Los dóciles, humildes y mansos

Por Javier Hernández

Usar como adjetivo “dócil”, “manso” o “humilde” difícilmente genera una opinión positiva: son palabras cargadas de una connotación que generalmente provocan lástima hacia la persona a quien se describe con ellas; invitan a las personas a mirar por encima del hombro a quien ha sido merecedor de ser etiquetado de esa manera. En cambio, si lo que se quiere es ensalzar la actitud de una persona, uno buscará evitar estas palabras, no porque sean malas, sino porque no queremos malentendidos. A nadie le gustaría que lo vieran con condescendencia.

Dentro de las bienaventuranzas contenidas en el Evangelio de San Mateo, que son un catálogo de situaciones desafortunadas  y de virtudes pasivas en las que, a aquellos que soporten esos males terrenales, Jesús les promete bienes celestiales que recompensarán su esperanza y fortaleza en la vida futura, encontramos la siguiente: “Bienaventurados los mansos, pues ellos heredarán la tierra”. En ella, dependiendo de la traducción, a veces se puede encontrar “mansos” intercambiado por “humildes”.

Lo cierto es que es mucho más atractivo definir —y claro, que nos definan— con adjetivos activos: que se considere a alguien como una persona de acción antes de que se le defina como alguien que se limita a esperar a que las cosas pasen; que se le llame a alguien “dócil” o “manso” podría parecer hasta insulto. Incluso, son sus antónimos los que parecen ser las virtudes necesarias para dirigir, para ser un líder, pues ¿cuándo fue la última vez que vimos que a un líder se le tachara de “manso”?

Si nos ponemos a analizar las historias de éxito, la narrativa se encuentra llena de personas intrépidas, temerarias, que toman al toro por los cuernos y que asumen altos riesgos con tal de conseguir que un proyecto llegue a buen puerto. O más bien, la narrativa se enfoca en presentar solo esa parte.

Por su contenido, la mansedumbre, la humildad y la docilidad son normalmente consideradas como “virtudes cristianas”, lo cual no es difícil de comprender, puesto que son principalmente teólogos quienes desarrollan sobre el contenido de estas virtudes y las relacionan con los textos bíblicos. A pesar ello, haremos lo posible por describirlas de una manera sencilla y sin entrar a estos tratados axiológicos:

Lejos de identificarse con la timidez o la falta de vigor, la mansedumbre, entendida como virtud, consiste en la moderación de la ira y la venganza, especialmente cuando se es víctima de una injuria. Es aquella cordialidad en los momentos en los que, a pesar de que los sentimientos inciten a reaccionar de la peor manera, decidimos tratar amablemente a quien nos interpela, sin dejar de ser firmes. Es poner guante de terciopelo sobre el puño de hierro.

Venga, en una terminología más acorde a nuestros tiempos, hasta podríamos traducir que alguien que es manso domina los soft skills: ya tenemos nueva redacción para ponerlo en el currículum o decirlo en la próxima entrevista de trabajo.

Humildad’, remontando su etimología al latín humus, que significa tierra, hace referencia al reconocimiento de las cualidades y de las flaquezas. Hoy en día, es mucho más común referirse a estas últimas cuando se habla de la humildad, asociándola con la pobreza o con la clase baja; por esta misma asociación, la humildad se relaciona con el sentimiento de vergüenza. Difícilmente se asocia con el orgullo cuando, paradójicamente, es a la humildad la virutd a la cual podría considerársele el justo medio entre la vergüenza y la soberbia. 

Por último, podemos considerar la docilidad como aquella virtud intelectual consistente en saberse aconsejar de los que saben.

Para alejarme de esta constante de describirlas como virtudes cristianas, me valdré de una escena de la película “Thirteen Days” para ejemplificar estas tres virtudes tan despreciadas. Esta película, en la que Kevin Costner interpreta al amado presidente de los Estados Unidos de América John F. Kennedy, trata sobre los intensos trece días en los que se resolvió la fricción de la Crisis de los Misiles Cubanos durante la Guerra Fría, con ello evitando un conflicto armado que pudo haber acabado tanto con nuestro vecino del norte como con lo que fue la Unión Soviética.

En dos escenas de la película en particular [1], se ilustra a Kennedy en los llamados “cuartos de guerra”, en los que los miembros del gabinete del presidente le presentan la sombría situación que enfrentan y los posibles escenarios. Los militares, claro está, buscan inclinarlo a tomar una decisión belicosa e iniciar lo que pudo haber sido una tercera guerra mundial. Sin embargo, vale la pena resaltar la actitud que adopta el presidente en ambas situaciones. Se reúne con los altos mandos de secretarías y agencias cuyos miembros son en su mayoría ex miembros del Ejército o la Marina. A pesar de no compartir su opinión, Kennedy reconoce que necesita del consejo de aquellos que mejor pueden reaccionar a la situación (humildad).

Durante ambas reuniones, el presidente se limita a escuchar y no terminar la reunión sino hasta tener la opinión de todos los miembros del cuarto de guerra, y no se precipita a tomar una decisión sin tener todas las cartas sobre la mesa, sino que pide más datos. Sabe que la información que necesita la tienen aquellos que buscarán que se tome una decisión que internamente no desea tomar pero, a pesar de ello, no deja de escucharlos y de considerar como valioso aquello que tienen que decir (docilidad).

No se precipita a reclamar que se le está orillando a tomar una determinada elección ni busca chivos expiatorios para aparentar que no es él quien toma la decisión (mansedumbre). En ningún momento pierde el temple que esperaríamos de un jefe de estado, a pesar de que deba enfrentarse  a los líderes militares de uno del otro país más poderoso del momento.

Queda claro entonces que es precisamente en el rol del líder donde mejor se entienden estas virtudes, su efecto es de carácter exponencial, pues permean en toda la institución en la que el que las detenta es cúspide. El problema que enfrenta el líder no es no saber, sino no rodearse de la gente que sabe. El líder debe fomentar equipos en los que siempre estén aquellos que saben más y mejor que él y donde siempre haya espacios en los que se den diálogos en los que no participe activamente, sino que se dedique a escuchar.

 Terminemos poniendo el contraejemplo: ¿qué pasa cuando un líder se olvida de decir “no lo sé”?; O peor aún, ¿cuando deja de escuchar a aquellos que si saben? Se pasa a obedecer no a la razón, sino a la experiencia personal. Deja de tomar decisiones con base en la evidencia y empieza a tomarlas con base en creencias morales; se vuelven vanas las reuniones para obtener soluciones, pues solo habrá una voz que importe. No consulta, no necesita, pues toma como fuente de autoridad, no a la verdad, sino treinta millones de votos.

Referencias

  1. https://www.youtube.com/watch?v=yt8SBlx9P9I

 

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