La insoportable levedad del debate

Después del segundo debate presidencial las redes sociales se llenaron de comentarios de descontento y enojo. Algunos repudiaron que los candidatos recurrieran a ataques personales; otros señalaron la falta de propuestas concretas sobre los temas que se trataron; y más de un intelectual de cantina aprovechó la oportunidad para lamentarse por la pequeñez mental del mexicano, y para lanzar el ya típico “¡por eso estamos como estamos!”. Todas estas quejas se podrían resumir en una sola: ¿Cómo puede ser que estas personas que aspiran a ocupar el máximo cargo del país manejen un nivel de argumentación tan bajo?

En un escenario ideal, los debates presidenciales servirían para conocer y contrastar las propuestas de cada candidato y con ello hacer un cálculo para determinar opción nos conviene más. La realidad, sin embargo, es muy distinta: las propuestas detalladas sobre políticas públicas y las argumentaciones incisivas no influyen en las tendencias de los votantes, a lo mucho reafirman nuestras convicciones preexistentes. Históricamente, en las pocas ocasiones en las que los debates sí han influido considerablemente, el efecto no se debe a la elegancia de la argumentación ni a la precisión de las propuestas.

Los debates políticos no son meras discusiones teóricas, requieren otro tipo de habilidad: lo más importante no es tener una plataforma de gobierno bien pensada, sino presentarse como una persona confiable que tenga como prioridad ser beneficioso para la ciudadanía. Los candidatos empeñan tanto tiempo en atacar a sus contrincantes porque saben que presentarlos como corruptos les afectará más que rebatirles su política fiscal. Está parte de la política (la conexión con la gente) es la que más se le dificultó a los candidatos tecnócratas como Hillary Clinton o Ernesto Zedillo. Al presentarse en un debate, descuidan el hecho de que la mayoría del electorado los juzgará más por su actitud que por sus propuestas. Nos parecemos a Tácito, historiador romano que explicaba la historia a través del carácter moral de sus protagonistas; permanecemos atentos a cualquier gesto que pueda revelar que tal o cuál candidato es arrogante, ególatra o deshonesto.

Tomemos como ejemplo el primer debate presidencial mexicano, el único que ha tenido un impacto real en la intención de voto. El debate de 1994 es recordado por la destreza con la que el “Jefe Diego” enfrentó a Cuauhtémoc Cárdenas y a Zedillo. La destreza que la gente percibió en el debate no se debió a la elegancia con la que el Jefe Diego argumentó contra sus rivales, sino por la manera en la que se vendió como opción política. En una entrevista con Nexos, Fernández de Cevallos reveló que su estrategia ese día fue “apretar con moderación”, confrontar sin manifestar desprecio o descalificación. Su objetivo era proyectar una imagen de alguien serio y honesto que merecía llegar a la presidencia. Esta imagen, aunada a la idea de que el PAN representaba el cambio fresco frente al régimen del PRI y a las ideas del pasado del PRD fue lo que permitió que el Jefe Diego subiera 14 puntos en la intención del voto y preparara el terreno para que Vicente Fox consiguiera la alternancia en el año 2000. Lograron esto a un nivel discursivo más emocional que racional.

Otro debate que vale la pena considerar es el de Bush Jr. vs. Al Gore, el que más ha afectado las preferencias electorales en la historia de Estados Unidos. En el año 2000, antes del primer debate, Bush se encontraba 8 puntos abajo de Gore. Al terminar el tercero, ambos candidatos se encontraban en un empate técnico. ¿Cuál fue la estrategia de Bush? Ninguna. Todos los analistas políticos estaban de acuerdo en que Bush, alguien a quien describían como un “peso ligero” en materia intelectual,  sufriría una paliza frente al vicepresidente tecnócrata.  En cierto sentido tuvieron razón: Gore ganó los tres debates, pero su mala actitud tuvo un efecto negativo entre el electorado. Cada vez que Bush respondía a una pregunta, Gore suspiraba con fastidio y, en un momento del tercer debate, el demócrata se acercó a su rival de manera amenazante a lo que Bush respondió con una mirada de sorpresa que provocó la risa del público. Días después de ese debate Bush ganó unas elecciones que parecían completamente perdidas.

Estos pequeños gestos que consideraríamos insignificantes han sido puntos de quiebre en la carrera de más de un candidato presidencial. Doce años antes, Bush Sr. perdió el favor de la gente por checar su reloj mientras alguien del público le hacía una pregunta, y Ronald Reagan se mantuvo como presidente en dos mandatos en gran parte gracias a la buena actitud que proyectó en los debates y a los chistes con los que relajaba la tensión de la discusión.

Tenemos que buscar estos pequeños gestos en el segundo debate para medir el impacto que tendrá. Pocos se acordarán de la manera ejemplar en la que Meade defendió la gestión de Peña Nieto frente a la elección de Trump, o la pregunta sobre las horribles condiciones que sufren migrantes centroamericanas. Nos acordaremos, más bien, de esos momentos en los que los candidatos mostraron brevemente su verdadera personalidad: cuando Meade interrumpía a los moderadores cada vez que le hacían una pregunta incómoda, el enojo de AMLO ante las provocaciones de Anaya, llamándolo “mentiroso” y “farsante”, o el hecho de que Anaya presentara una portada de Proceso recortada para ocultar los reportajes en contra de su propia coalición. Y sí, así como lo único que recuerda la gente del debate del 2000 es el comentario de “La vestida”, pasado los años la gente sólo recordará el segundo debate presidencial del 2018 por el apodo de “Ricky Riquín Canallín”.

¿Esto quiere decir que nos debemos conformar con esta realidad y olvidarnos de la importancia de las propuestas de los candidatos y la manera en la que los defienden en una esfera pública? No; al final de cuentas, un voto razonado es la mejor herramienta con la que los ciudadanos cuentan para hacer efectiva su voluntad. En tanto que estudiemos las propuestas que se nos ofrecen y las conozcamos a detalle, tendremos una democracia más sana.

No podemos soslayar, sin embargo, que nuestras elecciones dependen también de elementos no racionales. El elemento racional resulta secundario; más primordial es la confianza que inspiran los candidatos, la confianza que nos induce a pensar que cumplirán sus propuestas. Sin esto en cuenta, caemos en la trampa de creer que el candidato por quien votaremos es la única opción viable para el país y, por ende, pensamos que quienes no lo apoyan no han considerado su voto con detenimiento.

Falta poco más de un mes para los comicios del 1 de julio. En tanto más nos acerquemos a esa fecha, más se polarizará la discusión. Ningún voto será cien por ciento racional. Valdría la pena un ejercicio de introspección sobre esos aspectos no racionales de los que depende nuestra elección; así aceptaríamos la pluralidad de opiniones que existen alrededor de nosotros y, quien sabe, tal vez mejore el diálogo político.

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