Nº 1432

IMG_1697.jpegPor Diego Minakata Carral

PRÓLOGO

En medio de un bosque de pinos y cipreses, donde las piedras pierden su color rojizo y se vuelven blancas, hay un pequeño lugar de gente trabajadora.

LIBRO I: OTOÑO

Mientras septiembre desazona, las hojas huyen perdiéndose en un cielo cada vez más impasible. La mayoría simplemente caen rendidas, viciando la esperanza. 

El amanecer comienza a evidenciar el rocío del césped. Mientras las últimas estrellas testimonian la noche anterior ya se escucha el andar de algunos lugareños. El son del pueblo comienza con sonidos familiares que anuncian las usanzas que sucederán después. Los rayos del sol, que surgen cada vez con más fatiga, aún logran delinear las tejas de las casas, que, en su conjunto, parecerían ser una sola. 

La costumbre para ponerse a trabajar es despabilar con un café expreso. Los niños lo acostumbran a diluir con algo de leche para evitar muecas y los antojadizos lo acompañan con uno o dos bollos para apaciguar el hambre. La gran tragedia para algunos es que el desayuno sólo se acostumbra durante las fiestas populares. El riachuelo en estos días suele cargar sonidos más fatuos por las lluvias cuando, ordinariamente, a duras penas logra mover el molino de agua.

LIBRO II: INVIERNO

Es un pueblo pequeño pero acogedor. Callejones largos, lo suficiente para generar encuentros: gratas coincidencias periódicas y puntuales entre los habitantes. Y una extraña obsesión entre ellos por cerrar siempre las puertas de sus casas. 

A los hombres del bosque se les suele ver caminar enfilados y a gran velocidad para ir a trabajar, como si el andar ya fuera una perdida de tiempo. Las mujeres se dedican a la imposible tarea de convertir el cuchitril en un hogar. 

Como una medida desesperada para sobrevivir al clima, y al estudio, se acostumbra a tomar el café aún más cargado de lo habitual. El cielo del medio día y las fuentes se congelan. Los recuerdos, se congelan. Los sonidos hibernan. Los arboles mueren junto con los secretos. Y el corazón llora melancolías: echa de menos lo que el invierno se llevó. Llora cundo la temperatura encrudece. Llora porque extraña lo que el tiempo arraigó y el invierno mató. 

LIBRO III: PRIMAVERA

Suele hablarse mucho del pueblo, pero pocos lo han visitado. Nunca ha sido un secreto para la gente. Simplemente los viajeros del tren, al pasar por las pequeñas casas de la colina, siendo derrotados por la rutina no  voltean a ver el lugar. 

La aldea se antoja desproporcionada en comparación al bosque que lo rodea, sobre todo cuando los arboles cargan más hojas de las que en realidad podrían tener. Sustituyen el café por el té. Los aromas se fusionan mezclándose con ayuda del viento, que de cuando en cuando, se mete entre las ramas animándolas a bailar. 

El lugar es bien conocido por conseguir el mejor helado de pistache que, más que un recuerdo de invierno, se toma para endulzar corazones acostumbrados a los sinsabores. Las alegrías crecen en forma de flor, se comen con un asado, se toman con cerveza y se entonan con una guitarra. Cantándole a la juventud. Al primer amor. Se abren las ventanas al nuevo sol.

LIBRO IV: VERANO

Terminan de pasar las últimas avionetas, volando como sombras sobre el cielo. Los atardeceres de naranja despiden al sol. Tonalidades que con el paso del tiempo maduran hasta volver a nacer. Los colores se opacan. Parecería que el eterno día llega a su fin. Como la vela titubeando al saber que el fuego no podrá ser capaz de consumir nada más para dar luz. El día se calla, así como los instrumentos al acercarse a las últimas notas de una melodía. Se va como una despedida inesperada. El corazón se estruja con el abrazo y la inminencia de la oscuridad. Esperanzado. Sabiendo que en la noche también encontrará belleza. 

Se cantan canciones con más precaución para no despertar sueños sobre nubes de plata: «la luna ha già fissato l’appuntamento». La plaza está inusualmente iluminada para tararear poemas. En el ayuntamiento, el reloj del pueblo, parado, sin moverse; probablemente por el rayo que alguna vez cayó o como un afán desesperado por conservar el momento. 

Las vísperas de la conmemoración le cantan a las próximas fiestas: «Oí tu voz como se oyen las voces que cantan al corazón. Y ya no dudé. Dudaría más de que estoy vivo que de que no existe la verdad». Se aclaran las gargantas con vino y tabaco caliente. A lo lejos, las estrellas. Y la aldea encendida, las imita.

EPÍLOGO

Se rumorea que todos los años pasa lo mismo, cuando en realidad las cosas suceden nuevamente por el simple hecho de ser importantes. Como las estaciones del año, el poblado se adapta al tiempo y, así como el escenario varía dependiendo del clima, la vida entre ellos cambia también. Unos van y otros vuelven, la mayoría llega una primera vez; pero nadie se va absolutamente.

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