De humano a humano

Por Rocío Lozano Solana

Llevo tiempo queriendo escribir algo desde el fondo de mi corazón. Han pasado ya los días y no me atrevo a decirle eso que más quiero, eso que más me duele y me da miedo. Un día tomé mi pluma y con decisión le escribí. No fue cualquier cosa. En verdad me costó, pero no quería tomarme más tiempo. Sabía que si me tardaba un poco más, tal vez perdería mi oportunidad de ser escuchada, de que supiera lo que sentía. Fue entonces cuando envié la carta sin esperar una respuesta, pero tal vez sí un cambio. No me arrepiento de decirle cómo me sentía, no me arrepiento de pensar que tal vez me escuchó y me tomó en serio. Me dijeron por ahí que nadie le había escrito antes, que nadie se atrevía. Algunos me llaman valiente y otros tonta, porque había que tener muchos pantalones para escribirle de una forma tan directa. Para mí fue difícil juntar las palabras y ordenar mis ideas, pero una vez con la tinta en el papel, no podía parar. Tenía que saber; tenía que decírselo.

Y fue así como le escribí una carta de amor a la humanidad. No se decepcionen si no fue la historia romántica que esperaban (aunque de esas tengo mucho que contar). Esta historia es más grande que nosotros mismos. Aunque sigo sin entender cómo empezó todo, traté de darle pocas vueltas en mi cabeza, pero simplemente me sentía traicionada una y otra vez: sentía que la humanidad (y en ella obviamente me incluyo) se había vuelto en contra de ella misma. Era como si una familia dejara de reconocerse entre sí y comenzara a querer ver a todos destruirse y desaparecer. No es una historia fácil de contar y tampoco sé si nos deja con mucha esperanza. Pero mientras exista una pequeña posibilidad de que mi carta haya llegado lejos y alguien la haya escuchado, no dejaré de hablar de ella. 

Hace unos días, me topé con una de esas poesías desgarradoras pero reales, que te hacen ver con otros ojos la vida y el mundo. Tenía miedo de escribir entre líneas lo que me venía a la mente y fue por eso que entendí que le tenía lástima a la humanidad. Pobre especie incapaz de vivir como humana, de ver el mal que la rodea y de darse cuenta de que hasta los animales llegarían a ser mejores. El valor de la vida, que un día fue tan alto, hoy es barato y desechable; pasa el tiempo y la amistad ya no vale, ni la verdad ni el sentimiento limpio. El amor se muere lentamente mientras lo sustituye la pasión fugaz y destructiva. ¿Cómo hemos llegado a ser la especie de los incomprendidos? Van muriendo los valores, ya no hay respeto y, cuando creemos que más amamos la tierra, la llenamos de guerras, envidia y corrupción. ¿Qué nos ha pasado realmente? ¿Cuándo nos olvidamos de ser humanos? Hemos perdido nuestra esencia, nuestro valor, la noción del tiempo y el espacio, de la vida y la muerte. Hemos perdido la conciencia en el intento de no perder nuestro brillo ante los ojos de los demás, olvidando que es frente al espejo donde debemos vernos brillantes. Hoy en día no se trata de reconocer que somos valiosos, sino de que los demás nos lo digan. Mientras que unos luchan a patadas por salvar sus vidas, inocentes de ser lo que son y no alguien más, otros se hacen tontos para no escuchar sus cadenas tan pesadas y atadas hasta el suelo. Encontrar lo que se ha perdido no es fácil, mucho se ha quedado en el olvido y no hay disco duro que lo haya guardado. No nos hemos dado cuenta de que la niebla en el camino es solo humo de un cerillo que necesita ser apagado. No hay lucha que sea en vano, aunque los medios nos repitan todos los días lo contrario. De humano a humano te tengo un consejo: olvídate de los detalles que te detienen pero que en realidad no son tan importantes. Deja de hacerte el interesante y busca que tu vida sea en serio una que llame la atención por lo mucho que tenga que ofrecer. Busca amar y no poseer, para poder entregar todo lo que eres y no lo que te queda después de repartirlo a todo mundo. No puedes pagar el precio de quedarte en tu zona de confort, es muy caro: va a matarte. El sentido común se ha convertido en una “normalidad” que confunde más a las personas, mientras que el verdadero que ha dejado de ser común, pero tu tarea es recuperarlo. No confundas el amor propio con egoísmo. Si no te posees a ti mismo, no puedes entregarte plenamente a los demás. Date cuenta de lo que casi ninguno de nosotros se percata: que  los seres humanos somos una especie en peligro de extinción. Y, por último, deja de seguir a los demás y crea tu propio camino, porque un día de estos, cuando te sientas agotado, vas a preguntarte preocupado si hay vida después de la muerte, pues te darás cuenta que lo que te ha faltado ha sido tiempo.

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