La colisión de dos epidemias

Por Héctor Fernando Hernández

La pandemia actual ha colmado los noticieros con información relacionada al virus y sus efectos en la sociedad. Parece que, después de todo, el cliché «nada es más importante que la salud» no solo es vigente, sino vital. Mientras escribo estas líneas, la pandemia se expande por 212 países y 1 356 780 casos han sido confirmados. El número de muertes alcanza los 79 385 [1] y apenas estamos en el segundo trimestre del año. Sin embargo, más allá de la superficial crudeza de los números, esta contingencia ha eclipsado a otra que lleva décadas con nosotros y que ha diezmado a millones de seres humanos [2]. Es una epidemia que, a pesar de no acaparar los reflectores del momento, agrava sinérgicamente los efectos de la infección por el nuevo coronavirus. Me refiero a una epidemia no infecciosa y no transmisible.

No es fortuito que los reportes de revistas médicas señalen que los casos más graves de COVID-19 se hayan presentado en personas con enfermedades concomitantes como hipertensión, diabetes y enfermedades del corazón, entre otras. De hecho, por cada 100 personas hospitalizadas en una unidad de cuidados intensivos en la zona cero de la epidemia, Wuhan, China, 72 de ellas tendrían al menos un padecimiento agregado [3]. Así, detrás de muchos casos graves y muertes causadas por la infección, las enfermedades no transmisibles se presentan como la sombra casi tácita que espera un momento de debilidad para acentuar un de por sí ya difícil desenlace y, entre ellas, la que más destaca por ser causante de diversas patologías, es la obesidad.

Desde 1970 la obesidad ha crecido en prevalencia hasta hacerse prácticamente ubicua en el mundo occidental [4]. Según la encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2018, en México, el 35.8% de los jóvenes entre 12 y 19 años tiene sobrepeso u obesidad, mientras que la cifra aumenta escandalosamente a un 75.2% en la población de adultos de al menos 20 años [5]. Las complicaciones de la obesidad son numerosas y explican buena parte de las principales causas de muerte en nuestro país [6], así como aquellas ocurridas en enfermos por COVID-19. A pesar de esta epidemia subyacente, muchas personas no perciben negativamente el sobrepeso y la obesidad. De hecho, cada vez con mayor frecuencia, la idea de la aceptación del cuerpo humano tal cual es, con o sin exceso de peso, se generaliza más [7]. Se trata pues, de una epidemia adoptada y bienvenida por muchos. Los cuerpos delgados pierden la hegemonía estética y ahora las tallas más grandes son aplaudidas en los anuncios y en las fotografías de redes sociales. Sopesando ambas posturas y considerando la manera en la que esta condición ha afectado el curso de la pandemia actual ¿deberíamos seguir aplaudiendo esta normalización del sobrepeso y la obesidad a pesar de sus conocidos riesgos para la salud?

La cuestión no es si un cuerpo morfológicamente distinto a otro es deseable, sino distinguir si es moralmente adecuado que se acepte la generalización no del cuerpo humano y sus variantes, sino de sus estados de salud y enfermedad. En otras palabras, se trata de hacer valoraciones que van más allá de la apariencia física y se centran en las implicaciones que un determinado cuerpo puede tener para la salud. Hablamos de la normalización de un daño a la salud y nada tiene que ver con la normalización de las formas del cuerpo humano.

Ahora bien, lejos está dicha cuestión de pretender lo que intuitivamente se podría tal vez pensar: la estigmatización y la condena moral del estado de salud de una persona. De hecho, no solo es que el cuerpo ancho palidezca ante el cuerpo esbelto y enjuto como ideal para hombres y mujeres, va mucho más allá: las personas con obesidad son frecuentemente acosadas por su peso y las noticias donde se ensalzan las reducciones dramáticas de peso abundan [8]. En definitiva, el estigma de la obesidad complica no solo los aspectos sociales de la vida de una persona, sino su misma salud [10]. Sin embargo, entre los dos extremos, de un lado la exaltación irreflexiva de un cuerpo con un estado de salud subóptimo y de otro, su aborrecimiento, se encuentra el reconocimiento de que no está en entredicho solo la apariencia de un individuo, sino el daño físico que implica.

Por otra parte, es imprescindible entender que la obesidad y sus consecuencias no son necesariamente el resultado de un conjunto de conductas poco saludables. Pensarlo constituiría un juicio reduccionista. En la génesis de la obesidad, como en la de otras patologías, hay determinantes sociales implicados que influyen sobre las conductas que una persona tiene e incluso sobre las características biológicas inherentes del individuo [10]. De tal modo, la desigualdad y el estado socioeconómico son los factores sociales más consistentes en cuanto a la producción de conductas que facilitan el desarrollo de obesidad y no están a merced del individuo. Por lo tanto, no necesariamente una persona con exceso de peso se encuentra así por culpa o iniciativa propia, sino por determinantes estructurales que promueven ciertas conductas, lo cual reduce la carga moral que lleva sobre sus hombros.

Así, la normalización de la obesidad no es deseable desde un punto de vista médico, pero ese o cualquier otro punto de vista deben tener en cuenta que el peso de una persona no es necesariamente el producto de su voluntad, por lo que, consecuentemente, la valoración moral del peso de una persona carece de fundamento. Para enfrentar el grave problema de las enfermedades no transmisibles asociadas a la obesidad se debe reconocer que el exceso de peso es un problema que acarrea consecuencias, y que las más importantes para la vida son clínicas y las menos, morales y estéticas.

Es así como la pandemia de COVID-19 debería de poner de manifiesto las implicaciones de normalizar un problema de salud pública. Reducir la prevalencia de la obesidad conduciría a una reducción en sus consecuencias. La gente estaría entonces físicamente más preparada para eventos adversos, como la colisión de dos epidemias, en este caso una por coronavirus y otra por la obesidad, el sobrepeso y las enfermedades no transmisibles.

Referencias:

  1. World Health Organization. (2020). Coronavirus disease (COVID-19) outbreak situation. Consultado el 9 de abril de 2020, de World Health Organization. Sitio web: https://www.who.int/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019.
  2. World Health Organization. (2008). Controlling the global obesity epidemic. Consultado el 9 de abril de 2020, de World Health Organization. Sitio web: https://www.who.int/nutrition/topics/obesity/en/.
  3. Wang D., Hu B., Hu C., et al. (2020). Clinical Characteristics of 138 Hospitalized Patients With 2019 Novel Coronavirus–Infected Pneumonia in Wuhan, China. JAMA, 323, 1061-1069. doi:10.1001/jama.2020.1585.
  4. Meldrum D., Morris M. y Gambone J. (2017). Obesity pandemic: causes, consequences, and solutions—but do we have the will?. Fertility and Sterility, 107, 833-839. doi: https://doi.org/10.1016/j.fertnstert.2017.02.104.
  5. INEGI, INSP, Secretaría de Salud. (2018). Informe de Resultados de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición – 2018. Consultado el 9 de abril 2020, de INSP. Sitio web: https://ensanut.insp.mx/encuestas/ensanut2018/informes.php.
  6. Redacción Animal Político. (2019). ¿De qué mueren los mexicanos, a qué edad, en dónde y por qué los sábados?. Consultado el 9 de abril 2020, de Animal Político. Sitio web: https://www.animalpolitico.com/2019/10/de-que-mueren-mexicanos-edad-donde/.
  7. Burke M. y Heiland F. (2018). Evolving Societal Norms of Obesity: What Is the Appropriate Response?. JAMA, 319, 221-222. doi:10.1001/jama.2017.18947.
  8. Hadad C. (2020). La increíble transformación de Pablo Bragale: pesaba 240 kilos y bajó a 82. Consultado el 9 de abril 2020, de Infobae. Sitio web: https://www.infobae.com/sociedad/2020/02/23/la-increible-transformacion-de-pablo-bragale-pesaba-240-kilos-y-bajo-a-82/.
  9. Lakerveld, J. y Mackenbach, J. (2017). The Upstream Determinants of Adult Obesity. Obesity Facts, 10, 216–222. doi: 10.1159/000471489.
  10. Puhl, R. y Heuer, C. (2010). Obesity Stigma: Important Considerations for Public Health. American Journal of Public Health, 100, 1019–1028. doi: 10.2105/AJPH.2009.159491.

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