El Leviatán feminista

Por Montserrat Fernández de Bergia

(Gen. 2017)

@monfdb

En 1995, Graciela Hierro hizo la tipología de un nuevo estilo de mujer. La mujer sola se define como consciente del género, educada, mayoritariamente profesionista, independiente, autónoma, autosuficiente económicamente, a lo mejor estuvo casada y tal vez tuvo hijos, pero vive sola y no tiene pareja estable. Ella decide apartarse del esquema tradicional de vida femenina, porque se da cuenta de la existencia de una moral patriarcal latinoamericana, dice Hierro, donde el varón determina el valor de la mujer. En resumidas cuentas, la mujer descrita parece ser el sueño de toda feminista.

El feminismo ha tenido muchos efectos favorables; pienso que todos pueden ser conglomerados en la apertura del mundo hacia la mujer. Pero también ha sido la irrupción femenina en un escenario mayoritariamente masculino, ocasionando cierta molestia y desestabilidad. Los grupos humanos parecen funcionar cuando cada elemento tiene un lugar y papel determinados; la cotidianidad social se construye en la repetición de un patrón que llega a parecernos lo natural y obvio. La mujer sola de Hierro es la disrupción de una rutina social que llevaba prácticamente toda la historia, con algunas excepciones notables. No sólo eso, es también la creadora de una nueva postura ética cuyo fundamento primario es la práctica y no la teoría; ella toma en cuenta los cambios en la experiencia y no las conclusiones doctrinarias, lo que le permite desarrollar virtudes y actitudes que no sean un simple ajuste a las normas.

Sin embargo, algo le ha pasado últimamente al feminismo mexicano. La mujer sola que tenía una conciencia ética experiencial, que vivía “al día”, ha sido trastocada por la agresividad. De inicio, el hecho de que la mujer sola sea una consecuencia del feminismo implica que tuvo que crear un nuevo espacio en el mundo porque no se sentía identificada con el patrón tradicional, lugar parcialmente aislado de la sociedad. En cierto sentido, no todas las mujeres solas lo son por plena elección: siempre hay que hacer sacrificios.

“Este tipo de feminismo es el que solemos ver en los medios de comunicación masiva”.

La renuncia de la aceptación social total se compensa en la agencia de responder autónomamente a la pregunta ¿quién soy y quién quiero ser? Me parece que lo que busca el feminismo es una sociedad donde esta agencia no signifique aislamiento, sino el reconocimiento de distintos estilos de ser. Es eliminar la noción de que cada uno tiene un papel asignado de nacimiento y pensarse más lúdicamente. Hoy, algunas responden a estas preguntas con una incontinencia que parece venida del machismo que tanto se intenta derrocar; se definen por el radical rechazo a todo lo masculino y lo reducen a una manifestación del demonio de la opresión.Este tipo de feminismoes el que solemos ver en los medios de comunicación masiva tanto como expresión legítima de las intenciones de cierto grupo de feministas, como para deslegitimar a todo el movimiento. En el fondo, es una expresión del desencanto ante una realidad social que parece permanecer estática y que se presenta como una bestia indomable. Sí, hay más posibilidades de educación, pero los feminicidios van al alza; sí, existe mayor probabilidad de ser CEO, pero el acoso laboral continúa. Y sí, hay varones que tienen consciencia de género, pero los hay quienes usan el feminismo para sentirse especiales por no ser violentos, cuando es el mínimo para el reconocimiento humano. La respuesta aparentemente lógica ante el Leviatán del machismo es erigir un Leviatán feminista, donde las posiciones se ven severamente polarizadas y surgen enemigos imaginarios.

Saber quién se es y qué se quiere ser implica el análisis crítico de las categorías de género. Es decir, no basta con declararse mujer o varón o ninguna de ambas, sino pensar qué significa eso y las consecuencias de esa articulación. Ver los efectos es intentar alejarse de toda radicalidad dañina, en palabras de Hierro, ver la ambivalencia como experiencia de identidad, misma que se construye y reconstruye a lo largo del tiempo. Entonces el compromiso ético por excelencia es con la calidad de la propia vida, lo cual rompe con una llana adaptación al canon establecido, pues el machismo es doloroso y entorpece la sociedad. Es necesario repensarnos en condiciones de igualdad y no sobre bestias que encarnan lo masculino y lo femenino, que están en una lucha encarnizada por un poderío invisible y caduco. Esto no significa renunciar al término feminismo, porque es verdad que las mujeres vivimos, todavía, en una asimetría con el varón. Sí significa, sin embargo, apuntar a que el feminismo sea pasajero, a una sociedad donde la consciencia de género no nazca de la sangre ni de la violación y donde ser mujer no signifique más limitación que la de ser humano.

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