Dos y dos no son cuatro

Por Jimena Gómez Millán

A mediados de febrero, el director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus dijo: “No sólo luchamos contra una epidemia, sino también contra una infodemia”. El COVID-19 es algo nuevo, pero la infodemia lleva varios años merodeando sin cura a la vista. 

En el 2016, el diccionario de Oxford eligió la palabra ‘posverdad’ para resumir el año. Esta se define como una situación en la que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales. El diccionario cita a un artículo del Independent sobre la sociedad de la posverdad, y menciona cómo la verdad ha pasado de ser el ideal del debate político a ser una moneda sin valor. Según Oxford, el término fue utilizado por primera vez en 1992 por el escritor serbio Steve Tesich, quien lamentaba que vivimos en un mundo en el que la verdad ya no es importante ni relevante. Si Tesich estuviera vivo el día de hoy, su tesis seguiría siendo la misma. 

Es claro que el escepticismo ha sido un motor clave para el progreso de la raza humana, pero si y solo si se trata de un escepticismo imparcial y bien encaminado. Ahora enfrentamos corrientes masivas de escepticismo sesgado, mal informado y bastante selectivo: hemos llegado al punto en donde incluso los hechos y la evidencia son cuestionados. Dos y dos ya no son cuatro. 

Junto con la pandemia, también surgieron autodeclarados y autodidactas “biólogos”, “epidemiólogos” y “químicos”, quienes obtienen su información leyendo solamente los encabezados de algunas noticias, cadenas de WhatsApp o blogs de teorías conspiratorias. Con las redes sociales, la generación de ideas se ha democratizado, permitiendo que tanto las personas que saben de lo que están hablando como las que no lo hacen, obtengan seguidores considerables con relativa rapidez.

Sin duda las “fake news” y la desinformación son uno de los problemas que definen a nuestra época. Esto queda en evidencia al observar que los líderes políticos en ambos lados de la frontera activamente eligen descartar hechos e ignorar a la ciencia. Las redes amplifican este fenómeno y la información médica errónea viaja alrededor del mundo antes de que alguien tenga la oportunidad de corregirla. Según un reporte del Washington Post, alrededor de 2 millones de tweets sobre teorías conspiratorias del coronavirus se publicaron en un período de tres semanas entre enero y febrero. Con la cuarentena, ese número no hace más que crecer.

La desinformación disponible es innumerable. “Plandemic”, un pseudo-documental con afirmaciones muy peligrosas, se hizo viral en las redes sociales y se dedica a propagar mentiras infundadas a millones. También están los rumores falsos sobre las torres de telefonía celular 5G provocando el coronavirus. Blogs sobre cómo Bill Gates creó el virus sólo para beneficiarse de la vacuna son publicados todos los días. Y cómo olvidar al mismísimo presidente de EE. UU. sugiriendo que los infectados de Covid-19 se inyecten desinfectante y rayos UV.  

Todos los días encontramos información contradictoria sobre el coronavirus, sus curas y sus causas, tanta, que el 21 de mayo la Organización de las Naciones Unidas lanzó una nueva iniciativa llamada Verified para enfrentar la desinformación sobre el COVID-19. Como mencionan en la campaña, la batalla contra el coronavirus y la infodemia se trata de una colaboración entre billones. Hay expertos en diferentes temas: medicina, enfermedades infecciosas, epidemiología, virología, derecho, ética, economía, antropología, comunicaciones, etc. La mayoría de los que tienen experiencia en un área no la tienen en otras áreas. Esto es exactamente por qué una pandemia (y todo en general) requiere de colaboración interdisciplinaria. 

No se trata de creer ciegamente en lo que dicen los expertos y las instituciones, sino de analizar los datos disponibles, de discernir información de múltiples fuentes y de corroborar la veracidad de los llamados hechos. Si todo esto resulta tedioso, entonces al menos practiquemos un poco de humildad. La gran mayoría de nosotros no somos expertos médicos y en este contexto de pandemia debemos de escuchar a los que saben y han estudiado estos temas durante toda su vida.  

Es un problema complejo, pero simplemente ignorarlo no es una opción. Si la confianza en los medios y las redes continúa erosionándose y las personas pierden la fe en los hechos y la evidencia, podemos esperar que el COVID-19 y sus consecuencias permanezcan más de lo esperado.

La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sí solo. George Orwell publicó esta frase en 1949, pero hoy, su relevancia es más palpable que nunca.

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