Tecnología, ¿un camino utópico o distópico?

singularida.evolucion.jpgPor Juan Carlos Puebla Pavlovich

Ante el porvenir del desarrollo tecnológico existen dos visiones extremas: el pesimismo y el optimismo. El pensar en lo que no ha pasado puede generarnos ilusión o decepción. La falta de certeza nos permite plantearnos panoramas hipotéticos; entre los que se encuentran tanto narrativas utópicas como distópicas. Estas historias se desarrollan describiendo respectivamente un futuro esperanzador o catastrófico para la humanidad. En la modernidad se presentaron corrientes de pensamiento que visualizaban un futuro optimista para la humanidad, estas visiones se materializaron en la Revolución Francesa, teorizada por los ilustrados del siglo XVIII, que creían con firmeza en la destrucción del antiguo régimen. Al terminar con él triunfaría la exaltación de la razón y con ella la humanidad se encaminaría hacia un progreso continuo. Con estas ideas fundamentaron la esperanza de alcanzar un estado utópico. Los avances tecnológicos de la época parecían sustentar su teoría; a pesar de ello, bajo este paradigma de pensamiento, se desarrollaron dos terribles guerras mundiales. Por ello, a mediados del siglo XX, los pesimistas desconfiaron de la idea moderna del progreso, alzaron la voz y expresaron su miedo ante el desarrollo científico.

En el siglo XX, grandes ficciones distópicas narraron su temor a las máquinas. Se popularizaron historias que presentaban un futuro negativo, consecuencia de las muertes y la deshumanización causadas por el desarrollo tecnológico. Algunas de esas historias emblemáticas son Un Mundo Feliz (escrita por Aldous Huxley y publicada en 1932) y —la más reconocida de ellas— 1984 (escrita por George Orwell antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial). El común denominador de estas ficciones es que presentan un estado totalitario y de terror que utiliza la tecnología para generar herramientas de control sobre sus ciudadanos con las que suprimen la libertad. Para estos autores, el futuro nos depara un destino inhumano y oscuro.

Sin embargo, la visión optimista fundada en el desarrollo científico y tecnológico no terminó con los pensadores modernos. Sigue presente a pesar de las dos guerras mundiales. Se encuentra viva en distintos movimientos e ideologías. Uno de ellos es el transhumanismo, que busca eliminar cualquier limitación humana. La postura más radical de esta corriente abraza la posibilidad de perfeccionar todas las capacidades del hombre mediante los avances tecnológicos. Según el profesor de filosofía política Danilo Castellano [1], los transhumanistas parten de la idea de que el hombre puede legítimamente autodirigir su evolución. No existe una naturaleza que lo defina. Él se puede configurar a sí mismo rechazando cualquier ley externa que lo rija. Al despreciar las leyes externas y aceptar sólo lo que la ciencia le dice, el hombre se considera sólo en su dimensión material y desprecia su dimensión espiritual. El transhumanismo invita al hombre a no necesitar de nada ni de nadie, sino sólo de la ciencia. La ciencia le promete la posibilidad de inmortalidad, la destrucción de la enfermedad, la perfección ilimitada de sus capacidades, etc. Se convertirá en un dios sobre la tierra: ya no necesitará pensar en el cielo.

Una consecuencia fatal de la visión más radical del transhumanismo es que, en nombre del progreso, puede eliminar toda consideración sobre lo que el ser humano es ontológicamente y con ello atropellar la dignidad de la persona. Su principal peligro, como ya lo mencionamos, radica en negar la humanidad y justificar, en favor del progreso, atropellos en su contra.

Pero no todo es tan oscuro en el transhumanismo. Una de sus ventajas es que reaviva la esperanza del futuro para la humanidad. Para ellos, el progreso sí es posible. Se puede crear un mundo mejor y vale la pena esforzarse para construir herramientas que aporten al desarrollo de la humanidad.

Como contrapeso a visiones optimistas del desarrollo tecnológico como el transhumanismo radical, existen visiones pesimistas sobre el progreso científico. Este pesimismo, reflejado en distopías como la de Orwell y Huxley, nos permite reflexionar sobre los posibles atropellos humanos que podemos cometer. El horizonte que presentan se basa en ciertas prácticas injustas, en algunos casos potenciadas por la tecnología. Series como Black Mirror intentan reflejar los problemas que puede ocasionar el optimismo futurista sustentado en los avances tecnológicos. Los capítulos de esa serie británica logran despertar temor en los espectadores porque nos llevan a reflexionar sobre las consecuencias de una aplicación desordenada de estas ideas. En general, todas las ficciones muestran algún aspecto verdadero de la humanidad; por eso es que las narrativas distópicas nos causan repulsión.

Hasta el momento hemos extrapolado las posibles visiones sobre el futuro. Es cierto que existen muchas más: no todos los optimistas le tienen fe ciega a los avances científicos, ni todos los pesimistas rechazan por completo a la ciencia.Pero, independientemente de la visión que cada persona tenga sobre el futuro y los avances tecnológicos, es importante recordar dos principios en la persona: el factor humano y el antropocentrismo. Las posturas extremas hasta ahora presentadas carecen de la consideración de estos principios.

El factor humano nos recuerda que el hombre tiene limitaciones ontológicas y que no puede ser un dios en la tierra. Con nuestras limitaciones experimentamos la presencia del error. Nos podemos equivocar, pero el errar no es tan malo, porque nos recuerda que tenemos la capacidad de elegir. Al errar experimentamos la libertad. El transhumanismo radical trata de eliminar todo error y limitación humanas. Olvida que es propio del hombre errar, y que al equivocarse el hombre recrea experiencias que le permiten aprender. El típico ejemplo del aprendizaje en el error se da en la infancia: cuando un niño toca el fuego se quema y experimenta dolor, pero aprende que el fuego lo daña. El factor humano es insustituible, pues con él recordamos que estamos vivos, que somos libres y que podemos aprender de cualquier error. Los optimistas del desarrollo tecnológico deben reconocerlo para desarrollar instrumentos que se adapten a lo que es ser hombre.

El otro principio es el antropocentrismo, no me refiero sólo a poner al hombre en el centro de todas las cosas, sino también a tener esperanza en él. Una fe en que los hombres sí podemos dirigirnos hacia un mejor futuro. Es fundamental saber reconocer las mejoras humanas que han producido los avances tecnológicos y admirarnos ante la capacidad del hombre de conocer cosas nuevas. A los pesimistas hay que recordarles esta idea y animarlos a plantear nuevos horizontes positivos para la humanidad sin descartar o negar los avances científicos.

Es bueno que existan utopías y distopías, no sólo porque estas narrativas nos han regalado grandes películas (como Blade Runner o Mad Max–), libros y series de televisión, sino porque nos permiten visualizar escenarios hipotéticos que muestran la capacidad única del hombre de contar historias. Ellas manifiestan reflexiones sobre nuestro futuro. Esas reflexiones radicales nos hacen pensar sobre los riesgos y consecuencias de la tecnología. Pero no hay que olvidar que son ficciones: la tecnología en el futuro no nos hará dioses en la tierra, tampoco nos exterminará.

Referencias:

1. Castellano, D. (n.d.). «Las consecuencias sociales y políticas de una sociedad con hombres mejorados». Universidad De Udine.

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