Mandar obedeciendo

Por Karla Socorro

@karly_socorro

Tanto el funcionamiento como la estructura de los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno de los MAREZ  (Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas) se rigen bajo formas de de autonomía y autogobierno que no pueden entenderse sin el principio zapatista de mandar obedeciendo.

“Mandar sólo es la materialización de las decisiones tomadas colectivamente. Obedecer consiste en tomar parte activa en las asambleas comunitarias”.

Carlos Aguirre, historiador mexicano, afirma que este principio desafía las formas en las que se entiende y ejerce el poder político dentro de las democracias occidentales. Donde la actividad política se divide drásticamente entre los que mandan y los que obedecen. Mandan unos cuantos; obedece la población. En cambio, los MAREZ restan poder a la autoridad, a la que sólo le corresponde comunicar y respetar las decisiones consensuadas de la comunidad.

Así, la obediencia cobra un nuevo sentido, deja de ser una concepción meramente pasiva que se limita a acatar lo decidido por otro. Obedecer es una forma de mandar. Como consecuencia, se modifica la relación entre el gobierno y el pueblo: ya no es una relación antagónica. Mandar sólo es la materialización de las decisiones tomadas colectivamente. Obedecer consiste en tomar parte activa en las asambleas comunitarias.

Este principio no sólo es una propuesta política utópica, pues se concreta con las normas que los MAREZ imponen tanto a sus propias autoridades como a los miembros de la comunidad:

  1. Las autoridades de los Caracoles y Juntas de Buen Gobierno no reciben ninguna remuneración por ejercer su puesto.
  2. Los cargos son revocables. Si se detecta un abuso del poder o una conducta ajena a las decisiones comunitarias, el mando es inmediatamente anulado.
  3. Las autoridades deben dar una continua rendición de cuentas y se encuentran en constante revisión. La revisión se realiza a través de un Comité de Vigilancia a la que pertenecen los MAREZ y que monitorea el ejercicio del poder de las autoridades.

La primera norma evita que se genere corrupción, reelecciones o cualquier forma que derive en un mal uso del poder. La segunda, impide que las autoridades se aprovechen de las ventajas de su puesto en beneficio propio. Y la tercera, distingue entre los funcionarios que hacen bien su trabajo y los que no (que, dada la segunda regla, deben ser destituidos).

Sin lugar a duda y en medio de las campañas electorales de nuestro país vale la pena estudiar y considerar este principio. Quizá es momento de exigir a nuestras autoridades que manden obedeciendo.

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