Una apreciación de la humildad

64ee2a4d-e31f-4367-9727-64dbead1d04d.jpgPor Gabriela Llanos Elizondo

De la palabra humus (tierra) se derivan «humildad» y «humillación». Son palabras que indican la condición baja de algo y sugieren de su opuesto una condición superior. Despreciamos algo cuando consideramos que tiene poco valor, al mismo tiempo, nos consideramos superiores a aquello. La humildad puede ayudarnos a reconocer el valor adecuado de algo para no sobreestimarlo. Exploro distintos tipos de humildad y motivos por los que acontecen. A veces se busca el abajamiento por sí mismo, a veces por alguna otra cosa y otras veces simplemente sucede.

Empecemos por la humildad desde un contexto religioso.  Aquí, la humildad puede verse como un rechazo en dos ámbitos: uno espiritual y otro material. En el espiritual, se busca dejar de lado la soberbia u orgullo para no atribuirse ilusiones de grandeza y reconocerse como inferior ante Dios. El religioso renuncia a su voluntad para entregarse a la de Dios. En el rechazo material, se trata de no apegarse a los bienes materiales y reconocerlos como pasajeros. Los votos de pobreza estimulan ese desprendimiento de lo material. Con todo, el religioso se sabe sumamente dotado a pesar de sus carencias materiales. Por Dios confía en que despreciando lo mundano podrá alcanzar los bienes eternos. Hace trampa. Sólo acepta lo humilde en la medida en que dirige su mirada hacia lo alto. Todavía desprecia lo que considera bajo, sólo reordenó las etiquetas. 

Acaso la humillación pueda ser un tipo de humildad, o por lo menos, están emparentadas entre sí. Pero a diferencia de la humildad, en algunos casos santa, la humillación puede ser profana; más allá de una injuria o blasfemia contra algo religioso, en el ámbito humano. Humillar a alguien es un acto depravado y ofensivo. Puede ser que alguien humille por mero gusto, quizá sienta que humillando reafirma su propio poder, o que le deleite tener ante sí a alguien desprotegido, atemorizado, impotente y vulnerable. Análogamente, tal como puede haber un perverso humillador, puede haber un humillado pervertido. Sería igual al caso del humillador, sólo que ahora el que recibe la humillación es quien disfruta. Ambos perversos gozan al causar o recibir estos sentimientos, y lo hacen más bien por gusto que por necesidad (no tomo en cuenta necesidades patológicas). 

Pero no toda la humillación es perversa ni proviene de un humillador intencional. Lejos de los casos en donde alguien busca humillar, están los casos en los que uno puede causar humillación a otro sin así quererlo. Sostengo que la humillación, a diferencia de la humildad que describí arriba, no suele llevar un componente voluntario. La humillación es un choque, te sucede sin que lo quieras, y puede provenir de uno mismo o de los demás. Fallar en la realización de un acto sencillo puede ser vergonzoso o humillante. La exposición de ese intento ante un público y la sencillez inherente a la acción exacerban el sentimiento. 

Por ejemplo, supongamos que alguien está aprendiendo a patinar y tú ves, sin malicia, cuando se cae. Aquella persona puede sentir humillación por el solo hecho de que presenciaste su caída. En ese caso, la humillación se recibe de alguien más. Si esa persona se avergonzara incluso cuando nadie la ve, entonces la humillación proviene únicamente de sí. Nadie encara su propia inutilidad con gusto, y menos cuando llega por sorpresa. Si desde la soledad de mi casa una torpeza inesperada me sorprende y avergüenza, frente a los ojos de alguien más ese desconcierto se vuelve rubor. 

Queda, por último, el caso de humildad que se da sin agrado y por necesidad. Ésta es la humildad más dolorosa, en parte porque es inevitable, ineludible e insalvable. A menudo se manifiesta en la indigencia. Más allá del romance y de la teoría que puede haber en el desprendimiento religioso de lo material, se requiere de una gran convicción —o ingenuidad— para acoger con agrado un despojo total de los recursos. Lo digo porque, más allá de lo dispuesta que pueda estar la gente a renunciar a su comodidad, quien hace el cambio completo está convencido de la providencia de Dios por encima del agravio psicológico que causa el saberse completamente desposeído de la más mínima ayuda material. Ha de ser francamente aterrador y agobiante sentir que a cada minuto te hacen falta alimentos, oportunidades, salud, recursos… Sentir que a donde sea que voltees, frente a los ojos ajenos puedes reconocer en ti una penuria palpable y una dignidad escoriada. 

Dudo fuertemente que alguien escogería por su propia voluntad someterse a los rigores psicológicos que implica el no tener dinero ni oportunidades para sobrevivir, sin contar lo pernicioso que puede llegar a ser vivir en tal contexto. La más auténtica clase de humildad o humillación no tiene nada de voluntario y tiene todo de necesidad. Es la miseria. Más allá de lo que pueden ser una humildad santa o una humillación perversa, está una tercera que es ineludible. Es difícil que las primeras dos sean voluntarias, pero llegan a serlo. La tercera, por su parte, la impone una necesidad inclemente. Muy lejos de estar como la humildad glorificada, la indigencia desesperada se encuentra en el olvido.

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