Desasosiego crónico, o la letal enfermedad que nos amenaza hoy día

Por Ana María Landeta Fernández

Labios cortados. Garganta reseca. Sed aguda. Como la del náufrago que sobrevive bebiendo el agua del mar… Un sarpullido terrible. Irritación. Picazón. Insoportable comezón. Cala, como el dolor de huesos cala… Estar empapado en sudor frío. Tembloroso. Pegostioso. Incómodo. Como el que padece una fiebre que se salió de control… Falta de aire. Mareo. Náuseas. Como las del que está por caer inconsciente… Ansiedad. Frustración. Como las del claustrofóbico atrapado… Inquietud incesante. Obsesiva. Como la de quien sabiendo que se le fue su momento dorado, se lanza desesperadamente a encontrarlo. 

Cuando hemos hecho de evitarnos a nosotros mismos un modo de vida, así nos sentimos tras habernos encontrado de frente con nosotros mismos por primera vez. Cuando vivimos de este modo, ese encontronazo seguramente nos tomará por sorpresa: inicialmente, ni siquiera podremos decir qué nos golpeó, cómo, de dónde vino el golpe, y…¿por qué?; el simple pensamiento de ello nos producirá vértigo, ¡pánico!

Ninguna reacción más natural que lanzarse de nuevo a la huida, e intentar así eludir la confusión, el dolor, el sentimiento de vulnerabilidad. Pero, cuando por alguna circunstancia, esa opción nos es arrebatada, ¿entonces qué podemos hacer? Nuestra conciencia empieza a despertar esos mortificantes dolores que sentimos, diagnosticamos que ese golpe recibido fue uno mortal, prevemos que terminará por ocasionarnos la muerte…¿Será cierto? No que estemos exagerando la gravedad de los padecimientos, pero ¿no será más bien que son efecto de algo más?, ¿tal vez de un síndrome de abstinencia?

¿Abstinencia de qué? De la ‘viralidad de información’ que consumimos diariamente. La consumimos a diario, porque es fácil consumirla, porque es casi imposible no consumirla estando todo el tiempo a nuestra inmediata disposición; porque es casi imposible dejarla de consumir, habiendo tanta, en tantas formas y actualizándose a cada instante. Sí, pero también la consumimos porque la necesitamos para protegernos de los golpes como los que recién describí. Me corrijo, la consumimos porque creemos (aunque sea inconscientemente) que la necesitamos para protegernos de los males que nos trae el sentarnos, sin obstáculos, frente a nosotros mismos. Pero en realidad es justo al revés.  Creo que Blaise Pascal tenía completa razón cuando dijo, en algún lugar de sus Pensamientos: «Todas las desgracias del ser humano se derivan de una sola cosa: de su incapacidad para quedarse tranquilamente sentado en una habitación» [1].

¿Cómo podría ser esto así? Pensemos lo siguiente: ¿Qué es lo que nos aterra tanto del prospecto de  quietud?; ¿por qué nos empeñamos tanto en mantenernos todo el tiempo ocupados (o entretenidos)? Digo que a causa del horror vacui, término que asumo en el sentido que le da Nietzsche, según quien el horror vacui (miedo al vacío) es la característica fundamental de la voluntad humana: lo que define a la voluntad humana es su querer, pero necesita querer algo para poder querer. Por eso, hace notar Nietzsche, si se encontrara en la penosa situación de quedarse sin objetos para querer, preferiría querer la nada misma es decir, eso mismo que la aterroriza antes que no querer [2].   

Pascal habla de la incapacidad del ser humano para mantenerse calmado en la quietud, o más bien, con aquello que encuentra en la quietud. Podemos entender ahora qué hay detrás: mantenerse en reposo significa, tarde o temprano, encontrarse cara a cara con ese miedo, y eso implica enfrentar la posibilidad de que llegara a confirmarse. Por eso nos abalanzamos sobre distracciones (o ‘diversiones’, como las llama Pascal):  ellas se nos presentan como un phármakon [3], como un remedio, para nuestra inquietud. Y sí lo son, pero si entendemos phármakon no como cura, sino como veneno. Pascal describe así esta ambivalencia de las diversiones: «Lo único que nos consuela de nuestras miserias es la diversión, y sin embargo, ésta es la mayor de nuestras miserias. Porque esto es lo que nos impide pensar sobre nosotros mismos, y nos hace pasar el tiempo insensibilizados [4]».

En efecto, no hay nada más nocivo para nosotros que esas distracciones, porque lo que hacen es precisamente volvernos recipientes inertes de nuestro peor temor: el tedio, el vacío, la insignificancia. 

Ahora quiero hacer notar la monumental dificultad que enfrentamos hoy día para poder liberarnos del hechizo que ejercen las distracciones sobre nosotros.

Hoy, esas distracciones nos llegan (sobre todo) a modo de cantidades masivas de información [5], que consumimos en línea diariamente como entretenimiento: películas y series, videos, canciones, podcasts, videojuegos y por supuesto, las redes sociales, sumadas a noticias, anuncios, etc., provenientes de todas partes del mundo.  

Por eso llamé a esas distracciones actuales ‘la viralidad de la información’: hoy, por su alcance, el efecto que pueden tener sobre nosotros es mucho más letal; hoy, la información que recibimos se hospeda en nosotros como un virus. Su capacidad para propagarse, para inmiscuirse por todas partes, le permite acabar por enroscarse en lo más íntimo de nuestras estructuras, asentándose así en nuestra tierra fértil, parasitando en ella, absorbiendo todo alimento. Como un virus, nos va fatigando: nos hace perder vigor y ganas, nos va entumeciendo, nos transforma en indiferentes. Así, poco a poco, le entregamos todo el control con apenas alguna resistencia. 

Y para entonces, ya nos perdimos. Ese aparente sosiego que buscábamos vino a cambio de haber abdicado la capacidad de tener iniciativa (y determinarnos a nosotros mismos): renunciamos a darnos a nosotros mismos el valor que tenemos, y actuar correspondientemente.  

Por eso es que en el momento en que nos encontramos directamente con nosotros mismos, somos sacudidos con tal violencia: inmediatamente sentimos aridez, irritación, incomodidad, ansiedad, frustración, náuseas, y una terrible e incesante inquietud. Como nos hemos vuelto totalmente ajenos a nosotros mismos, cuando nos encontramos directamente ante nosotros, nos sentimos completamente abrumados, indefensos y desorientados, y la angustia se apodera de nosotros. Esa ‘viralidad’ de información parece haber fracturado irremediablemente nuestra capacidad para mantenernos en calma cuando nos detenemos (y vemos); parece haber vuelto de nuestro natural horror vacui, una enfermedad de desasosiego crónico.

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Y de pronto parece que todo fue culpa de aquel encuentro, porque fue por efecto suyo que nos sentimos así. Pero es el virus que se hospeda en nosotros la verdadera causa de nuestra enfermedad. Lo que pasa es que nos ha debilitado tanto, que ya no sabemos separarnos de él; estamos tan acostumbrados a su presencia, que se nos olvida que somos algo distinto a él, algo con vida propia.

En este punto, es importante volver a la consideración de ese horror vacui. Es mucho más que sólo un miedo. Ese desasosiego es indicativo de algo más: es nuestra voz interna, que se rebela contra ser silenciada y olvidada; que se rebela precisamente contra todas las amenazas que un virus así representa. 

Al final, este miedo es el signo más fundamental de que somos seres humanos: somos vida en busca de sentido. Y el horror vacui es el instinto vital que tenemos de luchar por nuestra propia vida, pues en nuestro caso esa lucha consiste en pelear en contra de que nuestra vida carezca de valor, o significado alguno.  Y, por lo que refiere a esos malestares que describí al comienzo, no son más que padecimientos momentáneos, efecto inicial de habernos abstenido de la droga que nos estaba consumiendo. Si enfrentamos la situación, ese desasosiego eventualmente regresará a su dosis natural (que como ya vimos, es una dosis sana).

Aprovechemos este período de aislamiento forzado, para aprender a mantener una ‘sana distancia’ de eso que nos tiene tan enfermos. Limpiémonos a fondo de la viralidad de información que nos infecta, y atrevámonos a voltear a ver en nuestro interior, donde lo mejor de nosotros está esperando a ser descubierto. 

Referencias

  1. «Diversión», 139 (Brunschvicg). Pensamientos, trad. Carlos R. de Dampierre, Gredos, 2012.
  2. GM, III, §1. Genealogía de la moral, trad. Andrés Sánchez Pascual, Alianza, 2011.
  3. «φάρμᾰκον: drug, whether healing or noxious(…)». Logeion, https://logeion.uchicago.edu/%CF%86%CE%AC%CF%81%CE%BC%CE%B1%CE%BA%CE%BF%CE%BD, consultado el 08 de abril del 2020.
  4. 171 (Brunschvicg). Pensamientos, trad. Carlos R. de Dampierre, Gredos, 2012.
  5. Considerando los primeros dos meses del año, esto es lo que pasa en Internet en un minuto en 2020: se realizan 4.1 millones de búsquedas en Google, se mandan 190 millones de mails, se mandan 59 millones de mensajes por Whatsapp y 19 millones de SMS, se ven 4.7 millones de videos en Youtube, hay 194,444 personas twiteando y 694,444 viendo Instagram, se observa lo equivalente a 764,000 horas en Netflix, y se gastan 1.1 millones de dólares en compras en línea. https://www.allaccess.com/merge/archive/31294/infographic-what-happens-in-an-internet-minute

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