¡Adiós, CDMX!

Por Juan Carlos Puebla

Hace unas semanas hice lo que millones se plantean cada día, pero pocos pueden realizar. Dejé la CDMX. Mi decisión, como la megalópolis, fue causada por una serie de acontecimientos espontáneos e imprevisibles. Creo que la única forma de salir de allí es así, de improvisto. Por tercera vez en mi vida abandoné el lugar que me vio nacer, pero por primera vez soy consciente de que probablemente no regresaré. Mi primera etapa en la capital fue en la niñez y de ella puedo decir que mis recuerdos son nulos. La segunda etapa la viví en la adolescencia, mi paso por preparatoria en la Gran Ciudad fue breve y se limitó a conocer el lugar menos representativo y funcional de Chilangópolis, Santa Fe. En cambio, mi tercera estancia me ha marcado y por ello, me veo en la obligación de redactarle este texto de agradecimiento a la Ciudad de México que me enseñó tanto sobre nuestra cultura e identidad. Sé que siempre, como todo mexicano, seré bien recibido por el valle de México.

Intentar definir la CDMX es casi imposible. ¿Cuál es su principal característica? Su indefinición. Sus habitantes no pueden marcar con precisión sus limites territoriales. Es confuso. En la práctica no se entiende en donde termina la Ciudad y en donde empieza el Estado. A pesar de ello, en la cotidianidad, todo funciona como un único cuerpo orgánico. Tampoco conocemos con exactitud su población. Sabemos que “anda entre los 20 a 22 millones de habitantes”, el margen de equivocación es de 2 millones de personas, el doble de las que viven en ciudades como Culiacán o Hermosillo. Lo más interesante es que ni siquiera nos percatamos de cuántos pertenecen a qué lugar. Sólo sabemos que: en Ecatepec, Gustavo Madero, Iztapalapa, Ciudad Neza, etc., hay un chingo de gentes [sic]. La afirmación que mejor expresa la esencia y la indefinición de esta ciudad, la hizo el gran cronista e intelectual chilango, Carlos Monsiváis: “la ciudad de México es ante todo la demasiada gente”. Todo mexicano está de acuerdo con ella. Hablar de la CDMX en provincia –término despectivo sin malicia que hace referencia a todo aquello que está fuera de la zona conurbada– es sinónimo de multitudes inmersas en el caos.

Cuando el gobierno de Miguel Ángel Mancera promovió la desaparición del Distrito Federal y la aparición de la nueva Ciudad de México, se enfrentó a un gran problema mercadológico, ¿qué imagen le daremos?, ¿qué logotipo utilizaremos?, ¿cómo la promocionaremos para fines turísticos? La conclusión fue que la CDMX se caracteriza por “la demasiada gente” y en concreto por la diversidad que hay en ella. Por eso, puedo decir que lo que la define es su indefinición, no hay homogeneidad, ni en sus habitantes, ni en sus colonias, ni en sus formas de vida. El ejemplo más claro es el famoso acento chilango, imitarlo presupone una inmensidad de opciones: “¿cuál quieres que haga, el de chilango fresa o el que termina con una entonación marcada hacia abajo o hacia arriba?”. Vivir ahí te expone a un proceso de adaptación riesgoso, somos propensos a mezclar la gran variedad de tonalidades con las que convivimos en la ciudad. Expresiones del chilango fresa o callejeras se nos pueden pegar, pero también de nuestros amigos provenientes de otros estados del país. Me voy de la ciudad con frases chilangas, hidrocálidas, regiomontanas, jaliscienses y preservando las sonorenses. 

A pesar de su diversidad, la Ciudad de México mantiene una unidad majestuosa. Ha sido y será el centro político, religioso y económico de nuestro país. El zócalo es único y unificador, es la representación de toda la historia de nuestra nación. Desde ahí gobernaron los tlatoanis a los mexicas, los virreyes a los peninsulares y los presidentes a los mexicanos. Era el centro de los ritos religiosos mexicas, las ruinas del Templo Mayor lo demuestran, y desde hace siglos es la sede del Obispo. Pero el zócalo no sólo es unificador por lo que representa históricamente, también lo es porque ahí nos aglutinamos para todo tipo de actividades: conciertos, manifestaciones, plantones, el grito, entre otras. Amamos el zócalo, pero le tememos. Su inmensidad logra reunir a más de 100 mil personas. Ser testigo de ello te demuestra que en la CDMX todo debe estar apretado. Todo está hecho para el estrujamiento.

Creo que nunca volveré a hacer tantas filas como las que hice en chilangolandia. Todo trámite o actividad administrativa requiere de una gran espera. La espera es el estado cotidiano de la ciudad. Nos resignamos a perder mañanas o tardes enteras para resolver cualquier asunto administrativo o en acciones tan sencillas como ir al supermercado. La espera está presente en todo momento. El tiempo libre que se tiene en la CDMX es el tiempo de espera. Nuestro descanso se da a la expectativa de otra actividad. El tiempo libre es de menor calidad porque es un intermedio entre las actividades cotidianas. Bajo estas circunstancias, en la capital aprendes a adaptarte. Mis mayores ratos de lectura eran en las filas de espera o en el metro. Sólo basta observar a quienes te acompañan en un trayecto largo por el transporte público, gran parte de ellos están viendo series, probablemente es el único momento del día que tienen para verlas. México es el país que más consume Netflix en lugares públicos y creo que se lo debemos a la capital.

Tanto es el tiempo que pasamos esperando en los automóviles que hemos hecho de ellos un segundo hogar. Amigos míos que recorrían extensos trayectos diarios en un largo tiempo adaptaron sus vehículos para poder aprovechar ese tiempo de espera. El carro es un armario, vestidor, comedor, espacio de conciertos y hasta de lectura –para el embotellamiento que no avanza en el periférico–. Es común que no tengas ni tiempo para comer y debas hacerlo de camino al trabajo. En la capital no se puede ni comer cómodamente si tienes un día apretado o si entras a la etapa más caótica y fructífera de la vida: la de estudiante y profesionista. Preparamos la comida del día siguiente desde la cena porque saldremos muy temprano y regresaremos tarde a casa, pero si el cansancio o nuestras escasas habilidades de cocina no lo permiten confiamos en el ingenio de las calles capitalinas. 

Gorditas, tortas, sopes, quesadillas sin queso de flor de calabaza y un sinfín de puestos o vendedores ambulantes que se adaptan al ritmo apresurado de la ciudad, nos esperan. De camino al metro, para llegar al trabajo, me debo echar mis gorditas porque si no, no como. Inclusive, los que se transportan en automóvil, si no prepararon su comida, se plantean llegar un poco antes a la oficina o a la universidad para ir al exquisito puesto de algún Don o Doña que mantiene vivo el espíritu ruidoso y de apretujamiento único en la megalópolis. 

El tráfico es la muestra de que en la CDMX se vive esperando y se espera vivir. El objetivo siempre es claro, llegar a casa, pero el trayecto representa una verdadera odisea. El tránsito pesado –como lo anuncian las radiodifusoras– es la analogía perfecta de lo que un joven estudiante o profesionista proveniente de otra ciudad busca en la capital. Sabemos que es caótico, pero es el mejor lugar para formarnos profesionalmente. El centralismo es innato a nuestro país y de ello somos conscientes. ¿A qué vamos a la Ciudad? A sufrir para aprender de los mejores. Hay una verdad universalmente aceptada por todos los mexicanos: “si triunfas en la capital ya la hiciste en cualquier lugar”. El espíritu juvenil es adaptable a cualquier circunstancia para perseguir metas altas, sabemos que en el D.F. no se vive tan bien, pero es el mejor lugar, por su inmensidad, para llenar nuestra inmadura ambición profesional. Por eso aceptamos vivir con una menor calidad de vida y vivimos esperando oportunidades que nos hagan crecer.

La capital no sólo forma profesionalmente, también forma humanamente. No creo que lo haga de la mejor forma, pues te enseña a la mala. Existe mucha coerción en sus lecciones. En el Metrobús me carterearon con tanta habilidad que me di cuenta un día después. De ahí aprendí que no basta ser cuidadoso, estamos obligados a ser desconfiados. Viéndolo de forma positiva adquieres audacia que terminas ejerciendo en cualquier lugar público: calle, parques, camión, etc. No adquirí osadía a pesar de los ladrones y petardistas; como dicen, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. No sólo me robaron la cartera, también la bicicleta, y hasta dos conductores de Uber me timaron.  Creo que tardé de más en perder un poco de mi ingenuidad. Fue la cercanía a la muerte lo que finalmente redujo mi idiocia. 

Las clases de 7:00 am son un infierno en cualquier lugar, pero en la CDMX significan caos. Es la hora en que comienzan la ansiedad y el estrés capitalinos. En medio del alboroto tomé la bicicleta dormitando para llegar a mi examen en la Universidad Panamericana, que se encuentra en la histórica colonia de Mixcoac, cuna del ilustre Octavio Paz. Mi travesía inició en Avenida Universidad (mi trayecto diario consistía en cruzar la insigne Colonia Florida). Entre Barranca del Muerto y Minerva me pasé un semáforo sin darme cuenta, un automóvil me arrolló. El conductor trató de huir, un buen ciudadano lo detuvo. Medio inconsciente vi a 15 espectadores esperando mi reacción, la tragedia se quedó en espectáculo, salí ileso de forma inesperada. Quienes vieron el accidente confesaron que fue demasiado aparatoso y estaban sorprendidos, “¿cómo el joven está ileso?”, escuché entre el vulgo. Era mi culpa y el conductor lo sabía, obligado por el tumulto decidió acercarse a mí. Eran muchos mis dolores. Aunque no existió fractura, sí tuve raspones y grandes moretones, gracias a la adrenalina no sentía nada. El automovilista se acercó y entabló diálogo, me comunicó que tenía prisa –ahí comprobé que lo masivo deshumaniza– por llegar a su trabajo, sólo me podía dejar su teléfono, “si tienes algún problema comunícate conmigo”, expresó con un gesto que intentó ser amable. Lo curioso es que también me pidió mi teléfono. Un buen amigo me llevó al hospital para confirmar que estaba ileso. Sólo pasaron 4 horas para que el conductor me llamara por teléfono. Pensé que quería saber mi estado de salud, tuve que estar en cama por los dolores. Lo que quería el señor era un depósito de $3000 pues le abollé el cofre. “No llames al seguro, aquí nos arreglamos entre nosotros”, me dijo, porque “el conductor siempre tiene la culpa”. No sé a qué hora pudo llevar a cotizar los daños de su carro a un mecánico, creí que tenía mucha prisa por trabajar. ¡Ja!, otra lección más de la gran urbe, cada uno a lo suyo para vivir o sobrevivir. Entre la masa, el individualismo predomina; menos en las grandes catástrofes como los temblores, ahí sí que se experimenta la verdadera solidaridad. 

Hay tanto que decir de mis vivencias en la CDMX. En este texto, querido lector, sólo expresé algunas experiencias que me marcaron e intenté darte a conocer mi visión sobre la gran urbe. Lo que es cierto es que, en cualquier momento, por el hecho de ser mexicano, puedes terminar ahí. La Ciudad de México te transforma. Su indefinición causa que sea de todos los mexicanos. Son admirables: su vida pública y política, las marchas son muestra del interés por la sociedad; su vida cultural, aun cuando no exista el tiempo suficiente para ahondar en ella; su vida social y su vida en general. Es una ciudad milagrosa porque en medio del caos todo es como se espera que sea. Yo sólo soy un joven humilde de Hermosillo que fui a aprender. No espero volver, pero sé que siempre existe la posibilidad de hacerlo. ¡Adiós, CDMX! ¡Gracias por tanto! 

 

4 comentarios

  1. ¡Buenísimo! Muy vivo (y más aún después de ser arrollado…), muy buen vocabulario (se nota que tuviste mucho tiempo para leer en el metro), muy divertido (porque en la Gran Ciudad las anécdotas sobran), muy honesto (y eso que aprendiste a ser desconfiado) y muy muy tú: cada vez con mejor pluma (y teclado).

    ¡Felicidades Juan Carlos!

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s