Brindis cómico

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Por Jacobo Buerba Gómez

      Corazón apasionado 

disimula tu tristeza 

Canción popular

El mexicano vive rodeado de su gente, pero vive en perpetua soledad. Máscara el rostro y máscara la sonrisa. Huraño, detrás de sus mil caras puede ser espinoso y cortés a un tiempo, puede reír y llorar a la vez. Todo le sirve para ocultarse:  silencio y estruendo, amabilidad y desprecio, somos contradicción encarnada. Pero en la paradoja una virtud, la luz que desvela, y deja desvelar, lo escondido en nosotros. El mexicano sonríe para ocultarse, pero a carcajadas expresa lo que esconde y a carcajadas pide a sus allegados hacer lo propio.  

Vivimos apilados, unos encima de otros, pero no queremos ni rozar con los ojos al vecino, como si una mirada nos convirtiera en prisioneros del otro. Y comienza la tortura: “bien gracias” (pero para nada te importa), “¿y tú?” (pero para nada me importa). Sonreímos, cortina de humo, y retirada. Si al salir olvidamos las máscaras, andamos por las calles como desollados: todo puede herirnos, nervios a flor de piel.

Nuestra palabra está cargada de trampas y claros de pradera, de figurados y literarios. Nuestro silencio puede ser ataque y repliegue, tormenta y arcoíris. Pero nuestra risa es riquísima, exquisita, es sincera, franca. La risa del mexicano arma y desenmascara, y su sentido del humor todo lo ilumina: desde el jolgorio más enardecido, hasta el velorio más ensombrecido. 

El mexicano siempre está lejos, lejos de los que lo rodean, lejos de los que lo “quieren”, pero está sobre todo lejos de sí mismo. Hermético, envuelto en murallas infranqueables hasta para el mismo que las levanta. “Vas a jalar, o te vas a abrir” y abrirse es una traición, una cobardía; es debilidad. Los mexicanos podemos lastimarnos, engañarnos, enajenarnos y hasta matarnos, pero está prohibido “rajarse”. El que se raja pierde su intimidad y queda expuesto, queda vulnerable y queda apestado. 

No quiero ahondar más en el tema de nuestro hermetismo, pero está claro que las murallas las levanta el que se siente en peligro, el que está rodeado de hostilidades. Pero en medio del asedio, y precisamente gracias al asedio, el mexicano se topa con un último recurso. Un ariete que derriba muros, que borra fronteras. Un arma poderosa que cambia el riesgo por reto, el peligro por oportunidad, el hermetismo por expansionismo. Y a carcajadas por todos lados nos vamos a colar. 

Para bien o para mal, la risa es una herramienta indispensable en el inventario del mexicano. Para bien y para mal, no hay un país en el mundo más indicado que México para ayudarla a llegar a todas las esferas de la vida. El humor mexicano es una virtud entre dos excesos que no conoce fronteras, no tiene medida ni censura. Nos reímos del amigo, del enemigo, del hermano, de los padres, de los abuelos, de los profesores, de los empresarios, de los presidentes. Nos reímos de lo sacro y de lo profano. Nos reímos de la vida y nos reímos de la muerte. En el humor mexicano, en la comedia mexicana, nos reímos incluso, y sobre todo, de lo único que tenemos por seguro, de la única persona que no nos va a dejar solos, del primero que nos ama y que nos odia; los mexicanos, seres herméticos que viven aislados de todo a pesar de estar rodeados por todos, nos reímos hasta de nosotros mismos. No hay momento, pensamiento ni sentimiento que un mexicano no pueda cambiar de un chiste, para bien y para mal. 

La comedia mexicana es provocativa: vence prejuicios, pone a prueba creencias y opiniones. Es justa y precisa. Es el punto medio entre la apatía y la hipersensibilidad. La comedia mexicana (y para el resto del mundo: el humor negro) siempre mueve algo en tu interior. Es consuelo para el triste y puntapié para el calmado. Y puede lastimar (con frecuencia lo hace), puede alienar de vuelta al mexicano (y fallaría en su propósito original), pero el riesgo es mejor que la alternativa: romper el silencio a gritos, cambiar la apatía por odio, deshumanizar la tragedia y alejarnos todavía más de lo que estábamos. 

El mexicano que ríe, el mexicano que se carcajea frente a la tragedia, exige ser ofendido de vuelta, exige ser desafiado, exige ser tratado como humano pensante y racional que puede reírse de todo, hasta de uno mismo. Y es que no hay nada más humano que la risa y la risa es la máxima expresión de humanidad, para bien y para mal. La risa son la razón y la sensibilidad en armonía, es un tango entre Victoria y Tragedia, es una canción compuesta por muertos, coreada por vivos. La risa es social por naturaleza, no podemos disfrutar de ella si seguimos aislados. Porque la risa necesita un eco, un coro. Tenemos que escucharla con atención, no es un sonido aislado ni acabado, es un estallido que retumba, como el trueno en la montaña.

Por eso hay que luchar contra la apatía, luchar contra la indiferencia, luchar contra el hermetismo, tan propio del mexicano como la carcajada. No dejemos que nadie nos quite el derecho a reír. Ni siquiera nosotros mismos.

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