En busca del mundo perdido

Por Jorge Agustín Léautaud Grajales


Paren absolutamente todo lo que están haciendo. Hablo en serio. Pausen la música. Los ojos a la pantalla. Vamos. Atención. Atención todos. No se los pediría si no fuese importante. Necesito que me escuchen, que comprendan lo que voy a decir. Sí, es grave: el mundo exterior se ha perdido. Digiéranlo. No se me apaniquen. Todo va a estar bien. ¿Cómo que cuál es el mundo exterior? Pues el que no es el interior. Sí, ese que solía escaparse todo el tiempo. No, esta vez no va a regresar. Tranquilos. ¿Qué cómo estoy tan seguro? Ayer en la noche le he perdido la pista y no ha regresado esta mañana. Sí, usualmente regresa en las mañanas, cuando escampa. Sé que no ha parado de llover, pero es preocupante que lleve tanto tiempo sin dar noticia. Aparte, no es una lluvia como todas las demás. Ni siquiera estoy seguro de que le podamos llamar lluvia. ¡Ni cae agua del cielo! ¿A quién se le ocurrió llamarle tormenta? ¿Fue Carlos? Bueno, no importa. El asunto es que seguramente el mundo exterior se ha pensado que es una tormenta común, y como siempre, bueno, siempre que llueve, ha salido a darse unas vueltas por ahí. Carajo, si tan sólo fuése el mundo interior el perdido. Ese sí me lo puedo inventar. Pero ya, estamos perdiendo el tiempo. Hay que movernos. Pongan letreros por toda la ciudad que digan: “Mundo exterior perdido. Quien lo vea, favor de regresarlo.”. ¿No podemos salir a las calles? ¿Pero qué tipo de tormenta es ésta? Ah, una pandemia. ¿Qué es una pandemia? Ah, lo del virus. Sí, creo que ví algo sobre eso en las noticias. ¿Entonces no podemos salir? Ya decía yo que no era una tormenta común. No le vuelvan a encargar este tipo de cosas a Carlos. Bueno, supongo que esta vez el mundo sí se va a perder. Esto, se los digo, se nos va a ir de las manos, y no esperen que yo sea el que vaya con el jefe y le diga que el mundo exterior se ha perdido, como esos niños que se adentran demasiado en los bosques porque no escucharon los gritos de sus padres advirtiéndoles, y al final acaban divagando por días a la deriva y los encuentran muertos de hambre en alguna zanja. Es para meterles miedo. Se me pone la piel de gallina de tan sólo pensar que nuestro mundo exterior puede estar muerto. ¿Qué nos queda por hacer? les pregunto: ¡¿esperar?! Yo no pienso salir a las calles. Muerto no sirvo de nada, sean catorce días los que me mantenga útil. Imagínense que al quinceavo lo encuentro, al pequeñín, pero no, porque a los catorce estoy muerto. ¡Muerto! o al menos disfuncional. Si alguien gusta de salir a explorar, la puerta está abierta. En serio. Sí, pobrecito, está solo allá afuera. No ha de tener idea de lo que está sucediendo, como las moscas, revoloteando sin orientarse por más que les den manotazos. Pero bueno, escúchenme todos. Esto es lo que vamos a hacer: esperar. Sí, porque nadie ha aportado otra solución y tampoco es que se me ocurra algo más. Nos vamos a sentar en nuestras casas y pacientemente vamos a esperar a que regrese o a que se acabe la tormenta. ¿Cómo que llevamos haciéndolo un mes? ¡¿Y dónde rayos he estado yo?! Pues no importa, sigamos haciéndolo, eso de esperar, y a la menor pizca de vislumbramiento que alguien tenga, me llama. Bueno, está claro que primero tenemos que ir en su búsqueda, ¿no? Pero cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él. Por lo pronto, no le digan nada al mundo interior. Estoy seguro que va a querer saber dónde está su hermano. Es imperativo que no lo hagan. Si le dicen, se los digo, se nos va a escapar. No sé, entreténganlo con cualquier cosa. Pónganlo a ver Netflix, o a jugar con juegos de mesa, o a hacer recetas de cocina. Lo que sea. Las redes sociales siempre ayudan. Llénenlo de ruido, de cosas para distraerse, pero por nada, por nada del mundo, y esto es importante, que agarre un libro. Esto va en serio. Si toma un libro y lo lee, y después comienza a dialogar consigo mismo, y empieza a reflexionar y a meditar y a hacer todo ese tipo de cosas que suceden cuando uno desliza sus ojos sobre hojas impresas, si llega a pasar, se va a dar cuenta de que algo no anda bien. Escúchenme. Tiren todos los libros por la ventana. Quémenlos si hace falta. Créanme que ese va a ser el menor de nuestros problemas si el mundo interior acaba por perderse allá afuera y el jefe se entera. Mejor que se pierda aquí adentro. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Es más, háganle pensar que no puede estar solo y que la soledad es mala. Toda reclusión es mala. Condiciónenlo de tal manera que le de miedo estar en silencio y dialogando consigo mismo. Apabúllenlo. Que no pueda despegarse de las noticias sobre la tormenta. O la pandemia, como le digan. Pinche Carlos. Invéntenselo inmaduro, inútil, miedoso, comformista y tímido. Que no quiera salir de sí. Si sale de sí, lo que podría pasar fácilmente si agarra un libro, nosotros estamos perdidos. Porque la única manera para encontrarse es salir de uno mismo. No lo dejen salir de ese bosque. Lo demás será pan comido. Cuando el tedio y la depresión le ataquen, prenderá la tele y calmará sus nervios. Se olvidará completamente de dónde está el mundo exterior. Ni se preocupará por él. Estará demasiado ensimismado, rara vez prestará atención a los demás. Puede ser que constantemente sienta un pellizco diminuto en el alma, que algo no está bien con él, sobre todo durante el encierro, pero es imposible que lo descubra, imposible que lo haga mientras no lea. Ese, amigos míos, es el secreto para estancarse: no leer.

 

Un comentario

  1. Eres grande Jorge!
    Tu manera de escribir y expresarte me hace tal y como se cuenta “salir de mi”
    Espero seguir encontrandome con cosas tuyas que leer.

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