¿La pandemia nos arrebató la vida?

Por María del Rocío Lozano

¿Qué hago yo en esta ciudad muerta? Los cuervos están listos para comerse lo que salga ya sin vida y no entenderemos sino por las cenizas. La lluvia ha hecho de las suyas y limpia los pasos de aquellos que caminaron sobre la amargura. ¡Dejen a los buenos tiempos venir!, nos dicen muchos para alegrarnos el día y llenarnos de esperanza. Pero nos arrebataste familiares y amigos, nos alejaste de las escuelas y de la sociedad entera. ¿Por qué nos robas la vida? No nos dejas tomar el aire, porque el aire está infectado; no nos dejas abrazarnos cuando nos duele el alma, porque lo abrazos contagian. Los hombres se han dado cuenta de que no necesitan de las oficinas, las madres han aprendido a usar las plataformas de internet para guiar a sus hijos con sus tareas, por lo que ya no necesitan al maestro y mucho menos a la escuela. Y muchos dicen que ibas a llegar para humanizar lo robotizado, a quitar el consumismo y a enseñarnos una lección sobre lo que debemos valorar más en la vida.

Pero, ¿no nos estamos volviendo menos humanos? Socializar es parte de nuestra naturaleza, y el simple hecho de pensar que nuestra vida se mueve a través de la nube 

nos ha confundido. Así como me siento engañada de que cambiarías al mundo, así nos engañaron otros. Nos robaste la vida que amábamos, pero que nos destruía y no nos dábamos cuenta. Nos robaste los sueños y lo planes millonarios. Nos robaste las amistades y a los nuevos amores. ¿Qué nos tienes a cambio? 

Sólo te digo que, si has venido a destruir lo que ya estaba cojo, que nos sirvas como herramienta que construye cimientos más fuertes. Se han roto las ventanas e inundado los pasillos; se gastan los sillones y se paga más por luz; se ensucian los pijamas por tanto usarse y ya no hay comida guardada. Ah, ¡pero claro! Ahora los niños añoran los parques y se aburren de los videojuegos, las madres cocinan entusiasmadas de que su comida sea degustada con calma y no con la prisa de irse a trabajar. Los padres reconocen entre ellos cosas que se habían olvidado, y los hijos valoran la presencia, que ya no sentían, de sus padres. Se han desempolvado los juegos de mesas y las cartas en el cajón; se saca la pluma y las hojas para escribir lo que sentimos y desahogarnos un poco; Netflix ya nos lo acabamos y decidimos abrir la vieja caja con DVDs; saludamos a los vecinos en señal de empatía, o simplemente nos ocultamos detrás del cubre bocas que no nos deja sonreír. Ahora la gente nos mira. Por primera vez son nuestros ojos lo importante, y no lo que tenga que decir nuestra apariencia. Ya no se chulean las sonrisas porque se han desvanecido detrás de la tela que nos protege. Ya no se ríe el niño, pues ya nadie lo hace reír. Ahora tenemos tiempo, algo que parecía haberse desvanecido. No nos hemos dado cuenta de cuántas veces hemos sido hombres y cuántas veces se nos da la oportunidad de revivir; de cambiarnos el traje viejo y de vivir una nueva vida. Somos uno entre tantos olvidados, como pájaros sobrevivientes de una ciudad que nos mira por no estar muertos. 

Nos has robado la alegría de la vida, pero nos das nuevas razones para vivir, para agradecer, para inventar, explorar y ser mejores. No nos parece que un día te vayas, así como si nada, después de haber causado un tornado entre nosotros. Pero, ¿es que no nos damos cuenta de que has venido a hacernos bien? Nos has robado lo que nos hacía daño, y nos das la oportunidad de encontrar dentro de nosotros mismos, una nueva forma de vivir; de en verdad vivir. Hay poco tiempo, pero lo hay, y por primera vez nos damos cuenta de que eso nos sobra. 

 

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