Aspiraciones de clase. Respuesta a: La democracia de la 4T

Por José Francisco Silvestre Montellano


Mi familia siempre ha sido adepta de Andrés Manuel López Obrador, mi abuelo alcanzó a verlo ganar las elecciones unos meses justo antes de morir. Mis parientes y yo nos hemos visto beneficiados por los programas sociales impulsados por él y de niño fui a más de uno de sus mítines, lo digo sin vergüenza y con el propósito de hacer notar que durante mi vida he deambulado entre diferentes clases sociales, diferentes perspectivas. Hasta hace un año no hubiera tenido el más mínimo interés en escribir algo como lo que aquí dejo, no me sentía listo teóricamente, sin embargo, la irresponsabilidad no es para siempre y pronunciarse sobre algo siempre ayuda, aunque sea un poco, porque es un paso más hacia la acción. 

La vida política de las personas no se reduce en primera instancia a la democracia, hay muchos otros ámbitos en los que se desarrolla esa interacción que se efectúa sobre el mundo político; las acciones básicas intersubjetivas como el lenguaje o el reconocimiento del otro son ejemplos de ello. A pesar de lo anterior, muchos siguen pensando en la democracia como forma última y determinante de la calidad política de un país. Quizá esas personas son las mismas que ensalzan a la democracia ateniense como ideal retrospectivo de la acción política actual, sin embargo, hay que recordar que esa participación ciudadana estaba por entero limitada a un sector privilegiado y jerárquico de los pobladores de la polis. Con ello no estoy diciendo que haya que suprimir por completo las bondades de la democracia pericleana o posterior, sino que hoy no podemos tomar como modelo ese tipo de participación, pues el pensamiento es infinitamente más rico en los individuos, la diversificación de las ramas de participación es inconmensurable y hablar de una democracia efectiva, en los tiempos en los que la cuarta transformación de México, exige un nuevo desarrollo de participación ciudadana así como una nueva comprensión de lo que el ejercicio de la democracia nos dejó. 

Por principio de cuentas hay que decir que la democracia que se demostró hace un par de años no era el ideal de democracia que los sectores acomodados y opositores quieren comprender, tampoco fue una democracia en el sentido técnico y hasta escolar del término, sino que fue un acto colectivo-electivo de un sector más que popular en México. Ese acto nos dejó a un presidente tabasqueño, sexagenario, de estatura promedio y pelo cano, y ello no es más que el fenómeno de lo que en realidad ganó las elecciones; ganó lo que aquí y en cualquier otro lugar ha de comprenderse como “aspiraciones de clase”. Lo anterior no debe comprenderse como un concepto abstracto, pues es probablemente lo más concreto que pudo hacernos notar el 2018 y su amplio pasado. Me refiero a que hay evidentemente en este país una división que de manera simple puede hacerse según la calidad alimenticia, de salud, educación y económica de los pobladores; justamente los que se encuentran en desventaja de esos tópicos son aquellos que hasta 2018 tenían fuertes aspiraciones a dejar de ser pacientes de esas desventajas, las cuales a primera vista se atribuyen en todo momento a la corrupción. No fue bajo ese discurso bajo el cual Andrés Manuel consiguió tantos adeptos y simpatizantes, fue bajo esa realidad que no se puede ignorar y que los tiempos señalaban incluso esa acción de “hacerse de la vista gorda” como un acto de corrupción. 

El populismo de Andrés Manuel ha tenido la culpa de todo, de todo lo que la disgregada oposición entiende como una tentativa de transformación del país; esos sectores de oposición no llegan a comprender que aquello a lo que se oponen no es más que un hombre de paja que se ha formado bajo las perspectivas del clasismo y de los prejuicios que otorga el privilegio de la vista de primera clase sobre el territorio mexicano. Aquí no me propongo hacer un encomio o una defensa furtiva del presidente mexicano, escribo lo que vi y lo que veo, desde otra perspectiva, digamos que desde abajo y desde el medio de la estructura social de clases. El día que no haya compadrazgos, racismo, discriminación, corrupción y clasismo, ese día podremos dejar de pensar en políticas “revanchistas”, parece imposible pensar en un orden total de las voluntades.

Hay que estar ciego para ignorar las motivaciones y preocupaciones que han mantenido a Obrador cerca de su pueblo, porque claro que el presidente piensa en el bien común, no ha habido año en el que no se haya preocupado por saciar las necesidades de lo más común que hay en México: la pobreza. Si me preguntan, en campaña logró evidenciar un enemigo de la humanidad, porque la corrupción, entendida de manera más profunda como la incoherencia entre el pensamiento y la praxis, se puede rastrear como origen de infinidad de males. Evadir el orden jerárquico y el modelo “emanacionista” (del cual jamás vimos permear las riquezas hacia abajo) dirigido a la obtención del bienestar social son por completo los ideales que Obrador ha perseguido; encontrar una nueva forma de llegar a ese bien común, “como se barren las escaleras”. El populismo que antes mencionaba lo ha respaldado todos estos años como una especie de mesías y de ello varios, incluyéndome, deberíamos sentirnos culpables, pues pusimos tantas aspiraciones en los hombros de una sola persona que olvidamos por completo la responsabilidad fundamental que implica la primigenia expresión intersubjetiva de vivir en sociedad. 

Las elecciones del 2018 nos dejaron una nueva visión de la democracia como algo que no basta en su versión primitiva, no se termina en las urnas, se prolonga en lo cotidiano, en su forma dadora más primigenia. Así pues, hemos adquirido la responsabilidad de denunciar, de hacer valer y de reclamar, tanto de corregir como de exigir, y todo ello incluye el aplicarlo sobre sí mismo y por tanto sobre las esferas más inmediatas de la vida social a la que tenemos acceso. 

Hay que conceder por completo la razón a la defensa de la opinión de los “famosos” y de manera más concreta a la defensa de la libre expresión de todos por igual; ello es por demás asumible. No obstante, las opiniones no son fuente de certeza objetiva, la opinión requiere de trabajo de trasfondo, de un ejercicio intelectual que se complementa con las vivencias del terreno sociopolítico y hasta de prudencia; ello implica aquí que hay opiniones que valen más que otras. La opinión de un comediante, de un futbolista o de alguien que ya olvidó a Santa María la Ribera, no son más que opiniones, expresadas libremente. 

No nos hacen falta escritos que hagan un vuelo de pájaro por encima de los temarios escolares, nos hace falta la acción política, aquella que va más allá de la opinión desinformada y del gatillo verbal fácil. Ya sabemos qué hacer, nos hace falta el alejamiento progresivo de las instituciones y dispositivos viciados, alejarse de los medios de control que oprimen la libertad humana, que la ponen bajo el yugo del poder económico, que la etiquetan y la venden a quien pueda pagarla. 

Un comentario

  1. Bien dicho. Entreveo, no sé si por afán personal, la intención de, por una parte, esclarecer el panorama, y, por otra parte, mostrar los objetivos y las necesidades urgentes. Una manera en que me parece posible la acción colectiva, la evación de esas instituciones y dispositivos viciados, y la superación de clasismos o polarizaciones como ‘ricos y pobres’, ‘izquierdas y derechas’, es que todos quisiéramos evitar la tiranía. Eso exige acción más allá de las urnas y, además, en un gobierno no tiránico es más fácil buscar la prosperidad de todos.

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