¿Y si nos vamos respetando?

Por Gabriela Macías 

Vivimos en una sociedad en la cual la diversidad es un valor muy importante. Convivimos con personas que tienen una postura política más firme que los cimientos de un edificio, o una orientación sexual distinta a la nuestra. Gente que procede de latitudes diferentes, con creencias religiosas arraigadas desde pequeños. Esto es parte de nuestra sociedad, la convivencia con personas diferentes a nosotros mismos es el pan de cada día. Parecería que la paz y armonía reinan en estos ambientes, el respeto se ha vuelto en una ley universal. Pero en las últimas décadas, lo que llamamos «respeto», ha ido tomando diferentes matices.

Cuando una plática de pasillo o conversación entre amigos comienza a ser más profunda y se tocan temas íntimos, se dicen frases como: «no estoy de acuerdo con lo que piensas, pero te respeto». Por supuesto, tomar esta postura es parte de nuestra ley social del respeto a todos. Pero, ¿qué queremos decir realmente con esta frase? ¿Su significado es genuino o simplemente es un escudo para no caer en un debate improvisado?

Si queremos saber el significado de una palabra, recurrimos a las páginas de un diccionario. De seguro es algo que hemos hecho un millón de veces a lo largo de nuestra vida. Desde pequeños así fuimos educados, la teoría es algo muy importante que nos permite poner en práctica lo que aprendemos. Pero pensando en el significado de “respeto”, no sé si el diccionario tenga una definición actualizada a lo que vivimos como sociedad hoy en día.

A lo que voy con esto es que queremos y pedimos respeto a los demás, pero no sabemos lo que significa y conlleva ponerlo en práctica. Queremos «respeto» para que nadie nos acuse a la hora de externar una postura. Queremos «respeto» para poder practicar nuestras creencias sin ser juzgados. Queremos «respeto» para hacer o decir lo que queramos sin que la sociedad nos clasifique con un estereotipo concreto. Pero, ¿qué pasa cuando los demás que conviven con nosotros quieren ese mismo respeto para sus cosas? Se realiza un choque de respetos y la pregunta principal sería: ¿qué respeto se debe respetar?

Vaya la redundancia, pero es una realidad, sucede así. Esto no quiere decir que, si uno tiene la razón, el otro debe quedarse con los brazos cruzados y someterse al respeto que el otro exige. Más bien la cuestión sería encontrar un punto medio, algo que lleve a las dos personas a llegar a un acuerdo y que los dos puedan proteger. La única manera de llegar a esto es por medio del diálogo.

Pero nos enfrentamos a otra cuestión, algo que parecía nos supone mucho esfuerzo: dialogar. Dialogar es una práctica que permite a dos personas sentarse cara a cara a intercambiar conocimiento y opiniones, y de esta manera, engrandecer su convivencia y conocimiento mutuo. Hoy en día, parecería que eso quedó en el pasado. Me atrevería a decir que tenemos miedo de pisar terrenos desconocidos. No estamos acostumbrados a salir de nuestro esquema habitual, de nuestra burbuja social en la que hemos crecido cuando se trata de entablar un diálogo con personas que piensan diferente a nosotros.

Ese « miedo» que sentimos en nuestro interior, ese afán por querer siempre tener los argumentos que convenzan a todos nos impide realmente poder llegar a ser personas que respeten a los demás. Abrir los oídos y prestar atención a lo que el otro tiene que decirnos no nos quita nada. Sobre todo, abrir el corazón, para intentar comprender la raíz que lleva a cada persona a ser como es. Nos llevaremos una gran sorpresa al descubrir que tenemos muchas cosas en común, simplemente cada uno las externa de diferente manera. Inclusión, alegría, serenidad interior, autorrealización. Son aspiraciones que todos queremos alcanzar en esta vida, pero que muchas veces se nublan por el modo en que cada persona quiere alcanzarlos. Escuchar, dialogar y comprender, tres acciones que nos pueden ayudar a vernos más allá de la imagen exterior que la sociedad nos ha impuesto de unos y otros.

He notado que cuando una persona externa su postura, creencia, sentir o pensar sobre un tema concreto, parecería que los demás ven luz verde para comenzar a contraatacar lo que acaba de decir. Ese «respeto» que la sociedad tanto nos ha inculcado, se desmorona y parecería que ya nada tiene pies ni cabeza. Parece una jungla, todos contra todos. ¿Qué pasó con ese respeto social? ¿Por qué hay esa cerrazón de mente por parte de todos?

No quiero que esto sea una nota sermonera, más bien una que nos haga pensar qué nos falta como sociedad, sobre todo como individuos, para que realmente haya empatía entre unos y otros. Para que podamos entablar un diálogo que no acabe en discusión con las personas que no tienen una mentalidad como la nuestra. Empatía: esa es la clave. Realmente ponernos en los zapatos de los otros, pero no para entenderlos simplemente, sino para querer ir al fondo de sus intenciones y  prestar atención verdadera a sus ideas y sentimientos.

Tal vez hemos perdido la noción y definición inicial de lo que significaba «respetar a los demás». Pero lo que sabemos es que, si queremos vivir en una sociedad en la que reinen la comprensión y la escucha activa, lo que podemos hacer es encontrar esos puntos medios con los demás. Desenmascarar nuestros prejuicios y saber escuchar, mirar al interior de cada persona y tratarnos como las personas civilizadas que somos.

Creo firmemente que esta sociedad la construimos entre todos, y si no estamos dispuestos a escucharnos, a querer entender lo que lleva el otro en su interior, estamos cavando nuestra propia fosa. Así que ya sabes, cuando estés en una plática con amigos y cada uno quiera hablar de su propia postura de la vida, escúchalo, comenta tu opinión, lleguen a puntos de interés que todos tengan, verás cómo el respeto puede llegar más allá que solo «quedarte de tu lado de la raya».

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