Los mitos que confrontó el coronavirus

Por Sebastián Escárcega Barrios

La epidemia de la Muerte Roja, retratada en el cuento de Edgar Allan Poe, logró penetrar la fortaleza en la que el príncipe Próspero junto con otros mil afortunados invitados se aislaron del resto de la comunidad. En dicha ficción, la enfermedad infecto incluso a ese reducido y privilegiado grupo de personas que se consideraban a salvo en su confinamiento amurallado. A pesar de que la enfermedad causaba estragos en el exterior, los amurallados disfrutaban de una fiesta “de la más soberbia magnificencia”; pero aún así, la peste los alcanzó. 

En cierta medida, el nuevo coronavirus me hace recordar a la Muerte Roja de Poe. Aunque en la vida real las calamidades del mundo que vive fuera de la fortaleza son una constante desde mucho antes de la llegada de este nuevo virus. También, en nuestra realidad la verdadera historia comenzará cuando acabe el confinamiento, ya que tal parece que se gestarán grandes cambios a raíz de los mitos que tumbó la pandemia.

La creencia de que el hombre puede predecir, y por lo tanto dominar, a la naturaleza fue lo primero que desmitificó el coronavirus. El pensamiento ilustrado y el supuesto progreso vivido durante la Modernidad dotó al hombre de cierta soberbia, que lo ha llevado a considerarse capaz de controlar todo lo que le rodea. El virus nos ha demostrado lo contrario, existen cosas que no podemos dominar. Primero al tomarnos por sorpresa y luego al demostrar que es poco lo que sabemos sobre la enfermedad que provoca, el Covid-19 nos enseñó de manera dolorosa esta realidad. Nadie pudo advertir el surgimiento de la peste antes de que la pandemia fuera inminente y no sabemos realmente cuándo terminará. Lo que nos queda es tomar las medidas que suponemos que son las mejores para prevenirnos de futuras pandemias o de un segundo brote del virus. La prevención con el reforzamiento de los sistemas de salud parece ser la manera más sensata de coexistir con un mal que escapa de las manos controladoras del hombre.

La convicción de que el ser humano es capaz de controlarlo todo también nos ha llevado a sentirnos culpables por todos los daños causados por el virus.  Si tengo la capacidad de modificarlo todo, para bien o para mal, incluyendo a la naturaleza, adquiero la responsabilidad de protegerlo todo. De alguna manera creemos que el Covid-19 es una alto que la naturaleza ha puesto ante el deterioro acumulado causado por el ser humano. El pensamiento antropocentrista ofrece dos posibilidades ante la pandemia: el coronavirus es consecuencia de las acciones del hombre o el hombre pudo haber hecho algo para evitar el desastre causado por este virus. Dentro de nuestra culpabilidad creemos que debemos pagar una fuerte penitencia como lo es el confinamiento, así lo señala Slavoj Žižek “si hacemos un duro gesto de sacrificio que duela realmente y paralice nuestra vida social, tal vez podamos esperar piedad”.

Otro de los grandes mitos que derribó el coronavirus fue la creencia de que era inviable cambiar el nocivo estilo de vida que llevábamos antes del confinamiento. 

En su columna, Eliane Brum explica de manera impecable que el neoliberalismo propone un sistema producción y consumo que ha deteriorado al ambiente; sin embargo, también considera que la pandemia nos ha dejado una lección importante: “Con el virus, descubrimos que quienes afirmaban que era imposible dejar de producir, reducir el número de vuelos, aumentar las inversiones gubernamentales y cambiar radicalmente los hábitos simplemente mentían”.

Y pese a que hablar del fracaso del neoliberalismo en materia de distribución de la riqueza se sigue considerando un asunto ideológico, existe un consenso al respecto en lo que concierne al cambio climático. La manera en que producimos, consumimos y desechamos ha deteriorado al planeta, pero es asequible habituarnos a nuevas y más saludables prácticas.

La magnitud de los daños causados por la pandemia aún es desconocida, pero apunta a ser de enormes proporciones. La pérdida de vidas humanas hace que bajo ningún motivo sea deseable repetir la experiencia. Sin embargo, la adversidad también nos ha dejado algunas reflexiones valiosas, que si bien ya se comentaban desde mucho antes de la peste, fue hasta este momento en que se presentaron con tal claridad. Solo queda trabajar para que las consideraciones surgidas en el confinamiento se traduzcan en cambios benéficos para todos.

 

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