¿Y si digo que no?

Por Luis Enrique Rodríguez González

Ejemplos no nos faltan de la habilidad que tienen las nuevas, o a veces terriblemente viejas, caras de la política para torcer los hechos con tal de no contradecir la narrativa dictada cada mañana por Su Santidad el presidente. ¿Qué nos traerá este fenómeno si continúa plagando el seno de la producción jurídica del Estado, el Poder Legislativo?

Para empezar, creo conveniente esclarecer el propósito específico de este artículo. De ninguna manera pretendo narrar las noticias o criticar las políticas que intenta implementar el partido en el poder. Lo que busco es dar un breve vistazo al fenómeno del manejo del Poder Legislativo por fuerzas externas, mismas que causan estas “maromas” de opinión a las que recién me referí, y los peligros que conlleva. 

Habiendo aclarado el punto anterior hay que observar que en más de una ocasión hemos visto que las opiniones personales de algunos personajes de la política han dado un giro de 180 grados. A grandes rasgos,  la “maroma” se produce de la siguiente manera: primero, el sujeto genera una idea primigenia, derivada —supongamos— de una ideología y convicciones personales; segundo, sucede un hecho polémico o controversial sobre el cual un superior jerárquico se pronuncia en sentido contrario a la idea primigenia del sujeto, antagonizándola de alguna manera; tercero, el sujeto cede a la presión de su superior, traiciona su primer juicio y adopta ciegamente la idea de este segundo actor; finalmente, el sujeto termina defendiendo a capa y espada esta idea que le es extraña, simplemente por obedecer una jerarquía. 

Es importante notar que lo que distingue a una “maroma” de un simple cambio de opinión es que la primera es peligrosa, pues existen de por medio presiones directas o indirectas de un superior político al sujeto para desfigurar y cambiar su postura respecto del hecho controvertido, aunado a una imposibilidad de disentir. 

El caso más evidente y peligroso de este fenómeno lo encontramos, en mi opinión, en el Congreso de la Unión. Esto sucede porque sus miembros, tanto diputados como senadores, tienen la imposible tarea de responder a dos amos, ninguno de los cuales deberían tener: los líderes de su grupo parlamentario y de partido y, en el caso de la autodenominada “bancada del presidente”, al Sr. Presidente en lo que mande y comande. Analizada la figura del líder del grupo parlamentario, teoréticamente no está mal, es necesario organizar a la bancada para lograr los objetivos estratégicos de un partido, pero en la práctica exceden sus facultades, pues al simplemente ordenar el sentido en que deben votar los miembros de la bancada, se elimina la posibilidad de un voto libre y representativo. En lo que hace al control que ejerce el presidente sobre su bancada, ello es evidentemente una violación al principio de separación de poderes. Ambos casos son graves en sí mismos, pero son sintomáticos de un problema mayor: una grave desestimación de la razón de ser de las instituciones legislativas. Recordemos que un diputado o senador existe para representar los intereses de un sector demográfico o una entidad federativa respectivamente, a fin de establecer dos cámaras que actúen como contrapeso mutuo interno en el Poder Legislativo a nivel federal. Si los integrantes de estas cámaras tienen que responder primero al dirigente de su partido y después al presidente cuando cambie de opinión ¿En qué momento se protegen los intereses del ciudadano o la entidad en el pacto federal? Es sencillo: salvo en contadas excepciones, simplemente no sucede. 

De lo que he hablado hasta hora, nada es nuevo. La presidencia imperial no es invento del año pasado y los grupos parlamentarios que arrean los votos en las cámaras y los legisladores que lo permiten tampoco. Siendo así, sería muy fácil descalificar estos problemas como el status quo de la política y diciendo que al menos es un caos controlado. Yo no veo las cosas así; hay una nueva amenaza: la colectivización de la opinión.Esto le es natural a los movimientos basados en el culto a la personalidad, tal como lo es MORENA. No aludo específicamente a partidos de izquierda o derecha, sino a la acumulación irrestricta de poder en una persona o corporación, y, a través de ella, a la eliminación del derecho personal a la libertad de expresión en el cargo lo que es un primer atentado contra la inviolabilidad parlamentaria y contra el primer contrapeso al poder político, la opinión pública. Es claro que ya hemos tenido gobiernos dedicados a la supresión de la opinión, pero lo que los diferencia de MORENA es el hecho de que su misma plataforma política está diseñada para ello. Anteriormente, el PRI, a pesar de que funcionaba como partido hegemónico, tenía dentro de sí facciones políticas importantes; podías disentir ligeramente si mantenías una línea con los demás, y,  aunque ello está muy lejos del ideal de un parlamento libre, existían destellos de pluralidad. En cambio, MORENA y su coalición uniformizan a través de la coerción política, aprovechándose de la inexperiencia e ineptitud de sus integrantes, del “cascajo” que forman descaradamente sus filas de peones. Ésa es la diferencia: antes eran varios partidos dentro de uno, ahora parece que es uno que se hace pasar por varios.

No me quiero imaginar el momento en que el absolutismo salga de los círculos políticos para mermar la libertad individual de los gobernados. ¿Cómo habrán de defender esta libertad quienes no la saben usar, quienes no la quieren o no la tienen? Hoy, el legislador debería preguntarse “¿y si digo que no?”.

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