de irreflexivo y de mediocre. A lo mejor la condena hubiera sido la misma, pero habría sido juzgado por su verdadero crimen. Eichmann es todo un ejemplo para todos nosotros, peligrantes, ante el riesgo de la mediocridad. Porque al volvernos banales somos potenciales asesinos, cometemos el mismo crimen de aquellos que han provocado los peores sufrimientos a la humanidad. El único diferenciador entre Eichmann y el banal son las circunstancias. Cuantos de nosotros no subiríamos judíos a un tren para poder sobrevivir.

El mal es banal, no radical -como el bien-, se encuentra dentro de cada uno de nosotros, y de nosotros depende la decisión de perseguir lo bueno, lo radicalmente bueno; pero este tema daría para otra discusión. 

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