Taxi y uber: dos tipos de huésped

N-A18-EU040619-1_DrupalMainImagenVertical.var_1559624842.jpgPor Salvador Escalante Díaz Barreiro

Todo lenguaje contiene enigmas, santos y señas validados por el uso que trazan líneas infranqueables, ya sea entre nacionalidades, etnias, castas o regiones. Éstos sirven para distinguir entre grupos: los que pertenecen y los que no. Jacques Derrida llama a estos enigmas shibolet. La palabra tiene orígenes bíblicos: en Jueces se narra cómo los galaaditas usaban la palabra para detectar y asesinar a los efrateos, quienes no podían pronunciarla.

Hace algunos años se instaló en la cultura mexicana un nuevo shibolet; éste forma ya parte del lenguaje y la actitud ante el mundo de un grupo entre nosotros: su nombre genérico es uber; pero, al igual que kleenex, no denomina sólo una marca, sino habla de toda una nueva clase de servicios. Los taxistas, como los galaaditas de antaño, ven en ellos una amenaza. Y tienen razón: en ellos hay una competencia carente de todas las líneas —cada uno de los shibolim— que el Estado ha trazado para demarcar taxi, taxi pirata, placa en trámite…. La palabra misma taxi es un shibolet que ve su existencia amenazada por este nuevo jugador que no paga las placas de taxi, el seguro de taxi ni la tajada a la dueña de la flotilla. En este mundo, uber es una creatura extranjera, una que amenaza la existencia misma de la raza aborigen.

Hechos como la rodada taxista que paralizó la ciudad el día de hoy o la etiqueta #UnaSemanaSinTaxis que surgió como respuesta caen en la trampa del shibolet: vemos una palabra, como taxi o uber, y creemos que hay una línea: personas que están fuera, personas que están dentro: huéspedes y anfitrionas. El «primero en derecho» se cree poseedor del monopolio sobre la hospitalidad: él decide quién entra y quién sale. No cae en cuenta, como afirma Derrida, que él fue quien recibió la hospitalidad en primer lugar.

Veamos lo que ocurre en un hostal: el dueño del local ofrece a quienes llegan a su negocio una cama, agua de sabor, comida, quizá un tequila. Actúa como anfitrión porque eso es lo que cree ser; sin embargo, el primer gesto de hospitalidad lo extendieron sus huéspedes: ellos eligieron ese hostal; fueron ellos los primeros en abrirse a lo extraño. De ahí el doble significado de huésped: ‘persona alojada’ y ‘persona que aloja’. Se me podría objetar que no hay una proporción entre estos ejemplos: el oficio del taxista no es ofrecer posada y el hecho de recibir a un extranjero representa para él justo lo contrario que para el dueño de un hostal: éste gana trabajo; el taxista lo pierde.

La semejanza, no obstante, es más profunda que ésta: hostalero y huésped, taxi y uber, comienzan por definirse a través de sendos shibolim. No caen en cuenta de que, como afirma Derrida, hay un problema desde el primer trazo de la primera línea divisoria: la identidad. Para afirmar que algo tiene identidad consigo mismo, necesita abrirse a lo diferente a sí mismo. Un objeto incluye en su interior todo un espectro de cosas que no son ese objeto: su color, su tamaño, su forma, sus moléculas químicas, los elementos que componen sus moléculas, las fuerzas fundamentales que mantienen su estructura física. Desde el momento en el que el Estado trazó una línea que dice esto es un taxi y otra que dice esto es un servicio privado de transporte, busca poner en palabras una frontera intangible; es entonces que atravesar esa línea se vuelve un problema.

Ahora, problema, como shibolet, no es una palabra cualquiera. Retomemos su raíz: el griego problēma, con el doble significado de ‘proyecto’ y ‘protección’. Por una parte, como señala Derrida, problema es la tarea a cumplir, el trabajo que, como Hércules, tenemos que desempeñar; por la otra, es un representante, un substituto, una prótesis o la ropa misma que ponemos entre nosotros y el mundo. Taxi y uber se convierten el uno para el otro –y ambos para las habitantes de México– en un problema. Quizá si cayéramos en cuenta del significado profundo de la tarea que tenemos frente a nosotros, en vez de la superficialidad de las palabras y la artificialidad de las líneas que distinguen a amigos de enemigos, encontraríamos en el otro a un huésped: un anfitrión y un hospedado. En la hospitalidad mutua podríamos por fin renunicar a los shibolim que nos distinguen: taxi, uber…

Y los galaaditas tomaron los vados del Jordán a Efraín; y era que, cuando alguno de los de Efraín que había huido, decía, ¿pasaré? los de Galaad le preguntaban: ¿Eres tú efrateo? Si él respondía, No; entonces le decían: Ahora pues, di, shibolet. Y él decía, sibolet; porque no podía pronunciarlo así. Entonces le echaban mano, y le degollaban junto a los vados del Jordán. Y cayeron entonces de los de Efraín cuarenta y dos mil (Jueces 12, 5-6).

Referencias

Derrida, Jacques (1996) Apories. Mourir –s’attendre aux “limites de la vérité”, Galilée, Paris.

Las Sagradas Escrituras (2013) Ed. por Russell M. Stendal, Aneko Press, iBooks.

Oxford Dictionaries (2015) voz: “shibboleth”, Oxford University Press. www.oxforddictionaries.com (29/05/2015).

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