Volver al presente

Por Pedro Chouciño Brindis

En estos días que pasamos las 24 horas de la jornada en casa, he tenido mucho más tiempo para disfrutar de mi pequeño jardín. Los días primaverales hacen que todo esté especialmente verde y lleno de flores, en una palabra: agradable. Las hojas de un frondoso pasto se estiran como queriendo tocar el cielo y las de los altos árboles se mecen en la suave brisa viajera dando lugar a un pacífico murmullo. Sentarse a la sombra es muy apacible, sobre todo después de comer, cuando la calma reina. La temperatura es perfecta y hasta me han dado ganas de quitarme los zapatos.

Una gran mariposa planea en un azaroso vuelo que se deja guiar por el soplido del viento. Las hojas secas caen lentamente haciendo un péndulo y se posan en silencio sobre la hierba. Todo está acompañado por cantos de diferentes pájaros; afinando el oído, reconozco tres distintos. El cielo está completamente azul; al mirar hacia cualquier dirección no aparece nube alguna; quizá más tarde lleguen, y llueva.

Ya llevo algunas semanas dándole vueltas a esta idea y hasta ahora no he sabido como transmitirla. En la obra de teatro Our Town de Thornton Wilder que leí hace algunos años, se cuenta una historia en un pequeño pueblecito de Estados Unidos. Es sobre cómo una vida, que se distingue por su normalidad, evoluciona. En el primer acto, se narra la infancia de Emily. En el segundo, su boda con su amigo de toda la vida, George, y el gran festejo que hay en el pueblo. Las escenas de infancia y todos los preparativos de la boda, los nervios y la alegría que se desprende a su alrededor, están narrados con suma sencillez, no son nada extraordinario, pero tienen esa belleza de ser la vida misma. Es más, en las indicaciones para el atrezzo, el autor manda que se decore el escenario de forma muy sobria: no hay casas ni pinturas, ni decorados de fondo, casi todo se deja a la imaginación de los presentes y a la actuación; el único mobiliario empleado son varias sillas y dos escaleras.

El tercer acto es el que contiene toda la intensidad de la obra. Comienza con un funeral: el de Emily. Ella sigue siendo un personaje en la obra y, aunque oye todo lo que dicen las personas que asisten al entierro, solo puede hablar con el narrador. Después de esto, se le permite volver a un día de su vida. Los demás muertos insisten en que no escoja un día demasiado feliz. Sin embargo, decide revivir en tercera persona el día de su duodécimo cumpleaños. Acto seguido, aparece en su casa, ve cómo su madre le despierta, le prepara su desayuno favorito y le plancha un vestido nuevo; ve a su hermano y a su padre mucho más joven; el paisaje nevado y cada pequeñez de la casa de su infancia. Cada detalle, cada pequeña acción, cada palabra: Emily se da cuenta de todo, se fija en lo más nimio y lo aprecia viéndolo desde fuera; piensa que se pasa demasiado rápido: «I can’t. I can’t go on. It goes so fast. We don’t have time to look at one another». Al poco tiempo de estar ahí, pide al narrador regresar a su tumba con los demás muertos y dice una de mis frases favoritas: «Do any human beings ever realize life while they live it?—every, every minute.» La respuesta del narrador es, si cabe, aun más impresionante: «No». Y pensativo añade: «The saints and poets, maybe—they do some». Creo que muchas veces, a nosotros nos pasa algo similar.

Regresando al jardín, a la sombra de este árbol sobre la alfombra verde, pienso que la vida se nos va muchas veces sin darnos cuenta. Hemos perdido la capacidad de disfrutar las cosas de cada día: una conversación agradable, una buena clase, una caminata en una calle arbolada, un vaso de agua, el olor de un arbusto de lavanda, la ropa limpia, un apunte bien hecho, el sentarse en silencio en un jardín, etc. Debemos recuperar el gusto por la belleza y saber buscarla en la naturaleza, en las personas que nos rodean, en lo cotidiano. Aprender a vivir el presente. 

Dice Miguel Ángel Martí en su libro La afectividad, que las personas mayores tienden a vivir en el pasado, tener un anhelo de los viejos tiempos. La visión de su vida es siempre a través de las gafas del pasado, comparandola con cómo era antes. Así cabe la posibilidad de amargarse. Los jóvenes tienen el problema contrario, viven en el futuro pensando en qué harán después, en unas horas, por la noche, al día siguiente, el fin de semana o en vacaciones. Esto les impide disfrutar el presente. Atrevámonos a vivir la realidad, lo que ahora es. Si no aprendemos a disfrutar de las cosas pequeñas del presente, nunca seremos felices. 

Hay una canción de Coldplay que se llama Every teardrop is a waterfall y creo que resume muy bien esta idea: con los lentes adecuados, podemos ver todo de forma distinta y convertir esos momentos y detalles en que no nos fijamos en verdaderas cosas que logren asombrarnos: vivir plenamente. Así no nos pasará como a Emily que poco después de regresar a la tumba dice: «That’s what human beings are! Just blind people».

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