El ruido, cruel asesino

Por Pedro Pablo Pérez

Vivimos en una época llena de ruido; una detonación de sonidos nos distrae de nuestra propia mente: ¿cuándo fue la última vez que estuviste en completo silencio?, ¿cuándo fue la última vez que te cuestionaste el porqué de algo?, pero cuestionar en serio, porque cuestionamos, pero el ruido nos distrae y nos hace olvidar que pensamos. Pertenecemos a la era de la saturación, hay tanto que no hay nada.

El celular todo el tiempo hace ring, la tele todo el tiempo nos platica, la radio nos toca sinfonías, el tráfico nos estresa. El ruido está presente todos los días, todo el tiempo. Vive con nosotros y vive de nosotros. Su ataque es tan sigiloso que  se ha convertido en fiel acompañante nuestro; nos ataca con sus videos de gente torpe, con sus memes, con sus Capitanes América o con sus posts. Cada zumbido, cada canción, cada color, todo se registra en nuestro cerebro, todo se queda ahí. Desde lo más pequeño hasta lo más grande. Nos quedamos con todo y no es siempre la información que quisiéramos retener. Las cosas que nos dan igual, como los anuncios Samsung del periférico, influyen en nuestra vida, en nuestra forma de pensar. 

El ruido es un asesino. Mató al silencio. El silencio, tan sereno, ya lo olvidamos. Podemos hacernos la idea de que es como el mar más tranquilo del mundo: sereno pero incierto. ¿Será que le tenemos miedo? Tememos a ahogarnos dentro de él cuando en realidad está lleno de riqueza, de conocimiento. El temor lo ha impuesto el ruido. Nos ha hecho pensar que no somos nada con el silencio, que necesitamos un celular o una televisión para sentirnos acompañados, pero en realidad estamos más solos que nunca. Nos acompañan Dr. House o Pedrito Sola pero no nosotros mismos. Nos alejan de la esencia de la vida, de lo importante.

El teléfono destruye nuestra comunicación: no permite que se dé el perfecto uso de la comunicación ya que se pierde mucho si los participantes de la conversación no están juntos. Uno puede estar distraído con su tele y el otro con su radio; en cambio si están juntos hay un dar y recibir que permite que el diálogo se dé de manera fructífera. Con el internet el diálogo todavía se pierde mucho más. El ruido nos distrae de los demás, de las personas que más queremos. A la hora de la comida, nos distraemos en Facebook; tomando unas cervezas con los amigos, en Twitter. El ruido logró meternos en su propio mundo, un mundo falso.

Nuestro amigo el ruido no es malo, es solo que nada en exceso es bueno. El ruido nos permite evadir nuestros problemas, nos hace olvidar lo que en realidad afecta nuestras vidas, nos hace pensar en elementos que no son esenciales. El ruido ayuda a voltear a ver otras cosas en vez de voltear a vernos a nosotros mismos. El problema es que se ha convertido en un monstruo que se ha metido a nuestro armario y nos come poco a poco. Creó una realidad que no nos deja ver ni un destello de la nuestra. ¿Qué tanto se puede confiar en uno mismo hoy en día si hay tantísima información entrando a nuestro cerebro cada minuto? La manipulación viene desde el ruido. Nos introduce en una realidad que los poderosos quieren que veamos. Anuncios, noticias, spots, y miles de cosas más que alimentan esta nube llena de ignorancia, ausente de cultura y de sabiduría. Hoy en día ya no podemos saber quiénes somos, no sabemos quiénes están arriba, pero ellos saben que somos borregos. Ellos nos han hecho así. 

Nos han saturado tanto que nos han hecho temerles a cosas tan bellas como los libros. La lectura se ha vuelto una obligación, y hoy no hay nada peor para los hombres que eso. La rebeldía nos gusta, nos excita. Ir al cine o jugar un videojuego es rebelde, pero es parte del ruido. Han callado a Borges, a Cervantes, a Dante. El ruido nos ha impregnado un temor a la literatura. Creemos que los libros cansan, que los libros son aburridos o que ya no sirven para nada y no nos damos cuenta de que gran parte del contenido del ruido viene de ellos. Se nos ha hecho creer que solo los inteligentes pueden leer y que para los tontos solo la tele. Las grandes novelas son una maravilla, ayudan a romper con el ruido, ayudan a entenderlo y, así, a perfeccionar el silencio. 

El silencio, por otro lado, tiene la facultad de ayudar al hombre a darse cuenta de quién es en realidad, de hacerlo pensar; lo ayuda a resolver problemas en lugar de llenarlo de tonterías que limitan su capacidad para pensar. Promulga paz con nosotros mismos e ilumina nuestra mente. Vive su propia realidad, una más pura, llena de autenticidad y de esencia.

Olvidamos ya lo que es estar tranquilos, en completo silencio. Lo necesitamos porque el ruido se ha apoderado de varios de nosotros, nos ha sometido, nos ha atontado y nos ha engañado. Hemos olvidado quiénes somos realmente y lo valioso que es pensar por nosotros mismos; lo espectacular que es trabajar con uno mismo, buscar quién es uno mismo. Enfrentarse al yo en lugar de evitarlo. Nos da miedo estar solos, preferimos estar acompañados del efecto de sonido estático. El ruido está destruyendo las familias, las amistades, las relaciones de pareja, todo. Nos convence de evadir los problemas reales que existen en nuestro hogar.

Nos dicen qué pensar, qué creer y qué hacer. Nos dicen por medio del ruido. Hicieron de nuestra mente un limbo. Tenemos que revivir el silencio, tenemos que regresar la tranquilidad y el poder de la mente al hombre. Debemos crear ruido propio: ver nuestra propia realidad e incorporarla al mundo. El silencio nos da esa facultad. Vamos a revivirlo, para que le arranque el trono al ruido y así pueda volver al mundo objetivo, al mundo pensante: un mundo lleno de niños que quieren conocerlo todo, que tienen la necesidad de crear y pasar lo que vale la pena a las futuras generaciones; de personas que buscan las respuestas a las grandes cuestiones que perturban al ser; de gente sana, que puede ver con claridad y tiene las orejas limpias.

El mundo está lleno de ruido, y el ruido no va a desaparecer nunca. Un vicio es muy difícil de dejar pero no es imposible. Solo no hay que dejarlo crecer, no podemos permitir que nos domine, que nos esclavice. Tenemos que decirle qué hacer y para eso necesitamos que el silencio regrese a nuestro planeta. No tenemos por qué temerle al silencio, a nuestra propia voz. Tenemos que aceptarla y liberarla para volver a sentir nuestro espíritu, para oler nuestra fragancia y bailar con nuestra alma.

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