Reflexión de una amante de la CDMX

Por Ana Fernández Núñez

El intenso movimiento en la Ciudad de México estresa a la gran mayoría de sus habitantes. Otros, enloquecen a causa del pesado tráfico o flujo de personas en las redes de transporte público. Sin embargo, otros quedan fascinados con esta gran ciudad. La capital de México es la décima ciudad más poblada del mundo. Además, miles de personas del Área Metropolitana de la ciudad la transitan diariamente. Y tantas personas se vuelven difíciles de controlar. Lo que sucede en la ciudad se acaba dividiendo en dos tipos de fenómenos: lo lícito y lo ilícito, y lo ilícito sobreabunda. La cantidad de comercio ambulante, las faltas al sistema de tránsito y la delincuencia, en lugar de disminuir aumentan mientras pasan los días. ¿Podemos señalar culpables? Rastrear las causas siempre es un problema, es prácticamente imposible. Tristemente, en el caso de la Ciudad de México, podemos señalar a millones de culpables. Millones que hemos descuidado nuestra ciudad. En México nos encanta echar culpas. Si la banqueta está sucia es porque el vecino no la barre, si está descuidado el camión, es culpa del chofer, si asaltan es culpa de la alcaldía. En última instancia, siempre es culpa de la ciudad. Con esta pequeña reflexión, no pretendo dar el típico discurso del “granito de arena”. Sinceramente, desde un sano pesimismo, creo que la Ciudad de México merece más que nuestro granito de arena. A este paso, cada habitante necesita poner, mínimo, un costal entero. 

Nací, crecí y vivo en esta ciudad. No soy una experta. Conozco a fondo escasas zonas y siempre que me encuentro con nuevas calles, mercados y museos me sorprendo más. No muchos defienden la belleza de la ciudad como yo lo hago. En su caos podemos percibir cierta belleza fascinante. El problema no es que esté muy agitada, el problema es que se vuelve en un lugar en el que la vida sana se limita a unos pocos. La buena alimentación es muy tardada y cara, la moda de la bicicleta resulta imposible para quienes viven a kilómetros de sus trabajos. El ser “verde” se torna caro y parece un desperdicio de tiempo. Y, si algo escasea en la gran ciudad, es el tiempo. Muchos ya dan por perdido el tiempo que tienen y, horas efectivas en un día, son pocas. 

La escasez de los servicios públicos básicos, por así llamarlos, es el problema que hace de la ciudad merecedora del adjetivo calificativo de inhumana. La falta de agua en la mayoría de las colonias es indignante. Ya no se trata de sólo cuidarla, sino de distribuirla justamente. Tristemente, una de nuestras necesidades básicas, para muchos se ha convertido en un lujo. La falta de luz en las calles es uno de los principales detonadores de delincuencia por la noche. Sin embargo, a veces los asaltos y secuestros suceden a plena luz del día. Todo pasa tan rápido que nadie se para a observar. Solo enumeré unos cuantos problemas, de los cuales, desconozco las soluciones a gran escala. Volvemos al granito de arena y eso es frustrante. Sin embargo, ¿es mejor no hacer nada? 

Pocos negarían lo increíble que es la ciudad. Su inmensidad apantalla, sus sonidos ensordecen, sus aromas confunden, su rapidez enloquece. Es caótica, sí. Es hermosa, sí. Todas sus virtudes siguen ahí, sepultadas por los vicios de sus habitantes. No es culpa de la ciudad, no. La ciudad está matando a muchos sólo porque la comenzamos a matar nosotros.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s