Hacia una sociedad del asombro

Por María Beatriz Aguillón

Imagen: Obra de María Paula Figueiroa Rego (1935)

Hoy día, nos encontramos inmersos en una sociedad enajenada, una sociedad en la que el ser humano es concebido únicamente como un ser destinado a la producción y al consumo. Byung-Chul Han, en su ensayo La sociedad del cansancio, hace una crítica a esta sociedad posmoderna, exponiendo primero las diferencias entre la sociedad disciplinaria del siglo pasado y la sociedad del rendimiento del siglo XXI. Dentro de esta extensa descripción sociológica Byung-Chul Han manifiesta las características más representativas de la actualidad, entre ellas: la falsa soberanía y la libertad paradójica de los individuos; la depresión colectiva causada por el exceso de positividad; la hiperactividad unida a la supercomunicación, el superrendimiento, la superproducción y la inmediatez de las cosas; y finalmente, el desencanto de la vida misma. 

El presente texto busca exponer de manera clara una propuesta pedagógica que pueda dar respuesta a las problemáticas recién mencionadas que atañen actualmente a la sociedad posmoderna, y de esta forma fomentar la dignidad personal de los seres humanos ante tal desencanto y cansancio.  A continuación, expondré cuatro recomendaciones clave para transformar la sociedad de rendimiento y convertirla en una sociedad del asombro. 

Primeramente, me parece imprescindible abordar la cuestión de la falsa soberanía y libertad paradójica que caracteriza a la sociedad del rendimiento. El hombre del siglo XXI, vive en un sutil, pero muy vil, velo de ignorancia al tratarse de su libertad: se concibe como un ser plenamente libre únicamente porque posee una interminable gama de opciones a elegir, la posibilidad de pensar y hacer como le plazca sin ser juzgado y la oportunidad de consumir a diestra y siniestra cualquier producto o servicio (si es que su poder adquisitivo se lo permite). Pero, a pesar de todas estas posibilidades, “la única decisión activa e individual consiste ya tan solo en soltarse [ir en automático] y abandonar su individualidad para poder “funcionar” [rendir] mejor”(Chul Han, 2019) . Así pues, ¿en realidad podemos decir que el ser humano es auténticamente libre? ¿Qué significa ser auténticamente libre y cómo podemos enseñar a serlo? Tal vez podríamos empezar por acotar lo que no es ser auténticamente libre. La autoexplotación, abandonarse a la libre obligación de maximizar el rendimiento, entregarse al consumo y a la producción, es decir, ser un animal laborans, no es auténtica libertad. 

Considero que para enseñar a ser auténticamente libres primero se debe inculcar la práctica del autoconocimiento a través de la reflexión constante y la introspección profunda. Esto con el fin de encontrar en lo más recóndito del alma lo que genuinamente se anhela, el ideal moral -más que material- que se persigue; por supuesto, sin caer en el individualismo de la autorrealización (Taylor, 1994), pero tampoco en la relativización de la moral. Es necesaria la deconstrucción, o mejor dicho, la concientización de ideas impuestas y prejuicios que se han interiorizado, para así poder rechazarlos o asimilarlos según el esquema de valores y virtudes que se posea. 

Por otro lado, al hablar sobre la depresión colectiva causada por el exceso de positividad de una sociedad que tiene la manía de exaltar la alegría inauténtica y el optimismo exagerado, nos encontramos en una encrucijada ya que, a diferencia de la violencia de la negatividad, “la violencia de la positividad no es privativa, sino restaurativa; no es exclusiva, sino exhaustiva” (Chul Han, 2019). Para esta problemática que nos acontece, me parece que es fundamental educar en la sencillez, la humildad y la prudencia; me refiero a reconocer nuestras limitaciones, entender que a pesar de que la vida suele parecer complicada, en realidad es simple en la medida en la que así lo decidamos. Así pues, debemos ejercitar nuestra capacidad para discernir aquello de lo que merece nuestra atención y valoración para dejar a un lado todo aquello que entorpece nuestra verdadera felicidad. Asimismo, estas tres cualidades, bien cimentadas, pueden convertirse en pilares de una sociedad resiliente, que sabe equivocarse y sobreponerse a las dificultades porque reconoce que no todo es posible y que es válido no poder o no querer poder, dejando a un lado el lamento del individuo depresivo “es imposible”, el cual solo se manifiesta dentro de una sociedad que cree que “todo es posible” (Chul Han, 2019)

Ahora pues, para abordar la hiperactividad que se suscita por la supercomunicación (redes sociales, medios de comunicación masivos, tecnologías de la información), el superrendimiento (ideología “Yes we can”, autoexplotación, exceso de positividad), la superproducción (trabajo mecanizado, enajenación laboral) y la inmediatez de las cosas, propongo el rescate de la capacidad de asombro, es decir, retomar esta admirable característica de los infantes de dejarse sorprender por lo que el mundo, la naturaleza y la vida tienen para ofrecer. Como mencionaba San Gregorio: “a menudo es útil que el alma vuelva de la vida contemplativa a la vida activa, de manera que la llama de la contemplación, encienda en el corazón y regale a la actividad toda su perfección” (citado en Chul Han, 2019) Así pues, al tomarse el tiempo de contemplar, admirar y asombrarse, se logra regresar a la vida activa y hacer las cosas con pasión. El ser humano deja su pasividad a un lado para realizar sus actividades con y por amor. ¿A qué o a quién?… tal vez, a la grandeza de la vida misma. 

Por último, en cuanto al desencanto y el cansancio que se vive en la actualidad, yo solo le veo una escapatoria: la espiritualidad. A raíz de las cuestiones ya antes mencionadas (el rendimiento, la inmediatez, la depresión, etc.), la vida se convierte en algo efímero y sin sentido. La pérdida de creencias exalta el nerviosismo y la intranquilidad, “la desnarrativización general del mundo, refuerza la sensación de fugacidad: hace la vida desnuda” (Chul Han, 2019), dicho de otro modo, los acontecimientos pierden el rumbo, no hay un inicio, un desenlace y un fin, lo que provoca una severa crisis de identidad tanto individual como social, hombres y mujeres inaniquilables…muertos vivientes que no tienen sentido alguno. La espiritualidad afronta esta problemática porque otorga una dimensión sobrenatural a nuestra vida,  nos permite ver más allá de nuestra simple existencia, de modo que cada acto, e inclusive cada labor cobra un sentido distinto, lleno de trascendencia y en última instancia, de amor. Asimismo, este último punto ofrece también un camino para desarrollar la capacidad de asombro, la sencillez y la humildad, ya que se revaloriza cada ser existente del cosmos, asumiendo así de forma un tanto paradójica la grandeza, y a su vez, la pequeñez del ser humano. 

El panorama social actual parece abrumador y desesperanzador; no obstante, pienso que todo educador debe tener siempre una visión cargada de esperanza para el final del proceso. A pesar de que todo lo dicho anteriormente pareciese abstracto y poco aterrizado para una propuesta propiamente pedagógica, creo que es importante recalcar que muchas veces la educación es así, abstracta, difusa, idealista e incluso en ocasiones utópica, pero esto no quiere decir que no se pueda concretar. A mi parecer, estas propuestas se pueden tangibilizar en la enseñanza de las humanidades, las artes y la filosofía, ya que a través de estas se logra desarrollar la sensibilidad, potencializar el intelecto y fortalecer la voluntad. 

Referencias

Chul Han, B. (2019). La sociedad del cansancio. Editorial Herder: Barcelona. 

Taylor, C. (1994). La ética de la autenticidad. Editorial Paidós: Barcelona. 

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