La masculinidad obscurecida

Por Rocío Lozano Solana

¿Qué le sucede a una sociedad sin la presencia de un padre? ¿Cómo se ve afectada la conducta de una comunidad en la que se ha subestimado el valor del varón? Plantear que existe una crisis de los varones es algo fuera de lo común y no muy bien visto en la actualidad y, por primera vez en la historia de la humanidad, el hombre está cediendo el protagonismo a las mujeres. No quiero decir que esto sea malo, sino solo que trae, como en los tiempos pasados con el varón al frente, sus consecuencias. Actualmente, cualquier indicio de masculinidad se calla y se suprime como intolerable. Pero ¿es la masculinidad mala?; ¿son los atisbos de masculinidad, señales de machismo? Los hombres, como lo fueron las mujeres durante muchísimos años, son “una clase incomprendida” que sufre una amenaza su identidad más íntima y una desaprobación de la sociedad que provoca desde una negación sexual y rechazo a su propia masculinidad, hasta una exaltación deforme de la feminidad.

Lo que voy a platicarles a continuación lo aprendí de un libro de María Calvo [1] que trata específicamente de cómo la masculinidad se ha visto desaparecer poco a poco detrás del protagonismo femenino. Como mujer, reconozco que hemos sido una clase en desventaja por muchos años, así como hemos sido parte de una sociedad en donde no nos ven como lo que en verdad somos; pero se trata de crear una causa que valore y respete a todos como lo que son, no de perder el rumbo. Hoy, aunque sea a disgusto de muchos y muchas, me propongo defender a aquellos hombres que sin saberlo, se han olvidado de cómo serlo:  aquellos a quienes el feminismo tiene aturdidos, confundidos, cansados e irreconocibles; a los que se han feminizado por miedo a mostrar su masculinidad, esa que hoy se considera fuera de lugar. Es importante entender, que una crisis del varón, así como una de la mujer, trae una crisis a la sociedad entera. No nos hemos dado cuenta de que mientras seguimos luchando —y notablemente— por conseguir igualdad entre ambos sexos, estamos al mismo tiempo acabando con las diferencias entre ellos. 

La función e imagen del varón ha sido devaluada por la sociedad durante los últimos años, y nos hemos encargado de generalizar a todos aquellos que cuentan con esta información genética. Desde la revolución del 68, el sexo femenino quedó plasmado como el “sexo justo” y el masculino como el “opresor”; lo vemos como el enemigo a batir. Reina un ambiente que busca ante todo transformar al varón en algo contrario a su esencia propia, convirtiéndolos en un nuevo “sexo débil”. Es triste creer que estas revoluciones y luchas por igualdad, nos lleven a buscar una aparente venganza en contra de los hombres, reprimiéndolos y obligándolos a cambiar. Vivimos aturdidas porque confundimos la exigencia de respeto, con autoritarismo; un acto de caballerosidad, con ser consideradas incompetentes; una expresión de virilidad, con machismo. Pero ¿entonces cuál es esta crisis de la que estamos hablando? Buscar la equidad es el camino, pero debemos cuidar de no confundirnos buscando igualdad en todos los aspectos de nuestra vida. Los hombres y las mujeres funcionamos de formas muy distintas en cuanto a nuestra psicología y anatomía. No podemos vivir en una sociedad en donde olvidemos que existen diferencias entre nosotros; diferencias valiosas y de las que debemos sentirnos orgullosos. Luchemos por igualdad en derechos, en oportunidades y ante la ley; pero no esperemos ser tratadas como hombres y tampoco que a los hombres se les trate como si fueran mujeres. Hay una diferencia de naturaleza entre nosotros, una naturaleza perfectamente creada y ordenada que no podemos venir a destruir.

No se trata de hacer menos a unos, y más a otros, sino de poder formar una sociedad que trabaje para el bien de todos y no solo para el de aquellos que han sido oprimidos. Tenemos, como mujeres, el derecho a ser escuchadas, y ya nos hemos cansado de ser vistas como secundarias. Pero somos, junto con los hombres, parte de una misma sociedad que debería de sentirse orgullosa de ser lo que es: de ser madres y de ser padres; bailarinas e ingenieros; abogadas y chefs. ¿No se han cansado ya de esconder aquello que por naturaleza nos pertenece y que nos hace únicos y diferentes?¿Por qué luchar para ser iguales, cuando somos complementos? La crisis del varón es una crisis de la humanidad, que pone en duda las características más fundamentales de este. Dejemos de aniquilar nuestras diferencias y comencemos a “humanizar” al mundo, reconociéndonos hombres y mujeres igualmente dignos, diferentes y complementarios. 

Referencias

  1. Calvo Cachorro, María. La masculinidad robada. España: Editorial Almuzara, 2011.

2 comentarios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s