La generación que se rompió

Por María Julia Turner

Rapidez. Instantaneidad. No por nada las historias de Instagram alcanzaron los 500 millones de usuarios diarios en enero de 2019 (Statista, 2019); la capacidad para profundizar en un texto ha menguado considerablemente y, ¿alguien ha notado el incremento en intensidad y velocidad de las imágenes en las películas de Disney de los últimos años?: de pronto, la épica batalla final de Mulán (Bancroft, Cook, 1998) apenas parece un reto en comparación con la violencia fantástica que presenta Los Increíbles II (Bird, 2018).

Comodidad. Facilidad. Todo al alcance de un clic. Recuerdo que, hace unos 15 años, mi papá llegó a casa trayendo en las manos un libro sobre el futuro, estaba lleno de imágenes y gráficas sobre lo que el siglo XXI traería consigo. Con todo el tiempo libre del que goza una niña de 7 años, devoré el libro una y otra vez, fascinada con los asistentes digitales y los hogares inteligentes que sonaban casi tan mágicos como las películas de Harry Potter que tanto me gustaban. Hoy, apenas parece sorprendernos el hecho de poder hablar directamente con una persona al otro lado del mundo. 

Calificación. Percepción. Presión. Todo es evaluado, todo es comentado: si gustó, si no gustó, si vale la pena, si debiera dejar de existir. Elegimos un restaurante según las estrellas que tiene en Google y cancelamos un Uber si su calificación no es buena. Nos tasamos según el número de likes que tuvo nuestra última publicación y suponemos que el tema noticioso más importante para hablar es la última tendencia en Twitter. Si no se habla de ello, no existe; si no me crees, pregúntale a los rohingya

Rapidez, comodidad, calificación. Estos tres elementos, sin ser necesariamente negativos, explican gran parte de la tensión en la que vivimos. ¿Cuándo fue la última vez que te sentaste a no hacer nada? Y cuando digo «nada», me refiero a eso: nada. Es decir, estar sin celular, sin Netflix, sin música. La cantidad de estímulos a los que estamos sometidos todo el tiempo nos llena de ruido interior, un estruendo que nos hace fóbicos al silencio. El silencio nos enfrenta con nosotros mismos: aun con la cantidad de veces en que nos sentimos evaluados socialmente, quizás no estamos preparados para lo que podríamos encontrar si decidimos mirar hacia dentro. 

Quizás este no sea el contexto más alentador. Ahora, pensemos en los niños que nacieron entre 1996 y 2001. Los que hoy son universitarios crecieron en esta trama de rapidez, presión social y sobre-estimulación mediática. Probablemente, a los 5 años ya jugaban en la computadora; a los 10 años, mintieron sobre su edad para poder abrir su primera cuenta de Facebook. Pasaron su adolescencia envueltos en redes sociales y mirando series vía streaming. Crecieron presionados por crear una imagen virtual, y se olvidaron de que ella apenas forma parte de lo que son en realidad. Han estado sujetos a estímulos mediáticos desde sus primeros años, y es muy probable que los momentos de silencio escasearan cada vez más conforme iban creciendo. Esta es la generación que hoy está en la universidad. 

Los sucesos de las últimas semanas (i.e., lo sucedido en el ITAM) han dado mucho de qué hablar sobre la ‘generación de cristal’. He escuchado muchas opiniones al respecto que, como muchas otras cosas en nuestro “mundo tolerante”, están muy polarizadas. Por un lado, tenemos a los que piensan que la exigencia es mucha, que las instituciones son las culpables y que vale la pena dejar de estudiar para protestar… con el fin de poder estudiar. Del otro lado de la trinchera, están los argumentos que destrozan a la ‘generación de cristal’: la llaman frágil, débil, incapaz de resistir un «poco más de esfuerzo». «Todos hemos pasado por eso», dicen muchos mayores mientras sonríen irónicamente, demostrando un deje de desprecio por los jóvenes que no poseen su mismo talante. 

 Como ocurre en cualquier debate, ambas posturas tienen algo de razón. El hilo para salir del laberinto en el que se encuentra la discusión está en el cuestionarse sobre el ‘para qué’. ¿Para qué una institución exige lo que exige? ¿Cuál es la razón del método que utiliza? Si la respuesta es «por mantener una imagen»; si la respuesta es la exigencia por la exigencia, tenemos un problema. 

En cambio, si la respuesta está centrada en lograr que cada alumno sea una mejor persona, un profesionista en servicio de su país, un ciudadano ejemplar en busca del bien común, es necesario, entonces, plantearse cuál es la mejor manera para cumplir con ese objetivo. Con esto, no tengo la intención de sugerir que el nivel de exigencia sea menor, sino enfatizar que para poder sacar lo mejor de las generaciones más jóvenes es fundamental comprenderlas. Sí, es muy probable que su capacidad de concentración sea menor y que tengan problemas de estrés y ansiedad; la cantidad de estimulación mediática que han tenido desde su infancia está cobrando su cheque. No se trata de justificar la pereza y la falta de esfuerzo, pero sí de comprender un nuevo contexto generacional que trae consigo nuevos retos a nivel personal, familiar, institucional y social.  

Chesterton solía decir que el hombre viejo siempre está equivocado y los jóvenes siempre se equivocan al intentar señalar en qué está equivocado el hombre viejo. Lo que el escritor inglés escribió en 1922 continúa ocurriendo: nos enredamos en batallas intergeneracionales que se culpan entre sí de los problemas del mundo. ¿Cómo podremos enfrentar los obstáculos que supone el nuevo ritmo de vida que llevamos si los viejos culpan a los jóvenes y los jóvenes a su vez se niegan a escuchar a los viejos? Tal vez la generación débil y rota no es la que «aguanta menos», sino la que no sabe escuchar. 

Rapidez, comodidad, calificación. Estos elementos seguirán creciendo en intensidad. Los niños que hoy nacen en un mundo transmediático se enfrentarán a problemas que ni siquiera imaginamos. Sin embargo, por eso mismo, tendrán fortalezas también desconocidas. Si somos listos, sabremos ayudarlos a usarlas para enfrentar los retos que el futuro traiga consigo; y lo haremos, no como generaciones divididas por el tiempo, sino como una maquinaria en la que cada pieza es necesaria.

Referencias

  1. Instagram Stories daily active users 2019 | Statista. (s.f.). Recuperado el 26 diciembre de 2019, de https://www.statista.com/statistics/730315/instagram-stories-dau/

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