La transformación soy yo

0bd6770c-08aa-49ad-9e12-7f4f7b4f0589.jpgPor Diego Minakata Carral

Durante la campaña electoral, el presidente idealizó un gobierno a la altura de las transformaciones que México ha vivido; transformaciones que él mismo enlistó. Al principio parecía un poco infantil referirnos así a su proyecto de nación, pero al final de su campaña el término comenzó a difundirse. Ya como gobernante lo oficializó al emplearlo en sus eventos públicos. Se ha popularizado tanto que incluso lo utiliza la misma oposición. El presidente puede ser flemático al hablar pero carga de sentido las palabras que usa, logrando que el público perciba una realidad: la realidad que él quiere transmitir. En el servicio público se ha destacado por usar marcas políticas, incluso aquellas que llevan su propio nombre.

Los políticos crean narrativas. Suben al estrado a contar historias. Andrés Manuel llegó a Palacio Nacional por medio de una historia que fue construyendo a lo largo de los años. Se posicionó como un político antisistema al rechazar a los grupos mafiosos que tomaban las decisiones políticas del país cuando, en realidad, él se formó en dichas élites. Se convirtió en un político retador al atreverse a criticar al poder y al señalar los temas más sensibles de nuestra sociedad. Sin embargo no se preocupó por construir sino que se aprovechó de los errores, comprensibles en una democracia inmadura como la mexicana.

Se hizo víctima del Estado en cada una de sus derrotas electorales. Al INE lo tachó de fraudulento, pero no ha denunciado un solo delito electoral; se conformó con acusar un fraude electoral abstracto. Le heredó sus ambiciones al pueblo autoproclamándose como el predilecto para encabezar sus luchas personales. Culpó a otros, encerrándolos en estereotipos, para poder adjudicar responsables a los principales problemas nacionales: culpó a los políticos de la existencia de los pobres, y a estos, de la violencia social.

Como gobierno repite la misma fórmula. Las políticas públicas que impulsa no tienen ningún tipo de fundamento más que el de su sermón: no hay estudios ni planeación, inclusive varias de ellas son ilegales y absolutamente todas se han implementado precipitadamente para poder vanagloriarse lo más rápidamente posible de haber alcanzado la cuarta etapa de la transformación mexicana.

López Obrador desprecia la gobernación. Disfruta regalando despensas, salarios y pensiones; tomando posesión ante el Congreso para criticar al neoliberalismo; dando discursos, conferencias matutinas y muchos gritos de independencia. Pero es incapaz de ser un estadista. Su ignorancia de los conocimientos necesarios para poder hacerlo. Huye de situaciones como la del 17 de octubre en Culiacán, donde la presencia del ejecutivo es imperativa. Bromea ante la creciente violencia de las distintas protestas anárquicas en Ciudad de México. No coordina ni planea junto con el gabinete; su falta de estrategia y tozudez le han costado la renuncia de dos secretarios y errores graves de otros tantos.

A López no le interesa pasar a la historia como un Hidalgo, un Morelos o un Juárez. Cuando habla de una transformación se refiere a él mismo como sujeto de cambio social sobre el Estado. No es algo nuevo. Su movimiento no se entendería sin su figura; en esa organización política no hay más futuro que el de sus años laborales. La elección del 2018 giró en torno a su persona. El lenguaje que utilizaba se replicaba en todos los medios de comunicación y en las sobremesas familiares. Ahora en la presidencia hace lo mismo: concentra el poder para convertirse en el Estado; vox populi. Pero la verdad siempre se impone; Culiacán es una advertencia seria al respecto. Suplir la narrativa por la realidad, absolutizar la retórica: ello es estar en negación ante la incapacidad de atender riesgos mientras el Estado es rehén de sus problemas más añejos.

La transformación se llevará a cabo. Y sucederá cueste lo que cueste. Así López Obrador tenga que desmantelar gran parte de la administración pública, atacar organismos autónomos o desaparecer instituciones. Lo hará interfiriendo en los otros poderes de la unión, complicando el panorama económico, doblegándose ante el crimen organizado, e incluso, deformando la Constitución para convertir nuestro pacto social en un «pacto ad populum».

Obrador cumplirá apenas un año de gobierno y la democracia liberal mexicana se encuentra ya en el ocaso de nuestros días.

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