Preparación psicológica para las campañas electorales

Por Bernardo Sainz (Gen. 2015)

Apenas terminaron las precampañas y muchos ya estamos hartos de los spots publicitarios de los precandidatos a la presidencia. No sé cómo superaremos los meses que están por venir, pero quizás vale la pena, como preparación psicológica, indagar un poco en la lógica de los mensajes políticos de campaña electoral.

Jason Brennan, profesor de Georgetown, argumenta que existen tres tipos de ciudadanos en una democracia: Hobbits, Hooligans y Vulcanos.

Los hobbits son aquellos apáticos en temas de política. No tienen ideas sólidas en cuanto a sus preferencias electorales, no se preocupan por los sucesos políticos que los rodean ni tienen las tablas para evaluar dichos eventos. Tampoco tienen un conocimiento profundo de la historia de su país, y si lo tienen no lo utilizan como referencia para entender el contexto actual. En general a los hobbits no les interesa votar.

Los hooligans tienen opiniones políticas fuertes, son capaces de articular argumentos políticos que refuerzan sus creencias, pero no argumentos en contra de éstas. Los hooligans consumen información política de manera acrítica y son capaces de ignorar la evidencia que no reafirma sus convicciones. Su opinión en materia política es una parte crucial de su identidad, de la manera en la que se definen. Los hooligans son el voto duro de los partidos, los activistas y muchos de los políticos.

Por último tenemos a los vulcanos (para los no tan ñoños, esta es una referencia a una raza en el universo de Star Trek, cuyo representante más conocido es Spock, el oficial científico del U. S. S. Enterprise). Los vulcanos son aquellos que piensan de manera científica y racional sobre política e intentan fundamentar sus opiniones en las ciencias sociales y la filosofía. Muestran seguridad sobre sus argumentos políticos sólo en la medida en la que la evidencia se los permite. Los vulcanos son capaces de entender argumentos a favor y en contra en un tema controvertido, están interesados en la política pero no en seguir de manera irracional a un líder o en simplemente creer sus promesas. Los vulcanos son sobre todo conscientes de lo falible de sus propios argumentos y convicciones y  no desprecian al oponente político.

Todos queremos creer que somos vulcanos, pero la verdad es que la inmensa mayoría somos hobbits y hooligans. Aun los que tenemos la oportunidad de tener un destello de vulcanismo de vez en cuando, volvemos por lo intenso, apasionado, o polarizante del debate político a la apatía del hobbit o al fanatismo del hooligan.

Las cosas como son: las campañas políticas, al dirigirse a la inmensa mayoría de la población, son plenamente conscientes de que su objetivo es hobbit o hooligan, por lo que buscan sacar de la apatía mediante la emoción o reafirmar en el entusiasmo mediante la demagogia. El problema no tiene que ver simplemente con el miedo a una  “tiranía de la mayoría” de la que nos previene Tocqueville, el problema al que quiero referirme se encuentra en la naturaleza misma de la comunicación política de campaña.

En otras palabras, un político en campaña electoral puede estar plenamente consciente de que se encuentra manipulando la verdad o mintiendo, porque la lógica del público al que se dirige implica que no será cuestionado de fondo en cuanto a sus promesas o acusaciones. Puede sonar muy condescendiente, pero los mensajes de campaña están dirigidos a personas que en realidad no entienden del todo de qué se les está hablando. Esto explica también la poca influencia que tienen los debates en las preferencias de voto, y si es que la tienen, está más relacionada con las sensaciones que evoca el candidato que con los argumentos que se presentan. Podríamos hacer una lista inmensa de ejemplos, pero (siguiendo la muy citada sentencia de Churchill) basta una conversación con el votante promedio para darse cuenta de esta realidad.

¿Qué nos dice esto sobre nuestra democracia? ¿Qué podemos hacer? Pues lo que todos ya sabemos. Primero intentar ser activos y críticos, intentar ser vulcanos. No contribuir a la formación de hooligans y hobbits. En segundo lugar, respaldar los frentes que tenemos para cuestionar y criticar a los candidatos: los medios de comunicación; ya sean masivos, digitales, sociales, o impresos. Necesitamos medios confiables y de calidad para mejorar el nivel del debate y hacer evidente la demagogia.

Ahora está de moda hablar de la posverdad, pero creo que esto siempre ha sido cierto. En nuestra democracia los mensajes de campaña pueden ser falsos y contradictorios, precisamente porque en general están dirigidos a personas a las que no les interesa que sean discutidos los argumentos o que no están dispuestas cuestionar su veracidad o viabilidad.

Espero que esta breve racionalización de alguna manera sirva para tolerar el maremágnum de publicidad política que se avecina, pero mucho me temo que la pretendida preparación psicológica nos ha llevado más a la depresión que a la salud mental.

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