Encierro y soledad

Por Jacobo Buerba Gómez

[Ensayo fragmentado]

¿A qué llamas soledad? ¿No ves la Tierra llena de vivientes y variadas criaturas, y los aires saturados, seres todos que a tus órdenes acuden a jugar en tu presencia? 

John Milton, El paraíso perdido

La ciudad de México es un extenso ejercicio de paciencia. Para todo aquél que pretenda vivir aquí aconsejo hacerse primero de tolerancia. Difícilmente una caminata por sus calles es ajena a la angustia y a la desesperación de sentirse lejos de casa, incluso si se nació en la ciudad. Vivimos aquí, sin embargo, porque ofrece una inagotable exhibición de belleza. Incluso cuando tenemos que estar aislados.

Aislados, ahora vemos la ciudad desde un balcón. Y, de lejos, la ciudad es una televisión con estática, millones de puntos negros y blancos que se mueven descoordinadamente; de cerca, una infinidad de mundos, un universo de ideas afanadas, modos de vivir, modos de pensar, modos de ser. Olor a garnacha, llanto de niños, intrigas, amoríos secretos, sacrificios. Vistos de cerca, todos los mundos son lejanos, incluso el propio.

La acción es el material con el que se mide el tiempo. La ciudad es tiempo de todas las acciones.

El tiempo es elástico hasta que lo congelas con prisas y lo rompes con horarios. Pero si no le pides nada, si no lo mides, un siglo cabe en una tarde. Por eso ten cuidado con tu reloj de pulsera, que puesto te entierra sus colmillos y se aferra con sus garras para atraparte en su segundero y robarte lo eterno. 

Es lo minúsculo lo que nos guía a través de la soledad. Quienes se mueven con más naturalidad reconocen su camino en lo pequeño: una madre y su hija, un quiosco en el parque, las páginas de un libro abierto, una sola idea que se impone sobre otras; estos son los signos que permiten ubicarse. Quien intenta pasar el encierro planeando entre aires de grandeza se pierde sin remedio.

Lo notas hasta que intentas estar solo, pero nadie nunca está solo. No existe el silencio, no existen los cuartos blancos. Hasta con los ojos cerrados todavía hay un mundo ahí fuera haciendo eco en lo que piensas y sueñas. Por eso cuando alguien te hable escucha absolutamente todo. No basta retener una frase y ponerse a pensar en lo que hay que contestar. Procura tener la cabeza llena de conversaciones y rostros, sino sólo habrá ecos y sombras. “Estoy donde estoy”, las palabras se grabaron en la mente de Moisés y entendió que el Guía está en todas partes. Quien se aproxima al abismo de la soledad sin pensar en sus peligros, se empapa de un vértigo que no lo abandona jamás.

Cuando entres en una habitación, conócela por completo y si algo dentro te causa alguna emoción, esfuérzate por saber exactamente qué la causó y qué fue lo que causó.

Piensa siempre en la gente. 

Los pasos que damos sin razón cansan diez veces más que los que se dan detrás de una idea. Sin destino fijo, aseguran algunos, no vale la pena moverse. Pero, ¿qué puede ser un destino cuando vives encerrado?

Además de pan y vino el ser humano consume historias. Las historias no valen nada si no las puedes compartir. Es natural. Es ese cosquilleo al fondo de la garganta que nace cuando algo nos sucede y no se está tranquilo hasta que se lo confiamos a alguien. “Fíjate que el otro día…, te diré que a mí me pasó…, estaba yo… cuando…”.

Cuéntate historias a ti mismo, invéntalas si hace falta. Porque las buenas historias son más reales que la realidad y cuando terminan sientes que todo pasó, y después, que todo permanece, que todo te pertenece: lo bueno, el éxtasis, lo malo, el remordimiento, el dolor, la gente, sus lugares y cómo estaba el clima. 

Para vivir en encierro y soledad hay que aprender a escuchar lo que la ciudad nos quiere contar y dejar que sus calles, sus edificios, sus luces y sus ruidos nos pueblen la mente de historias fantásticas, de un destino lleno de conflictos y del heroísmo para vencerlos todos.

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