Puf, paf, se acabó.

Por Jorge Léautaud

Pongamos que estás de espectador en una obra, atendiendo no sólo a la historia, sino también a los gestos de los actores y su forma de manejarse por el escenario. Es en realidad asombroso. Te preguntas si tú serías capaz de hacerlo, actuar como lo hacen aquellos de enfrente, desnudar tus emociones ante un público desconocido, enfrentarte a la humanidad. Seguirías vagando en estas largas cavilaciones si no fuera porque la obra parece haber llegado a su fin. Lo curioso es que no hay ningún indicio que lo corrobore. Sí, como has escuchado: el teatro no se llena de aplausos, mucho menos silbidos, y todo tipo de ovaciones son dejadas a un lado. Te cuestionas por supuesto la incomodidad que han de estar experimentando los actores, al final del día se dejan el alma en el escenario y lo menos que pueden esperar son congratulaciones por su trabajo, un simple Bien hecho expresado en gestos y ademanes. Ni siquiera tienen que ser los utilizados comúnmente; los romanos chasqueaban sus dedos o azotaban las puntas de sus togas, nada más clásico que eso. Al final del día es asunto de echar a andar la imaginación. Sin embargo, tú no traes toga y no estás seguro de poder chasquear tus dedos tan fuerte, pero como estás tan convencido de desafiar al público indiferente o temeroso de mostrar gratitud, te decides por el aplauso corriente. Aunque no puedes tardar mucho, en unos segundos, lo estás pensando, planeas levantarte de tu lugar y aplaudir y gritar mientras fijas la vista en los demás con decepción. Cuentas los segundos lentamente siempre hacerlo lentamente cuando se trata de semejantes interpelaciones, escoges uno al azar para actuar, y entonces, cuando estás a un pelo de levantar tu cuerpo del asiento, de llamar la atención de todos los asistentes del teatro, algo te hace cambiar de opinión: no te paras, no haces nada, no retas a la masa. 

Sí, es del tipo de extrañezas que no corresponden a normalidad alguna; los actores tampoco se han movido, y no es que lleven expresiones de disgusto en las caras, simplemente se mantienen estáticos tras el final de la última escena. Piensas que ha sido un lapsus calami, una equivocación en el guión o en la logística de la obra, un giro experimental, pero el director interviene rápidamente y se dirige a la audiencia: les agradece por haber asistido y espera que el show haya sido de su agrado, y… , y ya, sólo eso. Voltea a ver a sus compañeros en escena y les hace una señal. Después se largan todos del lugar. Qué raro, piensas, ¡jamás se ha visto algo parecido! ¿Lo habrán hecho a propósito? Al principio te habías compadecido de los actores, pero esto representa una ofensa para el público. ¡Estás indignadísimo! Primera vez que sales de casa en la nueva normalidad y en específico escoges una obra de teatro para apoyar; pudiste haber ido al cine o a un concierto, pero no, escogiste el teatro, ¡¿y así es cómo te lo agradecen?! Intentas esconder tu cara de asombro cuando notas que ninguna persona a tu alrededor demuestra indignación o sorpresa. A la gente no parece extrañarle en absoluto lo que acaba de pasar. Es casi como si ya estuviera arreglado entre ellos, una clase de pacto secreto, un duelo entre intérpretes y público, donde quien haga la ofensa más rápida, la despedida más indiferente, gana. 

Te estarás volviendo loco, piensas, y es que no concibes un final tan vago, tan alejado de los ritos ceremoniosos que implican el final de todo evento. Seguramente te estabas esperando lo normal, lo de siempre: que se cierre el telón y la gente aplauda y luego se vuelva a abrir y salgan los actores despojados de sus personajes y hagan sus reverencias y se vuelva a cerrar el telón pero la gente aplauda más fuerte esta vez e incluso algunos asistentes se paren y se vuelva a abrir el telón y así el proceso una y otra vez hasta que todo mundo se vaya a casa. Pero nada, los actores han dicho Adiós como si se tratara de una despedida entre dos desconocidos, un choque casual en la calle, el reconocimiento indiferente del uno en el otro al momento del choque, y luego, una inminente pero corta separación, un cruce de miradas furtivas, hasta incómodas, pero aliviadas, pues dentro de ellas se sabe que no volverán a verse, que al momento de apartar la vista se acabó todo, que ese momento no tiene relevancia para el futuro y, como carece de sentido, puf, no significa nada, paf, se va, no hay más, se acabó.

No es momento de lamentarse, este tipo de experiencias le pueden pasar a cualquiera. Es común que de vez en cuando nos sintamos totalmente alienados por nuestro alrededor; tal vez y es el efecto poscuarentena. Aún así, consideras verosímil la idea de estar volviéndote loco, y te lo confirman ciertas amistades a las que llamas regresando a casa. ¿De qué hablas? te dicen unos. Habrás perdido la cabeza, dicen otros. Etcétera. Acuerdas reunirte con ellos por videollamada después de terminar tu artículo. Has pensado en un título llamativo, muy apropiado para con lo vivido: “¿Se habrán perdido los modales escénicos?” ¡Es genial! Será una crítica hacia ambas partes, intérpretes y audiencia, donde al final te cuestionarás si este fenómeno anti-despedidas se puede extrapolar a otras disciplinas fuera del teatro. También quieres incluir algo del contenido de la obra, pues es un poco el chiste, pero no sabes cómo y sientes que estás perdiendo objetividad hablando de diferentes cosas y a fuerza juntándolas. Deshechas el título y lo dejas para después. Te conectas a la videollamada, ahí están tus amigos, algunos familiares, un primo que se acaba de graduar y le están haciendo la cena de festejo. Observándolos, piensas que tal vez y a la gente le vaya a dar miedo salir de casa al final de todo esto. En fin, celebran, comparten anécdotas y uno que otro chiste, se mantienen al tanto, y pasadas algunas horas acuerdan en dar por terminada la reunión. Un adiós acelerado, click al botoncito rojo y un silencio deforme que intensifica los tiempos extraños que vivimos.

Paras un momento. Dialogando contigo mismo, puesto que con la pantalla en negro eres el único al que le puedes hablar, reflexionas: ha sido como ese encuentro entre desconocidos que has imaginado en el teatro. Te lamentas del futuro de las despedidas entre amigos, pues prevés lo peor: nada de postergar la despedida por horas en la puerta de la casa, nada de ceremonias simbólicas para cerrar ciclos, nada de ovaciones a aquel que ha logrado algo significativo. La obra, la graduación de tu primo y la videollamada han tenido el mismo final escurridizo, y probablemente todos las cosas, con el nuevo mundo que se cierne sobre nosotros, vayan a contagiarse del mismo mal; vete tú a saber si podremos deshacernos de esta sistemática costumbre recién adquirida, que implica cerrar las cosas de un zarpazo, con tal de mantener una lejanía “saludable”. Entonces, ¿qué nos espera? De golpe, te viene el título perfecto para ese artículo con el que has estado batallando y que retrata a la perfección esta inminente crisis: “Puf, paf, se acabó”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s