Las cosas por su nombre

Por José Rogelio Gutiérrez

Hay ciertos atributos del Sr. Presidente que son dignos de admiración. Sería injusto negar, por ejemplo, su perseverancia (dieciocho años en campaña… y contando), su dominio de los símbolos políticos o su conocimiento de Historia de México. Desafortunadamente, llevadas al extremo, estas y otras de sus cualidades resultan vicios en lugar de virtudes. 

Así, la perseverancia deviene en terquedad primero, intransigencia después. No es de extrañar que mire a la crítica con desdén, cuando no con desprecio. Por su parte, la maestría en el uso del simbolismo lleva a una obsesión por las formas y un descuido del fondo: no interesa si una estrategia es eficiente, basta con que encaje en la narrativa favorita, si es preciso reviviendo a Cárdenas para legitimar un combate improvisado y fallido al huachicoleo.

Por lo que hace a su estudio de la historia nacional, no es descabellado afirmar que el Sr. Presidente se ha vuelto rehén de sus lecturas. Ha encontrado un hilo literario -las “transformaciones”- en el que obstinadamente se considera el siguiente eslabón: de ahí su obsesión con su alegada cita con la Historia, un encuentro que el destino le tendría preparado con Hidalgo, Juárez y Madero. De esta suerte, desde campaña le pareció legítimo rotularse a sí y a los suyos como la “cuarta transformación”, los redentores de la patria.

Curiosamente, el Sr. Presidente logró, quizá sin siquiera proponérselo, encantar no sólo a sus incondicionales con este estribillo, sino también a sus opositores y críticos. Referirse a la presente administración como la “4T” es moneda corriente, cuyo intercambio le hace un flaco favor a tiros y troyanos. 

Al partido en turno, le ha servido como escudo a su autocomplacencia y justificación de sus errores. En efecto, el único modo en que uno pudiera aceptarse como parte de una transformación histórica antes de que dicha transformación siquiera comenzase, consiste en adoptar la enfermiza narrativa de los elegidos del destino. Así pues, si ya está escrito que la transformación será obra suya, podemos también perdonarles de antemano cualquier error, cualquier letargo en la obtención de resultados en seguridad, economía o educación, pues estos “pequeños fracasos” se vuelven instrumentales en la consecución del objetivo final.

Asimismo, el delirio de la transformación predestinada les sirve como analgésico moral: les parece lícito, pues, ignorar principios que asumen como propios cuando el fin justifique tales medios. Para con ellos, se vale -y es hasta loable- doblarse ante presiones extranjeras (en lo migratorio) o el poderío de criminales (en el combate al narcotráfico), ignorar el daño medioambiental (en lo energético) o desdeñar requerimientos técnicos (en lo aeroportuario). La lista podría seguir.

En vista de lo anterior, resulta por demás curioso que buena parte de los críticos de la presente administración hayan sucumbido por igual a la muletilla de la “4T”. Tal vez sea una concesión de buena fe para animarlos a cumplir sus propósitos, diseñada para emular el sentimiento del pasante que, yendo por primera vez a tribunales, escucha a los demás referírsele como “Licenciado”. Con mayor probabilidad, se trata de un descuido por falta de reflexión, con el que lamentablemente se nutren delirios de grandeza histórica.

Si hemos de mejorar, habremos de llamar las cosas por su nombre. Aquí no hay “cuarta transformación”. Aquí hay una enorme deuda moral de quien vendió esperanza a muchos y quizá haya buenas intenciones. A la par, y hasta nuevo aviso, aquí hay analfabetismo económico, tibieza -¿o ingenuidad?- en materia de seguridad, retroceso en el Estado de Derecho, desprecio por la ciencia, dilución de principios constitucionales y un largo etcétera. ¿Cómo se le llama a eso?

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