Culto a una religión desconocida

Por María Paula Utrilla Marchand (2° semestre)

La necesidad de creer en algo siempre ha figurado como una pieza fundamental del rompecabezas con el que el ser humano intenta dotar de sentido a su vida. Hasta hace poco, la mayor parte del mundo occidental inclinaba la cabeza y hacía genuflexión ante la imagen del Dios cristiano. Actualmente, aún habrá los que encuentren en su dogma las respuestas que les permiten dar forma y fondo a sus vidas. Sin embargo, cada vez con mayor fuerza, un nuevo tipo de religión reclama su lugar entre la sociedad. La religión, como hasta ahora ha sido entendida, pierde terreno ante la muchedumbre que proclama con vehemencia la venida de un nuevo mesías, el cual se presenta en la forma de una plegaria compuesta por tan sólo tres palabras: “el yo merezco”.

Parece que las nuevas generaciones están empezando a abandonar la esperanza de un ideal divino y que sus predecesores han perdido el interés por inculcar la afiliación a tal o cual religión. Da la impresión de que se ha olvidado la importancia de creer en algo con valor fijo que funja como referente dentro de esta jungla individualista. Ante este vacío, los jóvenes han hecho suyo el deber de autoproclamarse  mensajeros y defensores de su nuevo ideal, dentro del cual la dignidad de la persona se sitúa en el centro de la esfera moral.

Pero hay un problema que, en su mayor parte, no ha sido atisbado o tal vez reconocido. Resulta fácil indignarse y escandalizarse ante los crímenes que acontecen día a día en el mundo. Parece que hay un acuerdo tácito de expresar por Twitter o por Facebook el disentimiento con cualquier acontecimiento que se nos presenta como una violación a un valor indiscriminado. Es así como se tiende a confundir derecho con privilegio. Vivimos en los tiempos del “todos merecen y es mi deber hacer que otros se percaten de mi convicción en ese merecimiento homogéneo”. Tomamos la batuta y nos volvemos los profetas, sacerdotes y líderes morales de lo que creemos correcto. Se tacha de intolerante a quien opina que ciertos comportamientos no son buenos. No hay deber ser. Todos son y pueden expresar lo que son cómo se les dé la gana. Todo se vale, todo está bien. – ¡Deja ser! – grita la mayoría. Los nuevos diez mandamientos se reducen a uno sólo: la moral nace de lo concupiscible del ser, ¿a quién le importa la razón?

Vivimos una tergiversación de los valores, una relativización del bien, una moral compuesta por opiniones subjetivas, un placer de creerse buena persona porque no discutimos si le corresponde al otro lo que demanda. Quién necesita a Dios en un mundo donde impera el derecho sobre el deber, donde se confunde el privilegio con el merecimiento, donde la única virtud es aparentar ser bueno y digno de un like.

Como todo, este esfuerzo colectivo tiene lo suyo de bueno, sin embargo hemos de tener en cuenta que la virtud va más allá del capricho y que los derechos no sólo van de la mano con las obligaciones, sino que las implican. A pesar de que resulta benéfico expresar el descontento ante ciertas situaciones, no se debe olvidar de la responsabilidad que se tiene al emitir un juicio y que los valores que hasta ahora había defendido la Iglesia católica, al menos en el mundo occidental,  no son obsoletos; puede que haya surgido la necesidad de expresarlos y acatarlos de manera distinta, pero no por ello deben desaparecer ante la opinión de muchos que realmente no saben tanto.

La religión ha sido fundamental a lo largo de la historia. Ha sido una brújula para el progreso de la sociedad. Hoy no se distingue el norte del sur tan claramente. Se ha perdido el valor de actuar, no conforme a lo que quiero porque me hace sentir mejor o porque me da la ilusión de ser bueno, sino de acuerdo a lo que no responde a un placer hedonista. Se ha perdido el valor de actuar en vistas a una sociedad que valga la pena. No se trata de lo que todos merecen, sino de que cada uno se haga merecedor de los privilegios con los que cuenta.

Rendimos culto a una religión hasta ahora desconocida, basada en sentimientos airados y carente de reflexión crítica. Es comprensible que el ser humano, aparentemente, haya superado el actuar de cierta forma “porque Dios obliga”, sin embargo, hay que pensar si esta subjetivización de la moral y su predicación que, en su mayor parte, proviene de bocas ignorantes, es la manera con la que queremos dirigir los pasos de la humanidad.

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