Carta a los estudiantes (como yo)

Por María José Fernández Núñez

No vengo a hablar sobre los sucesos ocurridos en el ITAM. Esto no pretende ser una cronología de hechos sino de sentimientos. Tampoco pretendo ser objetiva. Esta carta es, en cierto sentido, un ejercicio de catarsis. Espero que el lector, afectado o no por el acontecimiento, forme sus propias conclusiones, que las comparta y que viva esto con toda la comunidad ITAM.

 Soy alumna de esa institución. Llevo 9 semestres estudiando ahí y he conocido a las mejores personas del mundo dentro del campus. Gracias a esta institución he aprendido, crecido, mejorado y sacado lo mejor de mí misma. Claro que no es perfecto, pero me parece imposible pensar que alguna institución humana lo sea; siempre podemos mejorar: como universidad, como comunidad y como personas. Tampoco espero dirigirme solamente a estudiantes del ITAM; creo que la salud mental es un problema grave que merece nuestra atención. Según la Organización Mundial de la Salud, la salud mental individual está determinada por factores sociales, psicológicos y biológicos. Sin ser una experta me centraré en los factores sociales que podemos mejorar nosotros.

Después de lo sucedido en el ITAM he reflexionado mucho. No me parece exagerado decir que la muerte de Fernanda y todo lo que desencadenó ha impactado a toda la comunidad itamita y a más de una persona externa. Que no se nos olvide que todo esto surge de una muerte. El viernes se llevó a cabo el homenaje a nuestra compañera. Esta ceremonia fue muy emotiva y por segunda vez sentí la potencia que tiene el ITAM como comunidad (la primera fue en el terremoto del 2017). Prácticamente todos los estudiantes que pudieron estaban ahí. Varios directivos, profesores y personal se acercaron a dejar un girasol y unirse a nuestro duelo. Fueron muchos los sentimientos que se percibían. Se sentía toda nuestra tristeza, nuestra frustración y nuestro enojo con la situación en el aire. Cuando llegó el rector todos los sentimientos salieron, se le demandó una respuesta a todas las preguntas que teníamos y un cambio en la institución. Creo que era necesario; la conversación con él duró aproximadamente cinco horas durante las cuales escuchó cada queja y prometió soluciones. Triste y confundida, me fui con un buen sabor de boca. Nos habían escuchado, entendido y tomado en serio. Para mí, esto marcó el inicio del cambio. Ya habíamos empezado, nos tocaba luchar todos juntos para mejorar. 

Ese mismo día, se convocó a un paro total. Ya habíamos hecho historia. Querían hacer más, haciendo el primer paro total en la historia de nuestra institución. Esta decisión me tomó por sorpresa. Para mí lo más lógico siempre fue dejar que el rector cumpliera su palabra: esperar y construir juntos. Dada la incertidumbre y la polarización que se ocasionó, se convocó a una asamblea el domingo 15 de diciembre en las instalaciones del ITAM. Fuimos aproximadamente 300 alumnos que, con puntos de vistas muy diferentes, intentamos aclarar las cosas, proponer mejores soluciones y exigencias en lo que fue uno de los mejores ejercicios de democracia y diálogo que haya visto. Cada uno tuvo oportunidad de exponer su punto, contrastamos ideas y, después de siete horas, llegamos a una conclusión que más o menos nos parecía bien a todos. 

Es a  partir de todo este proceso de crecimiento como comunidad, diálogo y sentimientos acumulados que surge esta reflexión. Estoy convencida de que el ITAM (así como otras universidades) puede mejorar mucho en temas de atención a los estudiantes. Pero esto no es lo único que importa. Nos hace falta humanidad. Nos falta comunidad. Nos falta aprender a proponer y no sólo a destruir. Nos falta aceptar, como estudiantes y jóvenes, que, aunque si tenemos ideas válidas y si somos el futuro del mundo, hay que dialogar. Para construir un mejor mundo tenemos que aprender lo que hay de bueno en cada uno de nosotros y estar más unidos. Que los sentimientos, válidos y entendibles, no nos nublen, impidiéndonos buscar soluciones a largo plazo. Debemos de entender que lo bueno cuesta. 

La salud mental no es un problema de una institución; es el problema de una comunidad. Claro que debemos exigir lo que necesitamos, alzar la voz. Pero también debemos autocriticarnos, saber que parte del problema es nuestra culpa. Debemos entender que la ayuda al prójimo implica la ayuda al próximo. Escuchemos. Dejemos que los directivos hagan su trabajo, probemos las propuestas. Construyamos juntos. Los itamitas, los estudiantes, los jóvenes, México: todos somos una comunidad. Empecemos a hacernos conscientes de eso. Empecemos a tomar nuestra responsabilidad. Exijamos siempre, pero también construyamos. Luchemos para cambiar el mundo. Esta lucha toma tiempo: implica escuchar y construir. Seamos mejores personas; mejores versiones de nosotros mismos. Formemos comunidad. 

Lo sucedido esta última semana me marcó. Me hizo reflexionar sobre mi universidad, mis compañeros y sobre mí misma. Hoy más que nunca, me siento orgullosa de formar parte de esa comunidad. Gracias por el diálogo a todos los que han participado. Gracias por el buen sabor de boca que me dejaron. Sí se puede dialogar con ideas diferentes; sí puedes abrazar al final a quien tiene ideas diferentes. No perdamos la línea. Logramos grandes cosas y, juntos, con calma y siendo críticos, lograremos más. Me duele en el alma haber perdido a un miembro de la comunidad. Me llenan de orgullo mis compañeros. Sigo con sentimientos encontrados, confundida y ansiosa. Está bien. Mi comunidad me respalda. Y yo la respaldo a ella.

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