Cambio de discurso, no de principios

Por Ana Fernández Núñez

Hola. Quiero platicar contigo, dialogar. Si no estás dispuesto a abrirte a un diálogo, te pido por favor que leas otra cosa, hay muchas otras cosas interesantes en este blog o en cualquier otra página de internet. Si estás dispuesto a dialogar, quédate. Si no estás dispuesto pero te sentiste retado por lo anterior y ya llegaste hasta este punto, pues lee. ¡Bienvenido!

Ya que te tengo leyendo, quiero compartirte mi inquietud. Me cuesta trabajo dialogar por mi torpeza, por la falta de empatía que siento o que en ocasiones genero. No creo ser la única persona que encuentra estas dificultades pero, aunque todos las vean, algunos las ignoran e intentan dialogar o las entienden y callan. La urgencia de diálogo es palpable en nuestra sociedad porque, o no existe o es sumamente básico lo cual lo convierte en muchas ocasiones violento. 

Como ciudadana mexicana del 2020 he sido testigo de la falta de diálogo y empatía de los que tanto se jacta el siglo XXI. He encontrado muchos foros y mesas en las que se permite esta práctica. Aplaudo el esfuerzo de quienes generan los espacios. Todo eso está muy bien y se deben seguir propiciando por universidades u otras instituciones. Sin embargo, ¿qué pasó con el diálogo orgánico? ¿Le tengo que pedir permiso a una institución para crear un espacio de diálogo? La mesa de mi comedor, el salón de clases, la oficina, el bar o la calle, ¿ya no tienen permitido ser espacios de diálogo? He presenciado pocos diálogos de ese estilo en mis 21 años de vida. Pienso que no estoy haciendo una generalización injusta cuando afirmo esto. Además todos hemos entorpecido el diálogo por atacar con nuestros principios. Se me vienen a la cabeza un montón de ejemplos que han estado presentes en las últimas semanas. Sin embargo no los mencionaré en este texto pues prefiero que el lector elija su problema social favorito, pues tenemos de sobra.

Cualquiera diría que es válido defender nuestros principios. De acuerdo. Sin embargo ante esta urgencia de diálogo, urge cambiar el discurso con el que nos expresamos. Cambio de discurso, no de principios. Nuestros principios son importantes, configuran nuestro modo de vida y pensamiento. Por eso cuando atacan nuestros principios, nos sentimos atacados personalmente y queremos, naturalmente, contraatacar. La batalla, ¿ayuda al diálogo o es una alternativa eficaz?

Podemos defender a capa y espada nuestros principios. Sí. Sin embargo, en ocasiones eso implica un ataque directo al principio de alguien más. La riqueza del diálogo está en escuchar y hablar, escuchar y hablar, escuchar y hablar. ¿Cuándo  entenderemos que tanto escuchar como hablar, acciones humanas, se corrompen con la violencia? ¿Por qué deshumanizamos el diálogo convirtiéndolo en gritos y golpes? Existen foros, existen espacios de diálogo opacados por las intenciones de quienes oprimen para gritar y golpear, gritar y golpear, gritar y golpear.

Ante la violencia en el diálogo uno puede reaccionar de dos maneras: o responde con violencia, o se cohibe quedándose con los principios para sí, por miedo a mostrarlos o perderlos. Más allá de la aparente presión social por no mostrar los principios, el miedo a perderlos es más peligroso. Si los principios no están bien fundamentados y uno los muestra, los perderá inmediatamente pues cualquiera, al cuestionarlos, los destruirá. Así muchos por la incapacidad, debilidad o pereza por fundamentarlos, prefieren no hacerlo y seguir creyendo sus principios, reservándolos de la discusión. Esto solo genera un monopolio en la discusión pública que imposibilita el diálogo. Volvemos a gritar y golpear. 

¡Qué bonito suena el diálogo! ¡Vaya utopía que nos estamos inventando! Sin embargo es lo más deseable. Quien comienza la guerra nunca lo quiso hacer por la guerra misma. La guerra siempre es la última alternativa. Ahora, en lo que concierne a nuestros principios, y te invito a pensar en los tuyos, ¿ya llegamos al momento de la guerra o todavía aguantamos otro intento no violento? Repito: nadie quiere ir a la guerra, ¿o tú sí? ¿Ya te cansaste de hablar y escuchar o ni siquiera lo has intentado? 

Todo esto presenta un montón de problemas, lo sé. Sin embargo yo solo quiero hacerte pensar en tus principios y que los fortalezcas no para que sean mejores argumentos para atacar, ni siquiera para que sean un muro sólido para la defensa, sino para que te permitan establecer un diálogo. Un diálogo fuerte, consistente y consecuente. No una plática débil o sin importancia, un diálogo trascendente. 

Con lo que he dicho no quiero desacreditar las prácticas no dialógicas para defender principios como lo son las marchas, homenajes, exposiciones artísticas, etc. Solo quiero plantear otro tipo de soluciones no para que suplan las mencionadas sino para que las acompañen. Otras manifestaciones de principios son muy válidas, sobre todo en el marco de injusticias, como las que vivimos en este país. Mi tesis es: cambio de discurso, no de principios. Modificar la envoltura no solo es conveniente sino necesario.

Entonces, ¿solo basta cambiar el discurso? ¿En serio, la forma de expresar nuestros principios es realmente importante? No parece tan obvio. Pero sí es importante la forma porque es el modo de recibirlo. Un «te quiero» se confunde con un «te odio» fácilmente por el tono, momento y medio. Así que empecemos a elegir el tono adecuado para hablar, el momento preciso para actuar y el medio correcto para comunicar.

2 comentarios

  1. Buen texto. De acuerdo. Creo que la principal manera de crear diálogo en esos espacios no establecidos por instituciones es ponerse a sacar el tema. Es decir, importunar a los que se importunen para que se acostumbren a ser importunados. Conquistar el diálogo. Echar a la masa fuera de la plaza pública. Evitar espacios que, estructuralmente, imposibilitan el diálogo: redes sociales, o habitaciones con televisor encendido. ¿No crees?

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