Nosotros, los nuevos nobles

Por Javier Hernández

“Soy el primero en mi familia que estudia en la Universidad”. Es una frase llena de orgullo, que se encuentra respaldada por una ética de trabajo de generaciones que, sin tener los medios materiales para proveer una educación ininterrumpida en los niveles básico o medio, por fin rinde frutos y florece en esta oportunidad que finalmente el vástago tiene la ilusión de cumplir. Ahora puede  enorgullecer a aquellos que no tuvieron esta misma oportunidad y que han tenido que sacrificar lo que pudieron considerar como lujos e inclusive lo necesario con tal de proveer  el estudio universitario de las nuevas generaciones.

Por desgracia, es altamente probable que esta ilusión se tope frente a una realidad desesperanzadora para aquellos que se encuentran en la etapa universitaria. Hace cinco años, de los tres millones de jóvenes que contaban con título universitario, más del cuarenta por ciento se encontraba desempleado o en la economía informal. Esto, sin tener en cuenta que solo cinco de cada diez jóvenes que cursaban la universidad contaban con título.

Ante este panorama laboral tan desolador, se plantea el posgrado como una forma de agregar valor a la preparación académica y contar con mayor cantidad de herramientas que permitan al recién egresado  obtener un empleo por encima de la competencia.

Lo anterior se antoja complicado, teniendo en cuenta que cursar la universidad resulta cada vez más costoso y, tal y como se planteo en un principio, no asegura la obtención de un empleo, esto sin mencionar que el salario obtenido por los recién egresados no permite un retorno de inversión tan fácil de recuperar. Agregar un posgrado y su costo sin la seguridad de obtener un remunerante. ¿Acaso ha perdido valor el título universitario? ¿Qué es entonces lo que sostiene la ilusión de tener estudios universitarios? 

Vale la pena remontarnos a hace treinta años, ya que en 1988 había un millón de estudiantes universitarios

Frente a un menor número de empleos en los que se requerían estudios universitarios y una menor cantidad de gente con dicha preparación, la oferta laboral poseía condiciones particulares que permitieron que aquellos que tuvieran esta preparación formaran parte de una clase media robusta que crecía con el número de empleados con educación superior.

Con base en esta realidad en la que se obtiene cierta estabilidad económica para aquellos que cursan estudios superiores, el título universitario se equipara a la adquisición de un estatus socioeconómico, como en otros tiempos era la adquisición de un título nobiliario. No hay que buscar mucho en nuestros acervos culturales para darnos cuenta que  hasta hace poco tiempo se hacía referencia ante el título de “licenciado”y ahora, la reverencia se desplaza ante el título de “maestro” o “doctor”.

Ahora, esta realidad nobiliaria no se mantiene al implementarse políticas educativas que propugnan un mayor acceso a la educación en todos sus niveles. Esto resultó en un incremento exponencial de la población universitaria; en un lapso de treinta años se triplica la cantidad de estudiantes universitarios y, aun cuando se debe reconocer el impacto positivo que tiene el acceso a  la educación superior  de  mayor número de personas, deberá sopesarse frente a la cantidad de empleos creados para esta población con una mayor preparación y que exigen un salario acorde a la preparación adquirida.

Debido a lo anterior, lo que inicialmente empezaba como una búsqueda por  la adquisición de un mejor estatus socioeconómico que era obtenido como recompensa de la culminación de los estudios universitarios, ahora tiene como consecuencia descubrir que ese resultado corresponde a una realidad anacrónica. La búsqueda termina con la comprensión de que lo que se buscaba no era el estudio universitario en sí. A mediados del siglo pasado, el cuello de botella se movió de los estudios medios a los superiores, por lo que cada vez había mayor cantidad de demanda de trabajos que implicarán conocimientos universitarios. Ese cuello de botella sigue moviéndose generando la presión de obtener posgrados si se quiere ser competitivo. Todo esto, suponiendo que esa es la finalidad de los estudios pero, ¿es la función de la universidad la de generarle empleo a sus estudiantes? 

Basta recordar que las primeras universidades del mundo siempre tuvieron como objetos de estudio las ciencias menos prácticas. No tenían como finalidad la obtención de lucro para los que entraban en sus aulas, lo cual reservaremos para líneas posteriores.

Ahora, no es la intención del autor ofrecer como solución dejar de estudiar. A pesar de los datos ya mencionados, un licenciado pasó de ganar, en promedio, un 88% más que un bachiller en 2008,  72% más en 2018.  Estudiar una licenciatura reduce en 50% el riesgo de estar empleado en el sector informal, respecto al bachillerato.

Por el contrario, la solución siempre va a ser prepararse más y mejor. Simplemente es la intención de este escrito arrojar luz sobre un método de preparación al que se le ha restado importancia y se le llega a ver con desdén encontrado en las carreras técnicas.

Se hace énfasis en lo anterior debido a que es común encontrar opiniones negativas hacia aquellos que prefieren adquirir una preparación distinta a la universitaria, no se obtiene ese título que implica esa escalera hacia un mejor estatus socioeconómico, se está eligiendo una de estas profesiones significa no tener estabilidad profesional o cualquier reproche que pudiera ser aplicable hace treinta años.

Otra realidad se vive en países como Estados Unidos o Inglaterra, donde hay trabajos en los que, a pesar de no haber un título universitario de por medio, superan por mucho la expectativa salarial de nuestro país. Incluso, vale la pena mencionar que, en México, existen carreras técnicas que pagan más que algunas licenciaturas.

Ahora, todo esto se ha mencionado solamente enfocándonos en el aspecto económico de los estudios superiores. Es tiempo de volver en el tiempo a las primeras universidades y su razón de ser.

Desde aquellos modelos prototípicos, existía un consenso en que se tenía que estudiar el trívium: la retórica, la dialéctica y la gramática; y el quadrivium: las matemáticas, la aritmética, la geometría y la música. Todas estas materias, mas que relacionarse con una aplicación práctica que pueda resolver problemas de manera inmediata, se relacionan más con el cultivo del espíritu de quien las estudia, en el conocimiento de la verdad y la belleza.

Es hasta finales del siglo XV que la universidad empieza a tener un rol de certificación ante los monarcas y, derivado de esta relación, la universidad se torna a generar profesionistas con certificaciones que podían hacer valer frente a los reinos y que permaneció hasta finales del siglo pasado.

Dicha realidad parecía permanecer incólume hasta que el conocimiento se democratizó con la llegada del internet, pues frente a las universidades tenemos cada vez una mayor cantidad de entidades que certifican conocimiento más específicos y atractivos para las empresas, como lo son Coursera, Khan Institute o Lambda School.

Con estas certificaciones mucho más accesibles por su costo y flexibilidad, así como con un enfoque que permite a las empresas demandar los conocimientos que requieren las nuevas generaciones de sus contratados, dictando la pauta económica y laboral, ¿dónde quedan las costosas y obsoletas universidades?

Así que, la próxima vez que se enfrenten al “¿y vas a vivir de eso?” de parte de la tía incómoda, vale la pena arruinar la comida familiar recordándole que el estudio de una carrera tradicional no asegura un empleo y que la mitad de los estudiantes universitarios no se dedican a lo que estudiaron.

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