Impresiones del Brexit

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Por Rogelio Gutiérrez Álvarez

“Here’s the thing about mistakes. Sometimes, even when you know something’s a mistake, you gotta make it anyway”- Ted Mosby.

No he hecho las cuentas, pero conozco a algunos que sí (o al menos eso afirman). El consenso que alcanzo a discernir entre la gente de números es simple: el Brexit es contraproducente en prácticamente todas las métricas. En lo económico, contraviene la ortodoxia del libre mercado internacional; en lo social, exacerba sentimientos contrarios al ethos actual de tolerancia y multiculturalidad; en lo político, retrata a ambas partes -Reino Unido & Unión Europea, ahora cada una por su cuenta- con menor fuerza, en relación con otras potencias.

De ponernos en los zapatos de una británica cualquiera, hasta parecería ocioso hacer un inventario de motivos por los que racionalmente habría que oponerse al Brexit. Del lado más individualista de este espectro de razones, perder el acceso inmediato al mercado común europeo conlleva la reducción de prospectos laborales y oportunidades de negocio, sin mencionar el potencial encarecimiento de productos y servicios de la Unión Europea.

Al otro lado del espectro, entre las razones de índole comunitaria, destaca una amenaza seria a la integridad del Reino Unido. En efecto, la decisión de abandonar la Unión Europea es descrita por muchos como una ‘imposición’ a los escoceses, con la que se echa leña a aquel fuego independentista. Cabe incluso imaginar que un escenario similar pueda también presentarse en Irlanda del Norte. 

Ante este panorama, resulta difícil entender por qué nuestra británica hipotética se dispararía tan dramáticamente en el pie. Un análisis demográfico minucioso arrojaría mucha luz a este misterio; evidenciaría los motivos que diversos grupos sociales -catalogados por edad, región, quintil de ingreso, antecedentes educativos, etc.- tomaron en consideración al votar en favor del Brexit, tanto en el referéndum de 2016, como en las elecciones generales de diciembre pasado. 

No voy a intentar ese análisis. No tengo ni las herramientas ni el tiempo para ello. Me limitaré a aventurar una conjetura: la miríada de argumentos económicos y políticos en contra del Brexit resultaron inefectivos porque su auténtico desencadenante es de una naturaleza enteramente distinta. Es existencial. Alude al miedo de ver diluida la identidad individual cuando ocurre lo propio con la identidad colectiva.

Esta aprehensión se ve acentuada dada la historia del Reino Unido. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. Hablamos de un país con una identidad muy fuerte, forjada en un aislacionismo impuesto por la geografía, romantizada por un sentido de poderío y grandeza de otra época, una en la que su superioridad naval y financiera le mereció el título de ‘imperio’. De ahí su reticencia histórica al proyecto europeo, demostrada, entre otras formas, por la demora en su adhesión a la Comunidad Económica Europea y su negativa en adoptar al euro.

Imaginemos, pues, que la simpatizante del Brexit, conscientemente o no, asigna a la idiosincrasia británica (o, si se prefiere, a la visión que ella tenga de la misma) un lugar especial, protagónico, en su personalidad individual. Su antipatía hacia la Unión Europea, de contarla entre los responsables de una supuesta erosión de aquella idiosincrasia, será una cuestión de mera autopreservación. 

Con todo, semejante motivación puede razonablemente parecer contraintuitiva, fundada en un error de percepción y en sentimientos e ideas que, hoy por hoy, suelen pintarse como anacronismos. Animado más por una intención de explicar, y no de justificar, de comprender en lugar de juzgar, intento ponerme en aquellos zapatos. Con ellos, el entorno adquiere tonalidades nuevas.

“We struggle so hard to hold on to these things that we know are gonna disappear eventually. And that’s really noble”- Lily Aldrin.

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