Fahrenheit 451: Un encierro para perder el tiempo

Por Alejandro Aparicio

El empezar a vivir sólo con lo que tenemos en casa no parece tan malo o complicado, teniendo a nuestro alcance los aparatos necesarios para conectarnos con el mundo exterior. El internet, nuestros celulares, las computadoras nos prohíben un aislamiento total; nos permiten acceder a nuestros trabajos y a continuar nuestra educación en línea. Pero no olvidamos que seguimos en casa, que no podemos salir y que nuestra vida se ha readaptado para continuarla igual a nuestro horario anterior, y ese es el problema, no puede ser igual.

El tráfico, los traslados, las horas de espera en filas, semáforos… todo eso se ha dejado atrás, ahora parece que las veinticuatro horas del día están a nuestra entera disposición, no obstante, ese no es el caso. Muchos de mis amigos, familiares y yo mismo, nos hemos visto envueltos en una pérdida de tiempo mucho más evidente que cuando hacíamos nuestra vida normal. Es claro en estos momentos que no es que las horas del día no nos alcanzan, sino que la calidad que ponemos en ellas no es suficiente. Me es sorprendente ver cómo hay compañeros de la universidad, que no se conectan a tiempo a la clase, que esperan a que se tome asistencia y después siguen durmiendo. 

Otro ejemplo son las reuniones virtuales con los amigos o familiares, en las cuales se fija una hora, y cualquiera pensaría que la gente tendría o calcularía su tiempo para conectarse cinco minutos antes (igual que si llegaran a una reunión presencial), mas sucede justo lo contrario. Se entiende que la gente siga haciendo cosas, pero lo lógico es que el tiempo ahorrado en traslados haría que la gente fuera más puntual. Hay que admirar que la gente no ha perdido el hábito de la impuntualidad, para que al momento de regresar a la vida exterior, no nos mal acostumbremos y exijamos que la gente respete el tiempo de otros. 

En cualquier caso, lo único que demuestra todo esto es un problema mucho más profundo, el propio de este artículo: no estamos preparados para estar en nuestras casas. Porque la vida contemporánea del homo faber ha resultado en que sabe vivir en cualquier parte menos en el lugar diseñado para que desarrolle su vida: el hogar. Por eso es que este encierro no parece un tiempo de desarrollo interno, de crecer hacia adentro, porque la gente en su día a día no sabía cómo tener tiempo de calidad. Creo que esto es muy bien representado en la obra de “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury.1

  La novela se presenta un mundo en el que la lectura es prohibida. En este mundo, la función desempeñada por los bomberos es la de quemar libros, empezando incendios en las casas donde se encuentren los mismos. El protagonista de la historia, sin embargo, es un bombero llamado Montag, que decide conservar algunos libros de manera clandestina, y buscar a un hombre llamado Faber para que lo guíe en esta búsqueda del conocimiento. Lo que nos lleva a analizar un diálogo clave de esta novela. 

F: Bueno… ¿Y si me dijera para qué ha venido?

M: Nadie escucha ya. No puedo hablar a las paredes porque éstas están chillándome a mí. No puedo hablar con mi esposa, porque ella escucha las paredes. Sólo quiero a alguien que oiga lo que quiero decir. Y quizá, si hablo lo suficiente, diga algo con sentido. Y quiero que me enseñe usted a comprender lo que leo. 

Mucha gente no podrá sentirse identificada con el sentimiento de Montag, ni entender que cuando pide que alguien lo escuche, no es escuchar como nosotros escuchamos un programa de televisión o una serie, una canción o un video. Se trata de ser escuchado como los escritores son leídos, es comprender, es entablar un diálogo. Dependiendo de la situación, en su casa la gente podrá ser más o menos propensa a buscar mayores espacios de convivencia, a no estar cada uno en su cuarto encerrados; mas puede que suceda que el aislamiento no sea sólo del mundo externo, sino de nuestro propio núcleo familiar. Y ojo, esto puede suceder no porque uno mismo lo cause, sino porque, como Montag habla de sus esposa, el resto de nuestra familia prefiere escuchar las paredes (los medios electrónico) a estar con nosotros.

F: ¿Cómo ha recibido esta conmoción? ¿Qué le ha arrancado la antorcha de las manos?

M: No lo sé. Tenemos todo lo necesario para ser felices, pero no lo somos. Falta algo. Miré a mi alrededor. 

Pero no lo somos… Creo que cualquiera que lee eso siendo partidario de las utopías terrenales se desgarraría las vestiduras. Es el tipo de afirmación que hace que los demás piensen que esa persona ha perdido la cordura, sin embargo, no se dan cuenta de la primera parte: Tenemos todo… Pues claro, la persona no es feliz por lo que posee, sino por lo que es, y especialmente, por quién es. El desarrollo de la propia persona y su entrega a un proyecto trascendente es lo que da sentido a nuestras vidas. El problema es que en la sociedad del bienestar en la que sobrevivimos, que un poeta no se sienta feliz, a pesar de tener un empleo de contador que le de dinero para las más variadas diversiones inmorales, no le hace sentido a la gente; de igual manera que no pueden apreciar la poesía por no poder medirla en términos económicos.  

Falta algo… Y no puedo sino pensar en las palabras de Chesterton: “Lo que está mal es que no nos preguntamos qué está bien”.2 Porque nos hemos pasado horas criticando las clases en línea, las medidas del gobierno en todas las áreas, las miles de noticias que llegan día a día, aunque nadie se ha detenido a hablar de lo que está bien, de qué es el bien, dónde se encuentra y con qué se come. El Bien, entendido como un valor, se ha perdido, porque no lo hemos valorado, y no lo valoramos porque no lo conocemos, y no lo conocemos porque no hablamos de él, y todo este requiere que miremos a nuestro alrededor. Sabemos que falta algo, mas no sabemos qué es. 

F: Faltan tres cosas. Primera: ¿Sabe por qué libros como este son tan importantes? Porque tienen calidad. Y, ¿qué significa la palabra calidad? Para mí significa textura. […]

Podemos trasladar este criterio a cualquiera de nuestras actividades. ¿Somos capaces de decir honestamente que nuestras horas de series y películas tienen “textura”; que las redes sociales nos llenan de “detalles reveladores”; que las noticias que nos bombardean las veinticuatro horas del día tienen “textura de información”? 

M: ¿Y lo segundo?

F: Ocio.

M: Oh, disponemos de muchas horas después del trabajo.

F: De horas después del trabajo sí, pero, ¿y tiempo para pensar?

He aquí la centralidad de lo que hemos expuesto hasta ahora, ¿dónde dejamos el tiempo para pensar? Ya no podemos ocultarnos detrás del ajetreo de la vida laboral, que ha sido interrumpido por la contingencia sanitaria, ni seguir culpando al día de durar tan sólo veinticuatro horas. El “si tan sólo…” no aplica más, lo que hagamos o dejemos de hacer ya no está determinado por factores externos, sino por nuestra propia falta de hábitos, de virtudes al servicio de un desarrollo propio. Al encontrarnos encerrados en nuestra casa nos hemos visto más perdidos y abandonados, pues la identidad falsa que construimos sobre lo que hacemos en vez de quienes somos, es lo que ha derivado en una pérdida de tiempo.

Si nuestras actividades han de tener contenido de calidad que nos lleve a la reflexión, esa misma reflexión ha de tener calidad de tiempo, y eso sólo se consigue a través de la educación en el ocio. Si en algo se ha demostrado que seguimos fallando como sociedad es en este punto, tenemos todo a nuestro alcance para darnos la mayor de las comodidades, el mayor bienestar, pero en cuanto llegan tamañas contrariedades, que nos ponen frente a frente con nuestra capacidad reflexiva nos vemos impelidos, ya que a nuestro argumento del “no tengo tiempo” se le ha acabado el tiempo.

“¿Qué es el ocio?”, cabría preguntar de manera honesta, pero como este no es un artículo para definirlo, solamente hemos de tener claras algunas nociones: el ocio es desarrollo, descanso y diversión. El ocio es ese tiempo en que se hacen las cosas porque son un fin en sí mismas, el trabajo lleva de una meta cumplida a otra, de un objetivo a otro, sin embargo, el ocio empieza y termina en ese instante. El ocio visto también como fiesta es libertad; es la alegría de compartir; es saborear la eternidad.

[…] Y la tercera: el derecho a emprender acciones basadas en lo que aprendemos por la interacción o acción en conjunto de las otras dos.  

Así termina la exposición de las tres cosas que faltan para que nuestras acciones tengan un sentido, un fin al que atender. Curioso que nuestro autor ponga en el último lugar la acción, la practicidad. Los valores en nuestra época están bastante invertidos. Mientras haya producción, las cuestiones reflexivas se pueden dejar en los tan llamados momentos o espacios libres, como si la libertad fuera algo que se ejerce ya que se ha hecho toda la labor útil del día. 

¿Qué nos enseña este diálogo? A pesar de que está bastante claro y que ya hemos hecho algunas reflexiones, es importante verlo en el contexto actual. ¿Por qué la gente no tiene tiempo para nada, pero siempre hacen todo? ¿Estamos encerrados en nuestra casa, tenemos “más” tiempo, y hacemos menos de lo normal? Estas cuestiones no son paradójicas, son completamente incongruentes y sólo demuestran el hecho de que no es la cantidad, es la calidad en lo que fallamos. Son tan incoherentes como que los bomberos ocasionen incendios. Nos podemos burlar de algo tan tonto como la situación que narra la novela, mas no podemos negar que es más ilógico lo que vivimos en la realidad. 

Hay que buscar darle un valor a nuestra actuación, a nuestro pensamiento, a nuestra vida. Es saber ser libres en cada una de nuestras actividades. Y podríamos pensar miles de cosas que hacer para cultivar nuestra alma, para que nuestro tiempo de ocio tenga verdaderos fines de desarrollo cultural, de diversión infantil, o de descanso. No se trata de encontrar la actividad correcta, se trata de saber el por qué la hacemos, el ocio tiene sentido cuando sabemos la razón por la cual esa actividad nos descansa, nos desarrolla, y sobre todo, nos divierte. Es la diferencia radical de pensar como homo faber y la de vivir como el homo ludens

F: Toda la cultura está deshecha. El esqueleto necesita un nuevo andamiaje y una nueva reconstitución. ¡Válgame Dios! No es tan sencillo como recoger un libro que se dejó hace medio siglo. Recuerde, los bomberos casi nunca actúan. El público ha dejado de leer por propia iniciativa.

Esta última parte del diálogo demuestra plenamente por qué no sólo se tratará de empezar nuevas actividades, tomar cien pasatiempos durante el verano; requiere, antes que nada, todo un cambio de pensamiento. Cómo vemos nuestro trabajo y nuestro estudio ahora que los tenemos en casa, cómo pensar en el ocio y qué sentido tiene en mi vida. ¿Estamos dispuestos a arrostrar la verdad de cómo hemos pasado esta cuarentena? 

Finalmente es darnos cuenta de porqué la gente sigue llegando tarde, porqué la gente falta a clases, y porqué los trabajos se entregan tarde; porque la gente como no sabe vivir en su casa viven igual que en el ajetreo laboral o escolar, viven sin saber reflexionar. No culpo directamente a las demandas diarias que todos cumplimos en el trabajo o en el estudio de este lamentable hecho, sino a toda una cosmovisión que ha perdido la centralidad del hogar como enseñanza de libertad. Mientras no sepamos educarnos en el ocio en nuestra casa, el resto de las actividades, una vez que volvamos a la rutina normal, seguirán sin tener un sentido para nuestra vida, y para quiénes somos. Tal vez no quemamos libros, pero no fue necesario ese toque novelesco para que la gente decidiera dejar de pensar.

Bibliografía

  1. Bradbury, R (2002) Fahrenheit 451. Ed: Plaza & Janes Editores. México. D.F. Páginas: 92-97
  2. Chesterton, G. K. (2008). Lo que está mal en el mundo. Ed. Acantilado. Barcelona. Páginas: 16-17
  3. Pérez-Rioja, J (1992). Educación para el ocio. Ed: Palabra. Madrid. 

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