Atte. Uno más

Por César Daniel Bartoluchi

SARS CoV-2,

No tenía el gusto de conocerte. Llevas más de tres meses presente en la vida de muchas personas alrededor del mundo. Se escuchan rumores de que te quedarás por dos años más.

Últimamente, para algunos, las noches son de insomnio; los días pasan sin darnos cuenta del día en que vivimos; los contenidos en Netflix se hacen menos entretenidos; en algunos pocos y privilegiados casos, la alacena se llena y se vacía simultáneamente… se repite el ciclo… Caras largas entre los vecinos; la incertidumbre y el miedo inundan hasta paralizar a algunos; a otros, la ansiedad y la depresión toca a sus puertas. Pareciera que la esperanza se contrae, pues los planes para este año han quedado sepultados. Hemos pasado a contemplar el mundo desde una pantalla de silicón… aunque, ¿no era eso algo que ya hacíamos antes?

Nos has traído aires de crisis. Los hospitales están a su máxima capacidad; has dejado en evidencia la fragilidad sanitaria al alcance de nuestra especie que, por momentos, se cree indestructible. En algunos países, los líderes se han quedado pasivos y expectantes: no había nada escrito en los libros o en las teorías sobre el modo adecuado de enfrentarte. Los problemas de liquidez y solvencia que has traído con el shock de oferta y de demanda simultáneos, han paralizado algunas de las cadenas de suministro más elaboradas de la industria. Esto le está costando “la chamba” a millones de personas, y en algunos casos. hasta los sueños de una vida entera. Nos has traído tiempos complicados. Has causado uno de los acontecimientos que tendrá mucho estudio en los años venideros, dejando en evidencia lo mucho que queda por hacer en el campo de las ciencias naturales, sociales, humanas y formales.

¿Acaso no lo ves? ¿Cuánto tiempo más piensas quedarte?

En este tiempo, muchos nos hemos topado con una nueva realidad a enfrentar, pero también con lo que constantemente nos incomoda: nos hemos topado con nosotros mismos. Nos solíamos quejar de la rutina, y ahora el tiempo pasa lento y hasta sobra. Algunos padres y madres se empiezan a desesperar con sus hijos, parece ser que sus técnicas comunes de entretenimiento empiezan a ser obsoletas. El temor al aburrimiento “encicla”, y desafía a redescubrir dos conceptos que están a nuestro favor y que se quedaron encerrados en el baúl de los recuerdos: la elocuencia y la creatividad. 

Déjame contarte que a pesar del daño que estás cometiendo, sorpresivamente, he visto aires de humanidad; sí, de humanidad. En las colonias, algunos niños vuelven a salir a jugar: las bicicletas, las pelotas y los juegos donde el piso se pinta con gises resucitan de las catacumbas de aquellos que vivieron la niñez forjando un poco el carácter en las banquetas de la colonia. Parece que los videojuegos entretienen, pero no por mucho tiempo. Por otro lado, los juegos de mesa, los rompecabezas, los libros y las fotos viejas vuelven a unir a esas personas extrañas que viven bajo el mismo techo. Las llamadas y las conversaciones entre risas y anécdotas de más de una hora con familiares y amigos, que parecían ya estar olvidados, nos recuerdan el gran valor de la propia vida. Parece que algunos padres tienen más tiempo para jugar o platicar con los hijos, y que los hijos tienen más tiempo para conocer mejor a sus padres. Parece que la familia se está redescubriendo, se está regenerando. Es un aire de esperanza entre tanto miedo a la muerte misma.

Desde que mutaste, encerraste en sus casas a todos los que pudieron, y a los que no, los convertiste en héroes. Posiblemente nunca antes había valorado tanto el trabajo de los médicos, enfermeros, recogedores de basura, los que limpian la vía pública, los operadores de servicios básicos, empleados de los supermercados, distribuidores de alimentos y bebidas, repartidores, despachadores, agricultores… nuestra primera línea de batalla son ellos e, irónicamente, solían ser quienes estaban en nota de segundo plano. Tal vez de esta manera, podamos darnos cuenta de lo insignificantes que nos volvemos cuando olvidamos el carácter de servicio a los demás en nuestro trabajo.

Yo no sé si volveremos a la normalidad; tampoco sé cómo será el mundo una vez que dejes de hacer tanto daño. Sólo espero que, después del confinamiento, hayamos podido redescubrir virtudes lejanas de la cotidianeidad, como la resiliencia y la humildad, para poder dar esa fe y esperanza a los que aún no la han encontrado. Pues, como dice G. K. Chesterton, “a cada época, la salva un pequeño puñado de hombres que tienen el coraje de ser inactuales”

Atte.

Uno más

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