Sinceridad (en Lafourcade)

Por Diego Minakata Carral

 

«Tengo que ser fuerte aunque no den mis piernas,

caminar sin miedo en la maleza que hay.

Respiro hondo, respiro profundo.

Canto para limpiar en mi alma

aquello que de ti ando cargando en mi espalda».

La sinceridad es quizá la cualidad más despreciada por el hombre contemporáneo. La causa es clara: la cultura occidental aborrece la verdad como nunca antes. Es lo más notable del hombre de nuestro tiempo. El hombre en el mundo antiguo y medieval entendía la verdad como la adecuación de la cosa con la mente. El pensamiento moderno puso esto en cuestión y propuso una nueva epistemología, su primer rasgo fue el cientificismo: el remplazo de la idea de verdad con la de exactitud. Luego llegó Kant afirmando que la regla y medida de la verdad son las estructuras de la mente humana. Al subjetivizar la verdad, su lugar cambió de la cosa a la propia persona; ella dependería entonces de cada sujeto. En el posmodernismo el hombre mató a Dios y, al no poderle ofrecer nada ya, murió con Él «el propósito que proporciona orientación».

En consecuencia, negó la naturaleza como tal y los principios de una ley inscrita en su ser, válida para todos los hombres de todos los tiempos. El hombre decidiría entonces qué es lo que está bien y lo que está mal. Nace así el relativismo: una posición abiertamente en contra de la verdad objetiva. 

El relativismo ha desorientado al ser humano. Las ideologías más influyentes de nuestra cultura han venido radicalizando sus posturas, convirtiendo a la verdad en objeto de opresión. En la política, la verdad se volvió lejana; en la democracia moderna, se convirtió en algo tan cambiante como la voluntad de las mayorías. Los datos se han vuelto opinables. Hoy, afirmar algo como verdadero huele a fundamentalismo. 

Esta corriente ha permeado en el propio individuo. Se entiende entonces que la sinceridad sea un valor sin valor. Es la maceta, el apéndice, la muela del juicio de las virtudes: inútil, al ser tan solo fuente de dolor; infructífera en una sociedad que no la valora. Desvela algo tan incómodo como la realidad, simple y sencillamente lo que es. 

Sin embargo, la sinceridad es más que una fuente de vergüenza y dolor, sirve fundamentalmente para tres cosas: conocernos, aceptarnos y cambiar.

Conocernos es un proceso que supone muchos retos. La persona se descubre más compleja de lo que se creía. Encontramos cosas de nuestra vida que nos avergüenzan más de lo que nos gustaría aceptar, ya sea por su gravedad o quizá por su irreparabilidad. Nos sabemos menos relevantes de lo que pensábamos; nos sabemos seres contingentes.  

Aceptar lo bueno de nosotros no es el reto. Lo que cuesta es ver nuestros errores y defectos. Es por eso que duele tanto la verdad y por lo que minimizar o justificar cualquier problema se vuelve tan sugestivo. Sin embargo, encontrarse con uno mismo, verse en ese espejo de la honestidad, es el primer paso para aceptarnos y cambiar.

Solo una persona que se conoce realmente se puede aceptar. Lo otro es montar una obra de teatro donde se actúa el rol de ser «la mejor versión de mí mismo». Ello implica enterrar heridas que, si no se atienden, se terminan infectando hasta podrirse. Aceptarse no implica pactar con el defecto, ni creer esas estupideces de amarse a sí mismo. Se trata de entender que nuestro errores no nos definen ni nos condicionan a ser «malos» o mediocres. 

Dice Ratzinger en algún lugar: «Hay dos tipos de aflicción: una, que ha perdido la esperanza, que ya no confía en el amor y la verdad, y por ello abate y destruye al hombre por dentro; pero también existe la aflicción provocada por la conmoción ante la verdad y que lleva al hombre a la conversión, a oponerse al mal».

El trabajo que hace Natalia Lafourcade en su disco «Hasta la raíz» es un buen ejemplo de este segundo tipo de aflicción. Después de haber vivido una ruptura sentimental que la llevaría a explorar lo más profundo de sí misma, decide hacer un álbum para superar su situación sentimental, para hablar simplemente de ella. Lo que obtendría como resultado sería el «(…) trabajo más personal y crudo hasta el momento» de su carrera. Dejaría atrás su etapa de niña rebelde, de imitadora pop y antisistema para ser simple y sencillamente ella.

Vuelvo a Ratzinger: «Esta tristeza regenera, porque enseña a los hombres a esperar y amar de nuevo». La verdad no es estática. No es una monografía o un artículo de Wikipedia. No es algo ajeno a la persona, fuera de nosotros, que subsiste sin afectarnos. El hombre al enfrentarse a la verdad, está obligado a cambiar. San Agustín lo dice mejor y más bonito: «Oí tu voz como se oyen las voces que cantan al corazón. Y ya no dudé. Dudaría más de que estoy vivo que de que no existe la verdad».

Es un diálogo que avanza progresivamente. Cambiar es llevar la verdad a un nivel personal. Es introducirse en la verdad, dejarse transformar por ella, porque de nada sirve la verdad si no se vive. De nada sirve si no se lleva hasta el final.

Natalia hace eso en su disco, dialoga a través de sus canciones sobre lo que le afecta, sobre su vida, sobre lo que es. En ese proceso se descubre: descubre no solo quién es, sino lo que quiere ser y lo que quiere hacer con su música. Ella lo explica: «Siento que este disco tiene momentos muy oscuros y sombríos del amor, y tiene momentos de mucha luz y mucha alegría también. Y entonces para mí era importante poner ambas caras, porque a final de cuentas son mis últimos tres años de vida. Es un disco muy visceral, es un disco que tiene momentos de mucho dolor y es un disco que tiene momentos de mucha alegría y de sanación. Es un disco que sanó mi corazón».

Es, además, un disco «técnicamente honesto». Las melodías en español están dictadas por las palabras graves, mientras que en el ingles están dictadas por los monosílabos y las palabras agudas. Cuando se intenta hacer una melodía pop como si fuera en inglés pero cantada en español se usan muchos infinitivos y verbos en tiempo futuro y cosas que son raras en el español. En el disco «Hasta la raíz», todo suena muy natural, vivo y en su contexto. Lafourcade hace una síntesis muy autentica entre mexicaneidad y música popular internacional. Al hacer esto, Natalia Lafourcade creó quizá el mejor disco logrado hasta ahora de música pop en español. Hizo un disco muy personal, un trabajo honesto sobre ella pero también respetando siempre su lugar de origen y las circunstancias particulares del mismo.

Una persona que es sincera -que se valora por quien es- es capaz de valorar al otro por quien es, es decir, es capaz de amarlo.

«Habla [Hasta la raíz] acerca de la importancia de no olvidarse del origen y de aquel lugar al cual uno pertenece, que pudiera parecer muy lejano (…). Habla acerca de esa esencia que es muy importante dentro de nosotros y, de ese origen de nosotros, que no hay que olvidar; por más lejano que podamos llegar o por lo mucho que podamos crecer».

 

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